Capítulo 22
Omelia y yo nos marchamos ataviadas con nuestros camisones. Al igual que había hecho con Morgana hacía más de un mes, a simple vista las prendas de dormir nos hacían parecer meras sirvientas de sangre.
Morgana... Se me formó un nudo en la garganta al pensar en ella.
—Estos pasadizos son bastante nuevos —me explicó mi prima—. Se construyeron después del Amanecer de la Sangre Negra para que ni Clement ni ningún enemigo pudiera acceder al castillo a través de ellos. Si alguna vez los necesitamos, nos sacarán de la ciudad sin problema.
Mi prima y yo estuvimos andando por los pasadizos durante una eternidad, con una antorcha que cargaba Omelia como única fuente de luz para saber hacia dónde nos dirigíamos.
Cuando llegamos a la salida, colocó la tea en un soporte y subimos unas escaleras que conducían al interior de una casa en Dhoul.
—Este lugar pertenece a la familia real —me explicó—. Construimos esta vivienda para que nadie descubriera la entrada a los pasadizos por accidente.
De hecho, la estancia estaba desprovista de mobiliario y nada indicaba que alguien residiera allí. Con una llave que Omelia llevaba en el bolsillo del camisón, abrió la puerta y salimos de allí.
A esas horas de la noche, pocas personas rondaban por las calles de Dhoul. Como mucho, algún vampiro al que tuvimos que esquivar.
Al rato, llegamos a un pequeño callejón sin salida sumido en la oscuridad. Tardé un poco en acostumbrarme a la falta de luz, pero, cuando lo hice, los vi. Más bien, la vi.
Morgana.
Hacía solo un mes que se había marchado del castillo, pero sentía que había transcurrido una vida entera.
Me quedé sin aliento al darme cuenta de que volvía a vestir aquella capa negra con la que la había conocido.
Bajo la luz de la luna, parecía recuperada después de haber sido sirvienta de sangre durante dos años.
Cuando ella reparó en mi presencia, el tiempo se detuvo entre nosotras.
Y fue entonces cuando el peso de su traición eliminó cualquier resquicio de alegría por volver a verla.
Ella hizo el amago de venir hacia mí, pero Brandon la retuvo por la muñeca y la acercó aún más a él.
Morgana asintió, como si acabara de recordar algo.
Arqueé una ceja, confusa.
—Habéis venido las dos —celebró Brandon—. Estaba convencido de que no dejarías que Savannah te acompañase, Omelia.
—Eso significa que no me conoces bien después de todos estos años.
En mi opinión, eso demostraba que, a pesar de que estaban separados y enemistados, él aún podía adivinar cada una de sus intenciones.
El silencio reinó entre nosotros durante unos segundos, y lo volvió a romper Brandon.
—Bueno, Omelia, ¿me vas a decir ya por qué me has escrito?
Mi prima adoptó una actitud cándida y dócil, como si no pudiera resistirse a los encantos de su antiguo amor.
—Te echaba de menos, Brandon —mintió como si nada—. Después de que atacaran a Savannah, me di cuenta de lo volátil que es la vida y de que no quería morir con mi orgullo como bandera. Pero has decidido invitarlas, a ella y a Morgana, así que creo que esa conversación tendrá que esperar.
Morgana intentó acercarse a mí de nuevo; no obstante, en esa ocasión no fue necesario que Brandon la retuviera. Mi postura erguida y hostil fue suficiente para detenerla.
—Ya, claro —contestó Brandon, escéptico, haciéndonos caso omiso—. Hace casi dos meses me trataste como al mayor de los villanos en el monasterio de la Santa Sangrienta. ¿Y ahora de repente te preocupa no volver a verme?
—Te odio tanto porque, en el fondo, te sigo amando. —A Omelia le tembló el labio inferior. Era buena. Pero no lo suficiente.
Brandon se relamió y soltó una amarga carcajada.
—Debería sentirme halagado, pero te conozco. Es uno de los muchos personajes que interpretas. Hablemos de política, que es lo que quieres hacer en realidad, ¿no?
Su falta de respuesta fue suficiente para que Brandon confirmara sus sospechas. El parkisano rio de nuevo.
—De acuerdo. —Omelia abandonó el personaje enamorado para volver a ser la misma de unos minutos atrás.
Se cruzó de brazos para marcar distancia—.
¿Qué tenéis que contarnos tan importante como para que Savannah esté también aquí?
Puedo entender que Morgana quisiera que viniese, pero tú no, Brandon.
No me dio la impresión de que fuerais grandes amigos durante el Sacrificio de la Corona.
En la oscuridad, vi que Morgana y Brandon se comunicaban con la mirada, como si su conexión les permitiera hablar sin tan siquiera abrir la boca.
—Nosotros cuatro tenemos que unirnos en un solo bando —confesó Brandon.
La propuesta nos sorprendió tanto que ahogamos un grito.
—¿Por qué? —pregunté yo.
—Porque creemos que hay un enemigo común que intenta quedarse con la Corona —contestó—. Un tercer frente que sospechamos que existe desde hace décadas.
