Capítulo 23
El camino de vuelta fue tan fastidioso como imaginaba.
—¡No puede venir con nosotras, Savannah! ¡Con lo que nos ha costado que no nos descubran!
Me encogí de hombros con una sonrisa de suficiencia. No pensaba acceder a sus deseos.
—Cariño... —empezó madre.
—Tranquila, madre —la interrumpí antes de que le diera la razón a mi prima—. Encontraremos el modo de que vivas en el castillo.
Madre tragó saliva al escuchar mis palabras, no sabía si porque dudaba de que lo lográramos o porque esa vida de realeza le quedaba muy lejana.
Sin embargo, no fue necesario pensar en ninguna estrategia, porque, cuando volvimos a mis aposentos, no fue Sam el único con el que nos encontramos...
La reina Lilith II en persona, con uno de sus vestidos ámbar y su larga melena peinada en un elaborado recogido, estaba allí, junto a Locke, sentada en el taburete frente al tocador. Mientras, Sam seguía roncando en el dormitorio.
—¿Os lo habéis pasado bien? —Bebió de su copa, un gesto intimidatorio—. ¿Ha sido entretenido el encuentro con Brandon y Morgana?
Me puse tensa. No tanto por mí, sino por madre, que se refugió entre mis brazos al verla.
Aunque no sabía que fuera ella, la corona era suficiente para confirmar sus sospechas.
Madre siempre se había comportado con orgullo con Clement, pero a él no lo temía.
Él no era el origen de todas sus desgracias. Él era humano. Lilith no.
—¿Creéis que sois las únicas que habéis sido jóvenes y os habéis creído más inteligentes que vuestra familia? —Lilith se puso en pie y dejó la copa en el tocador—. Yo fui la que marcó los pasos que vosotras hoy recorréis, no os equivoquéis.
Por las palabras de la reina, debía de creer que nos habíamos aprovechado de su buena fe para tener encuentros amorosos clandestinos con Brandon y Morgana. No que habíamos intentado aliarnos con ellos desobedeciendo sus órdenes.
Omelia desvió la mirada, con los ojos enrojecidos por la frustración. Después de haber sido descubiertas, estaba claro que no iban a dejarla continuar con su plan. Lilith jamás volvería a confiar en ella para ayudarla a recuperar el ducado de Zinnia.
—Y habéis ido bien acompañadas... —prosiguió—. ¿Quién es ella?
Noté cómo madre se tensaba bajo mi brazo.
—Mi madre —contesté con firmeza.
—Ah, la campesina... Conque estaba viva, después de todo... —No parecía muy contenta con la buena nueva.
—Clement la mantuvo cautiva y nos la han devuelto para demostrarnos que ellos no son el enemigo —explicó Omelia.
—No hace falta que te pregunte si también querrás que se quede en el castillo, ¿no, Savannah?
La reina estudió con atención a la mujer a la que había llamado madre .
Cualquiera habría creído que la escudriñaba para intimidarla, pero, por el modo en el que Lilith había intentado crear un vínculo conmigo durante esos días, me daba la impresión de que era al revés.
Era ella la que se sentía amenazada ante la llegada de la parkisana que me había tratado como si fuera mi madre de sangre.
—Así es —admití.
—No —habló madre con voz temblorosa—, regresaré a mi choza en Lokkat y...
—Por favor... —le supliqué.
—Gracias por todo, Savannah, pero este no es mi lugar. Regresaré a casa, aunque sea por mi propio pie.
La reina no dudó en mostrarse irritada ante la propuesta de madre, como si una mera plebeya no pudiera decidir sobre su destino sin tener en cuenta los deseos de la soberana.
Sin embargo, yo no iba a permitir que regresara a Lokkat.
La aldea ya era lo suficientemente peligrosa como para añadirle la amenaza de Clement.
¿Quién podía garantizar que no volvería a por ella y que no la matase de verdad en esa ocasión?
—Sí, eres un estorbo, un incordio... —le dijo Lilith. Después, se mantuvo en silencio, pensando en qué decisión tomar al respecto—. Pero creo que puedes sernos de gran utilidad. Arrodíllate, plebeya.
—Se llama Mildred —le espeté con rabia.
Madre contuvo la respiración y, con dificultad por el temor que le producía ver a la Reina Colmillos, obedeció la orden. Tiré de su brazo para que no lo hiciera; era solo un modo de humillarla, pero, aun así, mostró su inferioridad como plebeya.
