Capítulo 21
Para celebrar nuestros primeros seis meses como compañeras de vida en Lokkat, Morgana trajo consigo un regalo que había hecho ella a mano.
—Te he hecho una corona de zinnias. —Me la enseñó mientras comíamos fresas en la pradera de las posadas—. Se están empezando a secar, pero al menos han llegado bien hasta Lokkat.
Se me iluminó la mirada al ver el esmero con el que Morgana había colocado cada una de las flores. Dado que las zinnias eran las favoritas de la diosa Namiria, se las asociaba con el amor.
—Es la muestra de mi amor eterno hacia ti. —Esbozó una sonrisa tímida y me colocó la corona con delicadeza—. Estás bellísima con ella.
Cuando la gente decía que estar enamorada intoxicaba el alma, debía afirmarlo por momentos como aquel. Una corona de flores sobre un cabello áspero junto a un vestido de campesina harapiento no era la definición de la belleza.
Yo no tenía nada para Morgana, ni siquiera sabía que ya llevábamos seis meses juntas. Solía hacer una estimación del tiempo que había pasado basándome en las estaciones y sabía que rondaba esa cifra, pero no contaba con un sistema para controlar el paso de los días con esa precisión.
—Yo no tengo riquezas con las que colmarte, ni coronas de zinnias, pero sí tengo una azalea —me excusé para que no se diera cuenta de que había olvidado nuestro aniversario.
Al instante, cogí una azalea y se la coloqué entre su melena azabache.
—Y no necesito más. —Me besó—. Porque la verdadera riqueza es estar contigo.
Después de leer la carta, me dirigí con paso decidido a los aposentos de Omelia. Pero alguien me esperaba a los pies del torreón de la reina para evitar mi destino: su chambelán.
—Savannah, te necesito con urgencia en mi despacho.
Aguanté la respiración. Seguro que eso lo hacía como represalia por que la reina me hubiera estado dando de comer a escondidas. Por primera vez desde que estaba a su cargo, me negué.
—Ahora no puedo, chambelán Brackstone . Acudiré más tarde.
Hice ademán de continuar caminando, pero él me sujetó por la muñeca para retenerme. Después, acercó su rostro al mío para intimidarme, pero solo logró que la sangre comenzara a hervirme.
—He. Dicho. Que. No —le espeté.
Se acercó todavía más.
—¿Prefieres sufrir tú las consecuencias o que lo haga tu amigo?
—No se te ocurra tocarle un pelo. —Forcejeé para liberarme de su agarre, pero no me soltó.
—Entonces acompáñame al despacho. Recuerda: sumisa, servicial y agradecida. Ya hay una de esas virtudes que no estás cumpliendo, no hagas lo mismo con las otras dos.
Por fin logré librarme de él, pero solo me sirvió para caminar por mi propio pie hasta su despacho. Sus uñas se me habían clavado en la muñeca; de hecho, por un par de marcas salía un poco de sangre.
—Necesito que me ayudes a redactar todos los impuestos que se deben recaudar en el próximo mes —ordenó Aaron en cuanto nos encerramos en su despacho, mientras que mis escoltas se quedaban fuera—. Población por población.
Se me resecó el paladar al pensar que eso supondría desperdiciar muchas horas, y tenía que convencer a Omelia antes de la medianoche. La carta de Morgana, que reposaba en el bolsillo del vestido junto a la de padre, me recordaba que no había tiempo que perder.
—Eso es mucho trabajo —musité.
—Y por eso te necesito —fue todo lo que dijo.
Como imaginaba, la tarea fue tan agotadora como parecía. Aaron se encargaba de dictar uno a uno los poblados de Parkisan. Y no solo eso, sino que, en ocasiones, decía mal a propósito el nombre o los bienes que se debían recaudar para que tuviera que volver a escribirlos.
Una molestia se instauró en mi abdomen a medida que avanzaban las horas.
A través de la poca luz que se colaba por la ventana para que no molestara a Aaron, podía hacerme una idea de qué hora era.
Cuando la luz desapareció, me inquieté todavía más.
Omelia se acabaría yendo sin mí. De modo que me levanté sin haber acabado mi deber.
—Me tengo que ir —me excusé.
—No hemos terminado —me recordó el chambelán con hostilidad.
—Aaron, me has humillado todo lo que has querido en estos últimos días. Deja que me vaya. Te lo compensaré mañana por la mañana, seré tu sombra todo el día si hace falta.
Maldije que mis palabras sonaran demasiado suplicantes, pero tenía que marcharme. Aun así, sabía que nada de lo que le dijera aplacaría su aversión hacia mí.
—¿Que te he humillado...? —Arqueó una ceja.
Se me formó un nudo en la garganta y presencié impasible cómo sacaba un cuchillo de uno de los cajones. Me temía lo peor.
