La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

La conversación con Sam me ayudó más a aceptar mi destino que los constantes reproches de Omelia y Aaron. Cuando me dijo que podía ser una reina diferente, fantaseé con la idea de convertirme en la monarca que me habría gustado tener, aunque no me creía preparada para ello.

A partir de ese momento, nuestra amistad se volvió más estrecha. Le dejé claro que no podía tratarme diferente a como lo había hecho en los últimos días. Si lo hacía, la reina lo echaría del castillo. Sam entendió a la perfección el eufemismo.

Durante los siguientes días, Aaron me hizo la vida imposible con sus peticiones, desde las tareas más sencillas como regar las plantas hasta limpiar lugares que él había ensuciado con anterioridad.

Por otro lado, mi amigo y yo nos levantábamos antes de que amaneciera para robar comida de la despensa con la excusa de que Sam y yo íbamos a asearnos. Era el único momento en que mis escoltas me dejaban sola, aparte de en mi habitación. Después, ayudaba a Sam a manejarse con las espadas.

El miércoles que Omelia se iba a reunir con Brandon, coloqué las diferentes armas sobre la mesa para que Sam las identificara. En silencio, escuché cómo las enumeraba, contento de haber aprendido a distinguirlas.

—Espada bracamarte, sable, bastarda... —Las iba señalando—. ¡No, no! Esa es una espada larga, la bastarda es la de ahí. Daga normal, daga tridente, puñal...

Sam se sentía como si hubiera realizado un gran avance, pero eso solo era el principio. Sin embargo, no quería desalentarle.

—¡Lo has hecho muy bien! —Aplaudí cuando terminó.

—Tengo una gran responsabilidad por delante. Si antes no podía decepcionarte, ahora menos.

Le dediqué una mirada asesina, al borde del infarto. Mis escoltas se encontraban a unos metros de nosotros, pero eso no significaba que no pudieran oír nuestras conversaciones.

—Vale, Sam, vamos a repasar las reglas de...

Mientras hablaba, fuimos sorprendidos por Aaron Brackstone, dispuesto a alegrarme con la primera orden del día.

Paseé la lengua por los dientes mientras me hacía a la idea de que el entrenamiento de mi amigo había terminado.

De hecho, el chambelán movió su bigote pelirrojo con diversión al darse cuenta de que había arruinado el momento con Sam.

—¿A qué se debe esta agradable visita? —pregunté.

—Necesito que hagas guardia en el establo y, de paso, que des de comer a los caballos y limpies sus excrementos.

Miré a Sam y, tras darle un cálido abrazo, me encaminé hacia mi nueva obligación. La mañana no había hecho más que comenzar.

Mis comidas con la reina siempre eran igual que la del primer día: ella intentaba conocerme, mientras que yo me alimentaba en silencio para la jornada que me aguardaba. Sin embargo, aquel mediodía fue diferente.

—¿Y cómo era tu día a día en la aldea? ¿Qué hacías? Debías de aburrirte mucho...

Desencajé la mandíbula ante lo diferente que era la realidad de la idea que se había hecho de mi vida en Lokkat.

—Bueno, mi trabajo como campesina era rutinario, sí, pero siempre estábamos entretenidos porque venían los vampiros a alimentarse con nuestra sangre. En realidad, deseaban desangrar a los burgueses que se alojaban en las posadas, pero se tenían que conformar con nosotros.

La reina torció el gesto y jugueteó con el cabello durante unos instantes, antes de responderme:

—Ahora entiendo por qué odiabas tanto mi reinado... Por cuatro vampiros peligrosos.

—¡¿Cuatro?! —Casi me atraganté con su contestación—.

Para empezar, no eran cuatro. Y, para seguir, no odio tu reinado porque defiendas a los vampiros, sino porque, para defenderlos, dejaste desprotegido al pueblo llano.

Cada semana teníamos que lamentar que un vecino fuera asesinado o, peor, convertido. ¡Era una verdadera sangría!

La mirada de Lilith se tiñó de dolor ante mis palabras, como si no mereciera el reproche que le estaba dedicando.

—¿Intentas darme lecciones de lo que significa perder a alguien cercano por culpa de los vampiros?

—protestó—. Cuando atacaron el castillo, perdí a madre, a mi prima, a su esposo...

Pero sobre todo perdí a mi hermano. Porque ese día me di cuenta de que nunca iba a recuperar a Clement: había cruzado un límite que no le iba a perdonar jamás.

Me espetó las palabras con tanta rabia que opté por el silencio, mientras la atmósfera se volvía cada vez más densa. Cuando Lilith lo creyó conveniente, siguió diciendo:

—Savannah, durante años me he sentido muy culpable por ser avariciosa.

Si le hubiera dejado el trono a Clement, quizá esto jamás hubiera sucedido.

Él no se habría alejado de mí, ni habría mandado a los vampiros a asesinarte, ni hubiera perdido a casi toda nuestra familia.

No creas que no sé lo que es ver cómo desangran a alguien a quien amas sin tú poder evitarlo.