— Mi hija ha dicho que Clement te secuestró. —La monarca se le acercó, amenazante. Madre tragó saliva, incómoda, cuando escuchó cómo me había llamado—. Después de todo, puede que tu indeseable presencia nos sea útil para resolver este conflicto. Solo entonces podrás quedarte en este castillo.
—¿Qué es lo que deseáis saber, Su Majestad? —Madre agachó la cabeza, lo que provocó que la reina se enalteciera todavía más.
Lilith se humedeció los labios y enseñó sus largos colmillos en una sonrisa macabra.
—Llevamos décadas sin conocer el paradero del hogar de mi hermano. Cada pocos meses, cambia su residencia, lo que hace imposible tenderle una emboscada en un momento de indefensión. Así que, dime, campesina, ¿dónde vive mi hermano?
—¡Le habían tapado los oídos y vendado los ojos! —protesté—. Ella no sabe nada.
—Déjala hablar, Savannah. Que me demuestre hasta qué punto quiere seguir a tu lado.
Negué con la cabeza. Lilith se comportaba con una crueldad desmedida. Era su forma de humillarla para demostrarle que nunca tendría el mismo derecho que ella a compartir su tiempo conmigo.
Entonces madre encontró las fuerzas que parecían haberla abandonado y alzó la cabeza, desafiante.
—Cuando Morgana me subió a su caballo, se me movió uno de los tapones y podía escuchar un poco —afirmó con voz solemne—.
Fingí que seguía sin oír nada por las consecuencias que pudiera sufrir.
Incluso lo hice cuando se reunieron con Savannah y vuestra sobrina, Su Majestad.
De camino me pareció oír que Morgana y el muchacho hablaban de regresar a Winrel, Winriol...
, antes de que Clement reparara en mi desaparición.
—¡Winrial! ¡Está a media hora a caballo de Dhoul! —adivinó Omelia—. Pero esa pequeña aldea de Zinnia lleva desierta desde hace décadas, después de que años de ataques de lobos atemorizaran a toda su población.
Respiré aliviada. La reina tendría que permitir que madre se quedase en el castillo de Branamor y viviera conmigo.
Sin embargo, otro pensamiento borró mi alegría. Si atacaban Winrial, la vida de Morgana estaría en peligro. No me importaba ver caer a Clement, pero no quería que eso afectara a la seguridad de la que había sido mi compañera de vida.
Cuando le había dicho que solo estaríamos en paz el día que la traicionara, no me refería a que fuera a hacerlo de verdad.
Pero Clement se lo merecía, porque él era el que había causado tantos males, como mínimo, a la mujer que me había cuidado como si fuera su hija de sangre.
—¿Cómo sé que no me engañas? —inquirió la reina.
—No tengo nociones de la geografía de Parkisan, Su Majestad. No podría engañaros ni aunque lo deseara.
La monarca volvió a esbozar una amplia sonrisa.
—¡Locke! —ordenó—. ¡Prepara una expedición! ¡En unas horas le daremos una sorpresa a mi hermano!
—¡Tía! —La voz de Omelia era suplicante—. ¡Deseo formar parte de la comitiva! Entiendo que permanecerás en el castillo, así que necesitarás una representante en la compañía.
Mi amigo Sam entreabrió los ojos por lo fuerte que estábamos hablando. Fue un movimiento leve, atontado. Acto seguido, balbuceó en sueños y se revolvió un poco en la cama antes de caer rendido otra vez. Aun así, nos mantuvimos en silencio hasta que nos aseguramos de que se había dormido.
—De acuerdo, Omelia, ignoraré que lo único que te preocupa es comprobar que ese duquecito tuyo no está ahí —accedió como si nada.
Mi petición reposó en mi lengua durante unos segundos, entre los que me debatí respecto a cómo pronunciar las palabras que rondaban por mi cabeza.
—Yo también deseo participar, madre —pedí.
Este no era el modo en el que quería que la que consideraba mi verdadera madre se enterara (o confirmara) la realidad. Era una conversación que teníamos pendiente y que abordaríamos lo antes posible.
Pero en ese momento ni siquiera me importó cuando se mostró entristecida al escuchar cómo me había dirigido a la reina. Quería asegurarme de estar en la expedición, y eso era lo único que se me ocurría para ablandar su corazón.
Para que Morgana estuviera bien.
Para ver caer a Clement.
Sin embargo, la reina no era ingenua.
—Es la primera vez que me llamas de ese modo, Savannah. —Se acercó a mí con paso intimidatorio—. ¿De verdad lo sientes? ¿O lo haces por Morgana?
—Soy la futura princesa de Parkisan, y ya es hora de que empiece a comportarme como tal —mentí—.