En ese instante fuimos mi prima y yo las que nos observamos, cargadas de escepticismo.
—Si lo que intentáis es burlaros de nosotras... —Omelia levantó las manos—. Podrías haber declinado la invitación y no haber venido hasta Dhoul para inventaros semejantes patrañas.
—Estamos hablando en serio, Omelia —intervino Morgana por primera vez con voz ronca—. En las últimas semanas, se han producido dos ataques a la Corona, pero ninguno de ellos ha sido planeado por Clement ni por ninguno de los nuestros.
Sentí un vacío en el estómago. Una parte de mí me pedía que la creyera, me decía que Morgana nunca me mentiría. Al menos, no a mí. Pero si algo me habían demostrado los últimos acontecimientos era que nunca terminamos de conocer a la gente por la que daríamos la vida.
—La arquera que intentó matarme era una escolta muy cercana a Clement —la confronté, por fin, posando mis ojos sobre los suyos—. Además, te vieron con ella ese día, Morgana.
Juraría que una lágrima cayó por la mejilla de mi antigua compañera de vida; sin embargo, en la oscuridad de la noche, solo era una percepción.
Mientras tanto, Omelia resopló, disgustada con que yo hubiera tomado el control de la conversación.
—Ni Clement ni yo sabíamos que planeaba matarte —afirmó Morgana con voz queda—. Nos pilló tan de sorpresa como a vosotros.
—Qué coincidencia —contestó Omelia—. Una de las personas de confianza de Clement intenta matar a la heredera, te ven con ella y tú no sabías nada.
Desde luego, a mí también me parecía que era demasiado oportuno. La casualidad perfecta.
—¿Tú tampoco me crees, Savannah? —preguntó Morgana.
Me abracé. La vocecita que no dejaba de oír desde hacía unas semanas seguía diciéndome que ella sería incapaz de mentirme, pero pudo más el daño que me hizo que mi intuición.
—No. —Negué con la cabeza.
Morgana no pudo seguir al lado de Brandon y acortó la distancia entre nosotras. Este se movió con rapidez, como si quisiera ocultar algo, pero no le presté atención. No cuando la tenía a centímetros de mí.
—¡Si te quisiera muerta, no habría destrozado el puesto del boticario para darte ese antídoto! —me gritó—. ¡Te habría dejado morir!
Cuando escuché la confesión de Morgana, sentí que el dolor de mi pecho se aliviaba. Sabía que no había sido mi imaginación. Había estado conmigo mientras la muerte se abría paso por mi torrente sanguíneo.
—¿Te acuerdas? —Su voz se tiñó de esperanza al ver que mi expresión se había suavizado—. Pensaba que lo habrías olvidado por los efectos del veneno. Casi..., casi te pierdo.
Apenas lo hacía, parecía el eco de un sueño pasado que no había sido capaz de memorizar.
—No digo que Clement no te desee el peor de los males, pero ese día tenía otras opciones en mente para ti —aclaró—.
Le hice creer que te convencería allí mismo de que no aceptaras el trono y que te unieras a nuestro bando.
Por eso estábamos allí: él y yo. La arquera nos acompañó para asegurarse de que no nos atacaran.
—Con lo cual, tampoco habían sido imaginaciones mías, Clement había estado ese día en Dhoul—.
Pero yo no venía para convencerte de nada.
Lo único que quería era advertirte de que creemos que tenemos un enemigo mucho más fuerte que atenta contra todos nosotros.
—El tercer frente que ha mencionado Brandon... —contesté con sequedad.
—Así es.
Me mordí el interior de la mejilla. Cada vez estaba más convencida de que no mentía.
Hablaba con una desesperación que pocas veces había visto en ella; estaba siendo honesta.
Y eso me aliviaba, pero también me pesaba porque significaba que seguía creyendo en la inocencia de un hombre que la había utilizado a su antojo.
Que ella creyera algo con todas sus fuerzas no significaba que fuera cierto.
—Que tú no estés a favor de mi muerte no significa que Clement no lo esté.
Que tú no supieras nada de mi intento de asesinato no significa que Clement no estuviera al corriente.
Crees cada una de sus palabras, como si fuera un niño pequeño que no sabe mentir.
Y eso te ha costado muchas cosas, entre ellas, yo.
Intenté mostrarme implacable, incluso escupí las últimas palabras. Morgana inspiró hondo y alargó el brazo, a la espera de que tomara su mano. No obstante, negué con la cabeza de nuevo para rechazar su gesto conciliador.
—No debí creer que me habías engañado. —Sus palabras sonaban a disculpa—. Nunca te contaron quién eras para que pasases desapercibida, ¿verdad? Es lo único que tiene sentido, porque no me habrías mentido durante diez años. No la Savannah de la que me enamoré en Lokkat.
Agaché la cabeza, herida por sus palabras.
—Te podrías haber dado cuenta antes de provocar la muerte de madre.
No tenía que preguntarle para confirmar la verdad. De hecho, Morgana se estremeció ante el tono frío con el que me estaba dirigiendo a ella.
«Lo sabía», pensé con amargura.