—No sabes lo que significa la palabra humillar , Savannah. Pero, si quieres que lo te enseñe, estaré encantado de hacerlo.
Cerré los ojos, porque sabía qué me esperaba.
—Dame tu brazo, Savannah.
—No —rogué sin abrirlos.
—Dame. Tu. Brazo. O no podrás marcharte de aquí sin que haya consecuencias.
Con el brazo tembloroso, le tendí la muñeca. Aguanté la respiración mientras notaba cómo el chambelán realizaba un cortecito en mi antebrazo.
«Aguanta, Savannah, ya has vendido tu sangre en el pasado.
No debería ser tan difícil», intenté animarme.
Aun así, una oleada de náuseas me atizó, sobre todo cuando sentí que Aaron comenzaba a chupar mi sangre a través de la herida.
No utilizó los colmillos porque no le fue necesario, pero en ocasiones noté su roce.
Jamás me había sentido tan humillada. Había dejado de ser Savannah para convertirme en el alimento de un vampiro inmundo, y él lo estaba disfrutando. La tortura duró más de lo que me habría gustado. Solo cuando terminó me atreví a abrir los ojos.
Para mi desagrado, atisbé cómo se retiraba mi sangre de la boca con el dorso de la mano. Pero lo peor vino cuando escudriñé el corte y comprobé que no se había molestado en limpiar la herida. Mi sangre se mezclaba con su saliva.
Tenía ganas de vomitar.
—Ahora desaparece de mi vista —escupió. Al instante, derramó el frasco de tinta sobre todo el trabajo que había hecho esa tarde para que tuviera que repetirlo—. Nos vemos mañana.
Con el corazón todavía encogido por lo que había sucedido, me dirigí al torreón de Omelia. Mi prima se encontraba frente a su escritorio, escribiendo en un cuaderno. Tras cerrar la puerta tras de mí y aislarnos de nuestros escoltas, levantó la mirada, crispada. Una gota de tinta emborronó el texto.
—¿Qué quieres?
—Es la gran noche, prima. —Esbocé una sonrisa sarcástica e intenté aparentar seguridad, aunque todavía temblaba por mi desencuentro con Aaron.
Entornó la mirada, algo desconcertada por mi actitud tan despreocupada ante una reunión a la que no iba a acudir.
—Sí.
Saqué la carta de Morgana que guardaba en el bolsillo. Entonces, la alcé en lo alto y la zarandeé para que llamara su atención. Por cómo movió la mandíbula a un lado, lo había logrado. No le había hecho gracia que la reina me entregara la correspondencia que ambas habían acordado guardar.
—Parece que Morgana sí acudirá al encuentro junto a Brandon —anuncié—. Y que yo también he sido invitada.
—No vas a venir, Savannah, te lo dije el otro día.
Omelia agachó la cabeza de nuevo y continuó escribiendo, dando por finalizada la conversación.
—¿No? —Me aproximé unos pasos hacia donde se encontraba—.
Parece que la carta de Morgana dice lo contrario.
No eres la única a la que dejan mensajes secretos.
—Omelia abrió mucho los ojos, pero continuó ignorándome—.
Estoy convencida de que habrás intentado comprobar si había usado el zumo de limón...
Pero no es el único modo de escribir en clave.
No respondió. Suspiré al darme cuenta de que no me iba a hacer caso. Antes de llegar a las amenazas, prefería dar argumentos razonables para que aceptara, así que proseguí con mi discurso:
—Estaba pensando que, si he sido invitada por Morgana y no aparezco esta noche, nunca te ayudarán a que Zinnia se ponga de nuestra parte. Verán que no confías en ellos.
—Que no vas a venir —gruñó.
Alcé una comisura más que la otra para que la sonrisa se convirtiera en una mueca algo maléfica. Tocaría volver a utilizar las amenazas, sabiendo qué reacción obtendría de ella.
—¿No? Pues será una lástima cuando tengas que enfrentarte a las consecuencias de no estar en tu dormitorio esta noche.
Tengo entendido que la reina acudirá a tus aposentos a medianoche.
—Omelia alzó la mirada, visiblemente molesta.
Por mi parte, me acaricié la barbilla para fingir que estaba pensativa—.
¿Cuáles crees que serían las consecuencias?
Me acerqué más a mi prima, pero ella se alejó de mí para evitar mayor conflicto.
—Las mismas que si yo le digo que querías venir conmigo para ver a Morgana. —Esbozó una sonrisa irritada—. Si yo caigo, caerás conmigo.
No solía ser muy impulsiva, pero los acontecimientos de aquella noche con el chambelán habían logrado mitigar cualquier tipo de autocontrol. Sus últimas palabras fueron suficientes para que acortara la distancia entre nosotras y la agarrara del brazo, dispuesta a pelearme con ella si era necesario.
—Yo prefiero matar a las serpientes, no encantarlas —mascullé entre dientes.