No quiero estar encerrada en una jaula de oro en la que no pueda hacer nada, por mucho que mi vida corra peligro.
Deseo que Clement pague por todo lo que le ha hecho a una de las personas que más quiero.
La reina meditó mi propuesta durante unos instantes y entornó la mirada, amenazante.
—De acuerdo.
La conversación no acabó ahí. De pronto, me cogió por la muñeca. Durante una milésima de segundo, no sabía qué estaba pasando, hasta que recordé que ahí se encontraba la herida por la que Aaron había bebido de mí.
—¿Qué es esto? —exigió saber Lilith, aunque ya conocía la respuesta.
—Pues...
Antes de contarle la verdad, la reina ya había dictado sentencia:
—Le dije que nada de alimentarse de tu sangre. Se arrepentirá de haber desobedecido mi orden.
Y entonces se marchó junto a Omelia, dejándonos a madre, a Sam y a mí a solas.
Dejé a madre descansar en mi cama, y no tardó en conciliar el sueño. Me habría gustado hablar con ella y que nos pusiéramos al día, pero comprendía que debía recuperar fuerzas después de meses de a saber cuántos horrores.
Fui incapaz de conciliar el sueño por culpa de mi encuentro con Morgana y Brandon, y por lo que iba a ocurrir en las próximas horas, así que me levanté y me dirigí con mis escoltas a los jardines reales para tomar un poco de aire y poner en orden mis pensamientos.
Me senté en el banco de piedra y dejé que la brisa me meciera hasta que lograra asimilar todo lo que acababa de suceder.
Cerré los ojos, pero pronto noté una presencia demasiado cerca que me obligó a abrirlos. Era una de mis escoltas.
—Lo que habéis hecho ha sido muy imprudente —me reprendió la parkisana—.
Podría haberos sucedido algo. Además, la reina ya nos ha dicho que, si no fuera por la inminente expedición y porque vais a participar en ella, nos habría condenado a morir decapitados.
Supongo que sabe que, de un modo u otro, en unas horas vamos a dar nuestra vida protegiéndoos.
Me quedé petrificada al escuchar que mis actos, una vez más, habían tenido consecuencias en la gente inocente de mi alrededor.
—¿Cómo te llamas? —fue lo único que pude preguntar, acongojada.
En esas últimas semanas, la relación con mis escoltas se había resumido en que ellos fueran mi sombra, nada más. No me había preocupado por conocerlos, y menos cuando mi imprudencia ya les había costado la vida, aunque no estuvieran muertos aún.
—Phoebe.
—Bien. Prometo que la próxima vez no me iré sin vosotros, Phoebe.
Ninguna de las dos pasamos por alto que no me comprometí a no volver a escaparme.
Al final me quedé dormida sobre el banco de piedra, y tanto Phoebe como su compañero prefirieron dejarme descansar. Solo desperté cuando Ryan apareció en mi campo de visión al salir los primeros rayos del amanecer en ese jardín.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
Había perdido la noción del tiempo, ni siquiera recordaba qué hacía allí. Me desperecé, dolorida, mientras lo recordaba todo.
—M-me he quedado dormida. —Me incorporé.
El antiguo amigo de Morgana rio por lo bajo. Si supiera que me había reunido con ella hacía unas horas, no se mostraría tan alegre.
—¿Te la has apañado bien con lo de la comida al final?
Asentí con la cabeza.
—Sí, gracias por decirme lo de la desp...
De pronto, alguien me dio un puñetazo. Los oídos comenzaron a pitarme mientras intentaba entender qué estaba sucediendo. Mis escoltas estaban sujetando en el aire a un sirviente de sangre de unos treinta años que se sacudía con fuerza para que lo soltaran.
—¡¿Qué te pasa?! —le gritó Ryan—. ¡¿Has perdido el juicio?!
Sin embargo, su compañero lo ignoró.
—¡¿Te divertiste con nuestra muerte?! —me gritó—. ¡¿Sabes todas las pesadillas que tengo por culpa de la puta competición?!
Me coloqué la mano bajo la nariz, que había comenzado a sangrarme. En la mirada del sirviente ya no vi solo la envidia por haberle arrebatado el título. Era algo más. Era odio.
—¿De qué hablas? ¿Qué... —luché por no blasfemar—... te pasa?
Una sirvienta que se encontraba a su lado me entregó una hoja de papel, más bien me la lanzó.
—Estaba clavado en uno de los árboles.
Las gotas de sangre de mi nariz comenzaron a caer sobre el cartel mientras leía, perpleja, su contenido:
La ganadora del Sacrificio de la Corona es la hija
de la reina. La competición estaba amañada.