Capítulo 20 #2
Lilith chascó la lengua. Parecía que le molestaba más que su hermano se hubiera aprovechado del estamento que el hecho de que ella hubiese desatendido los horrores que tenían que pasar los inocentes día tras día.
—Siento mucho, Savannah —se disculpó—, que hayas tenido que crecer en una aldea pobre. ¿Contenta?
Con esas palabras me rendí. Por mucho que se lo explicara, ella nunca entendería mi punto de vista.
Le preocupaba más que yo hubiera tenido una existencia miserable que el hecho de que ella fuera la responsable.
Su preocupación por los vampiros era admirable hasta cierto punto, porque le habían importado solo aquellos que contaban con un rango.
—Le dije a tu padre que no era necesario que tuvieras que vivir tantas penurias para pasar desapercibida —lamentó.
Acto seguido, me estrechó entre sus brazos con fuerza, aunque no le devolví el gesto.
En ese instante no me estaba abrazando la reina de Parkisan, sino mi madre.
Una parte de mí habría preferido creer que mi madre de sangre era una ignorante que, por no salir del castillo de Branamor, había descuidado al pueblo llano, no que las desgracias de los parkisanos más pobres le dieran absolutamente igual.
Durante ese gesto cariñoso por su parte, llamaron a la puerta. No esperaron a que Lilith diera permiso, sino que Aaron Brackstone entró como si nada. Era el único al que la reina le permitiría entrar de esa forma.
—Así que no habéis seguido mi consejo, Majestad. Le estáis dando de comer. Lo sospechaba —dijo con tono despectivo mientras me miraba.
—¿Algún problema? —Lilith me soltó y bebió de su copa de sangre.
—Solo quiero que aprenda y no sienta que todo se le es perdonado por ser vuestra hija, Majestad. Que se gane ser la princesa.
Seguí comiéndome las uvas como si esa conversación no tuviera que ver conmigo. Estaba convencida de que no iba a tener tanta suerte el resto del día; quizá eso fuera incluso lo único que comiera a lo largo de la jornada.
—No lograrás que cambie si eres tan hostil con ella —opinó la reina—. Al contrario, harás que se sienta todavía más alejada de la Corona.
Abrí mucho los ojos. No se equivocaba, desde luego, pero no esperaba que me defendiera.
—No soy hostil. Solo quiero que se dé cuenta de que no va a recibir un trato diferente a los demás por tener sangre real. Si no fuera vuestra hija, ya habría sido ajusticiada por traición. Creo que es lo mínimo que puedo hacer para restaurar el honor de este castillo.
Ante las palabras de Aaron, la reina colocó la copa en la mesita con una tranquilidad que habría atemorizado a cualquiera.
Dejé de masticar mientras observaba la escena con cautela.
Sin embargo, su chambelán se mostraba demasiado tranquilo; no era la primera vez que se enfrentaban por tener opiniones contrarias.
—Yo seré la que determine cómo se restaura ese honor, y no será contigo castigándola como si fueras el rey. Aquí la única reina que hay soy yo.
Solté una inesperada carcajada jocosa que quedó distorsionada por el trozo de uva que no había terminado de masticar. Aaron movió el bigote, contrariado, pero no volvió a oponerse a sus deseos.
—Como deseéis, Su Majestad. —Y abandonó la estancia.
Cuando nos quedamos solas, por un instante me planteé darle las gracias por haberme defendido de su chambelán.
Sin embargo, no me imaginaba teniendo ese momento de vulnerabilidad con la reina, de modo que me callé.
Tras un segundo de reflexión y silencio, Lilith se levantó y me entregó dos sobres.
El primero no estaba sellado, y no tenía idea de a quién podía pertenecer.
Sabía quién era el remitente del segundo tan solo por la lacra, aunque estuviera rota.
—Tu padre escribió una carta hace años por si fallecía antes de que descubrieras la verdad. —Levanté la cabeza, sin dar crédito a lo que acababa escuchar—. No quería dártela hasta que no te hubieras habituado un poco a la vida del castillo. Han sido muchas emociones de golpe.
Acaricié el reverso. Eso significaba que padre no se había marchado del todo.
Había una posibilidad de volver a verle, aunque fuera a través de papel y tinta.
Sabía que leer esa carta no resolvería del todo mi duda de qué había sido real en él y qué no, pero me ayudaría a acercarme un poco más a quién fue de verdad.
Cuando pude volver a hablar, dije:
—La segunda carta es de Morgana.
Lilith asintió con la cabeza.
—Sí, la recibimos junto a la de Brandon.
—¿Por qué no me la habéis dado? —pregunté, aunque intuía el motivo.
—Ni Omelia ni yo lo creímos prudente, pero está claro que no tiene sentido sobreprotegerte cuando ya has vivido tantos horrores.
Inspiré hondo para contener el enfado que me había provocado esa respuesta, exactamente la que esperaba de ella. Era yo la que tenía que tomar la decisión de si era lo correcto para mí, y algo me daba a entender que su contenido tenía que ver con el encuentro con Brandon de esa noche.
Ya en mi habitación, abrí la correspondencia de Morgana, mientras que la de mi padre permaneció cerrada. No me atrevía a despedirme de él para siempre.
Cuando leí las palabras de mi antigua compañera de vida, no pude sino confirmar lo obvio:
Querida Savie:
Vivo avergonzada por lo que hice. Es obvio que ya sabes que cometí la mayor de las traiciones. No te puedes hacer una idea de lo mucho que lamento haberte delatado, de haber creído que me estabas engañando.
Te prometo que haré lo necesario para enmendar mi error, tarde lo que tarde. Una eternidad si es necesario.
Te. Amo. Mucho más de lo que mi alma podría llegar a reconocer. Buscaré el modo de que volvamos a estar juntas. Imagino que tú no querrás lo mismo, al menos por ahora. Está bien. No te preocupes, te haré decenas de coronas de zinnias hasta que me perdones.
Al igual que la carta que me mandó cuando me presenté al Sacrificio de la Corona, las mayúsculas de cada inicio de frase formaban un mensaje secreto: «Ven tú también». Ella estaría en el encuentro entre Omelia y Brandon.