—¿De qué serpientes estás hablando? —preguntó, apartando mi mano de forma brusca.
No respondí, y toda la bravuconería me abandonó de golpe. ¿Qué narices hacía?
Desvié la mirada mientras asumía que esa noche no iba a ver a Morgana. Sin embargo, algo en la actitud de Omelia había cambiado conmigo.
—Savannah, no tenemos por qué seguir peleando.
Parecía más dócil, y mi expresión se iluminó al darme cuenta de que quizá, y solo quizá, la había convencido y me dejaría acompañarla.
—Savannah, te mentí —reconoció—. No creo que tu vida corra peligro esta noche.
Conozco a Brandon y sé que no me tenderá una trampa.
Si no quería que me acompañaras era por Morgana.
—Abrí la boca para protestar, pero alzó la mano para que no le contestara —.
Sí, sospechaba que ella vendría también.
Me preocupa que, si acudes, le reproches todo lo que te ha hecho.
Y ahora mismo necesito que la persona que esté a mi lado sea un témpano de hielo.
No hacía mal en dudar de mí, porque estaba convencida de que, cuando volviera a ver a Morgana, no sería capaz de controlarme. Tenía mucho dolor acumulado como para dejarlo pasar.
—Te prometo que no me dejaré llevar por mis sentimientos —intenté asegurarle.
Omelia se quedó en silencio, evaluándome. El corazón me palpitaba con fuerza.
—De acuerdo. Acudiré a tus aposentos desde el pasadizo para marcharnos juntas. Recuerda abrirlo cuando se acerque la medianoche, porque yo, desde dentro, no puedo hacerlo.
Asentí con la cabeza, dispuesta a abandonar su dormitorio, satisfecha. Pero recordé un pequeño detalle que había pasado por alto.
—Espera, ¿cómo que pasadizos? Si mi habitación no tiene...
—Claro que sí.
El día que estuve rebuscando entre el mobiliario y los cuadros no encontré nada que me indicara que había una salida secreta.
—Ya lo intenté todo, y no hay ningún pasadizo.
—Porque nadie te ha hablado aún de él. Los pasadizos que llevan a las habitaciones de la familia real suelen ser los más recónditos para que el enemigo no los encuentre.
Los de tus aposentos son iguales que los míos.
Solo tienes que apagar los candelabros en un orden concreto dos veces.
Derecha, izquierda, izquierda, derecha. Ahora ya lo sabes.
—Se dirigió a un cajón de su escritorio y me entregó una caja de cerillas y un saco con hierbas—.
La infusión es para que tu amigo se quede dormido y no se entrometa en nuestros planes.
Que le hayas contado que eres la hija de la reina Lilith no significa que tenga que participar en nuestros planes.
Se me cayó el alma a los pies al escuchar su acusación.
—No sé de qué me hablas.
—Da igual lo mucho que intentes disimular con la reina, a mí no me engañas. Dale esto antes de dormir, no se despertará en toda la noche.
No fui capaz de concentrarme en nada más que en que iba a volver a ver a Morgana. Ni siquiera estaba atenta a mi conversación con Sam. Solo podía pensar en que la vería de nuevo y en que no sabía cómo reaccionaría cuando lo hiciera.
En cuanto la medianoche se acercó, mandé preparar una infusión para mi amigo y para mí con las hierbas que Omelia me había dado, con la excusa de que nos ayudaría a descansar bien toda la noche.
Tras los últimos días de insomnio, en los que nos habíamos levantado pronto para robar en la despensa y entrenar, se lo creyó sin esfuerzo.
Obviamente, yo no iba a beber, pero también me serví para disimular. Me sabía mal tener que ser deshonesta hasta ese punto. Por mí, le habría contado nuestros avances, pero no podía arriesgarme si quería que Omelia me llevara al encuentro.
Mientras Sam bebía de su taza, yo fingía dar pequeños sorbos.
En cuanto se la terminó, mi amigo comenzó a bostezar.
—¿Estás cansado? —le pregunté.
—Sí, creo que me voy a dormir. Ya estaba agotado después de todo el día, pero la infusión me ha adormilado aún más.
Asentí con la cabeza y aguardé hasta que, instantes más tarde, lo oí roncar. Entonces dejé la taza en la mesita y me levanté. Apagué las velas de los candelabros en el orden que me había indicado Omelia, las volví a encender con las cerillas que me había dado y repetí el proceso.
Acto seguido, unas baldosas del suelo se levantaron al unísono como si de una trampilla se tratara y, de ahí, emergió la cabeza de Omelia.
—Tardabas demasiado —me recriminó.
—He tenido que esperar a que mi amigo se durmiera, porque...
—¡No me des explicaciones, que nos retrasaremos más! —siseó, instándome a entrar en el pasadizo—. ¡Vámonos!