No negaré que su respuesta me resultó desgarradora. Por momentos olvidaba que la familia real fue la primera que sufrió los estragos del vampirismo. La reina se había encargado de que esos sucesos quedaran opacados por su política.

Me metí una uva en la boca y, después de tragar, dije:

—Si tanto sufriste por culpa de los vampiros, ¿por qué has permitido que sigan matando?

—Lo mío fue un ataque organizado, con un objetivo concreto.

No estaban sedientos de sangre, eran vampiros que tenían una misión que cumplir —me recordó—.

Sí, yo también los odié, me odié cuando ocurrió todo.

Pero conforme me fui acostumbrando a mi nueva condición, entendí que los vampiros solo son personas que están enfermas.

No son un ente maligno o un parásito que ha poseído su cuerpo.

Siguen siendo los mismos familiares, amigos, parejas...

que eran antes de convertirse. Solo que ahora necesitan... , necesitamos la sangre para no morir.

Bajo ese aspecto autoritario podía ver a una mujer quebrada por el destino que le había tocado vivir como monarca. Dejé las uvas que estaba comiendo a un lado y me concentré en lo que me estaba contando.

—Lo único que quería era que pararan las cacerías contra los vampiros, contra la gente buena que había tenido la desgracia de enfermar.

—Movió las manos en el aire, con frustración—.

Hasta que encontráramos una cura y pudiéramos ser el reino que fuimos una vez. Pero, a estas alturas, dudo que ocurra.

—Gente buena... —Reí para mis adentros, poniendo énfasis en lo primero que me había dicho.

—Entiendo tu malestar, Savannah. Pero quien fuera una persona ruin como humano lo seguirá siendo como vampiro, y quien antaño era un parkisano honrado sé que seguirá siendo un vampiro ejemplar.

Como cualquier otro humano, hay algunos que son caritativos y otros deleznables.

Pero nadie los juzga por ser humanos. ¿Por qué tenemos que fijarnos en la longitud de los colmillos para determinar la bondad de alguien?

Agaché la cabeza y recordé a toda la gente humana que me quería muerta por el mero hecho de existir, como Clement.

Recordé a los que me habían humillado y habían atentado contra mi vida, como los hermanos Elizabeth y Drew durante el Sacrificio de la Corona.

Me fastidiaba darle la razón, pero era cierto.

Había humanos que eran tan terribles o incluso más que un vampiro.

Tal vez el vampirismo no era lo que quitaba la benevolencia a la gente, sino que los que mataban por diversión eran mezquinos antes de contagiarse.

El chupasangre que desangró al hijo pequeño del sastre el día que se presentó al Sacrificio de la Corona ya era un miserable antes de ser vampiro; los colmillos y encontrarse en un avanzado estado de putrefacción simplemente le dieron la excusa para serlo sin repar...

Sacudí la cabeza. No me iba a permitir pensar de ese modo. Había visto horrores que ella jamás había vivido, pero Lilith no lo entendía.

—¿Cómo actuarías si Morgana, tu amigo Sam o la campesina con la que se casó tu padre hubieran sido convertidos? —continuó la reina al ver que no hablaba—. ¿También los habrías querido muertos o habrías hecho lo posible por no perderlos?

—Es fácil ser buena persona cuando eres un vampiro acomodado —gruñí, intentando resistirme a sus argumentos—.

Sí, me lo habéis demostrado durante estas semanas.

Locke, por ejemplo, es un encanto, y me ha ayudado a entender mejor a mi padre.

Pero los vampisanos de los que yo me quejo estaban al borde de la muerte, sus familias los echaban de casa porque tenían miedo de que los mataran a ellos.

La reina movió la cabeza, indignada ante lo que acababa de decir. Sentía que no había modo de convencerme, pues en mí se había abierto una disputa que tardaría en resolverse.

—Pero di licencias para que todos los poblados tuvieran, como mínimo, una sangrería y que los vampiros puedan alimentarse. Además, los humanos pueden vender su sangre para ganar unas monedas. No hay necesidad de que las familias abandonen a sus seres queridos.

—Pero ¿tú sabes cuánto cuesta esa sangre? Incluso para un pequeño burgués, puede ser la ruina.

La reina soltó una gran bocanada de aire, sin entender mis quejas por el precio de la sangre.

—Savannah, no puedo contentar a todo el mundo en Parkisan. Algún día entenderás que siempre tienes que pensar...

—En los que me dan el poder —terminé por ella.

—Exacto.

Se me revolvió el estómago al oír la pasividad con la que hablaba. Aun así, si tenía que ser honesta, dudaba de que Clement lo hubiera hecho mejor.

—Pues tus decisiones han costado muchas vidas inocentes de vampiros, pero sobre todo de humanos. Porque no podíamos matarlos ni en defensa propia.

—Mucha gente se escudaba en la «defensa propia» para asesinar a vampiros inofensivos. Por eso debíais acudir a los soldados para que...

—Nunca estaban cuando los necesitábamos —la interrumpí—. Fuera como fuere, nos abandonaste a muchos. Y donde tú nos abandonaste, Clement tomó el control.