La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Aguardé a que la compasión de Sam hacia mí desapareciera. Sin embargo, reaccionó con una carcajada amistosa. No terminaba de creerse lo que le acababa de contar. Quizá pensó que era un modo de destensar el ambiente.

—Estoy hablando en serio, Sam.

Su expresión pasó de ser divertida y cómplice a escéptica. No era porque no me creyera, sino porque las piezas del puzle no encajaban con el relato que le habían contado.

—Nunca se ha hablado de que la reina estuviera embarazada —contestó en voz baja—, ni siquiera ha habido rumores al respecto.

—Yo qué sé, Sam. Lo ocultó, se escondió entre la corte... —Sorbí por la nariz—. Pero la realidad es que hace más de veintidós años ella ella y padre, Harry Montgomery, me tuvieron para quitarle el trono a Clement.

Cuando mencioné el nombre de la persona que me había criado, mi amigo desvió la mirada para observar el manual que estaba leyendo. El arte de ser un buen guerrero se había convertido en un oyente más de nuestra conversación.

—¿Te acuerdas del idilio que me contaste? Pues yo soy el resultado de ese idilio.

—Entonces, ¿tu padre no era ladrón...?

—¡Que va a ser ladrón! —siseé.

Sam ladeó la cabeza, confuso ante mi revelación. Por su rostro, una parte de él esperaba que le dijera que era broma, una de muy mal gusto; que seguía siendo la misma Savannah, la campesina.

—¿Y... cómo acaba la futura reina de Parkisan siendo una campesina?

En cuanto comencé a hablar, ya no pude detenerme.

Le conté el pacto que la reina Pandora I, mi abuela, había hecho al decir que aquel que primero le diera descendencia se quedaría con el título de rey.

Le dije que Clement estuvo a punto de casarse con Kendra IV, la Reina de Nadie, pero que mi madre de sangre se adelantó para ascender al trono.

—Se cree que, durante el Amanecer de la Sangre Negra, yo era el verdadero objetivo del ataque —continué—. Así que padre me puso a salvo en una aldea bastante pobre. El Sacrificio de la Corona era la manera de que yo aceptara mi destino sin que nadie sospechara de mi verdadera identidad.

Sam escuchó muy atento cada una de mis palabras, y en ningún momento interrumpió mi historia.

Solo me observaba en silencio, muy serio.

Ya no se mostraba perplejo, y temía que la amistad que habíamos mantenido en las últimas semanas desapareciera para siempre por los horrores que mi existencia había causado.

—Yo te prometo... Te juro por las cuatro diosas que no sabía quién era hasta que llegué aquí.

—Como no decía nada, comencé a ponerme muy nerviosa—.

Me había presentado a la competición porque quería vengar la supuesta muerte de Morgana y la de padre...

Quería ser yo quien le diera la estocada final a la Reina Colmillos.

Pero me enteré de esto y..., no puedo negar mi destino.

El otro bando solo existe porque me quiere muerta.

El bando de Morgana. Ella me delató, y estoy convencida de que madre murió por ello.

La que me crio, no la reina. Y ahora Clement también lo sabe.

—Levanté la cabeza—. No me odies, por favor.

El corazón me latía con fuerza mientras veía que Sam se levantaba de mi cama y se sentaba en la suya, alejándose de mí. Fruncí los labios. La había fastidiado. En el peor de los casos, mi amigo perdería la vida. En el mejor, perdería un amigo.

—La verdad es que no sé qué contestarte, Savannah —fue lo primero que pronunció—. No... no sé qué debería decirte. No me lo esperaba.

—¿Me odias ahora mismo? —solté de golpe.

Se quedó en silencio durante un buen rato en el que creí que iba a confirmar mis terribles sospechas.

—No. ¿Por qué crees que debería hacerlo?

—Porque por mi culpa mucha gente ha muerto y otra tanta ha acabado como sirvienta de sangre.

Cuando cerré los ojos, una escena en concreto me invadió.

Era la cabeza de Elizabeth, mi antigua rival, precipitándose contra su carcaj después de ser decapitada en una trampa.

Me llevé la mano al pecho, sintiendo que cada vez me asfixiaba más con los recuerdos.

Entonces oí que Sam se levantaba de nuevo.

Se acomodó otra vez a mi lado y me abrazó para que llorara contra su hombro.

—Eso, en todo caso, es culpa de la Corona, no tuya —dijo al cabo de un rato—. Ellos son los que se han divertido preparando esas pruebas tan macabras, no tú.

—Eso lo dices porque me conoces y te ves en la obligación de consolarme.

—Savannah, ¿qué quieres que responda? ¿Que me parece injusto que durante años la gente se haya presentado al Sacrificio de la Corona para nada?

¿Para que ellos ya tuvieran a su ganadora desde el principio?

De acuerdo, sí, pero no lo decidiste tú.

Sé que, si hubieras sabido la verdad, habrías boicoteado la competición.

—Si hubiera sabido la verdad, no me habría presentado al Sacrificio de la Corona.

Después de todo, ellos ya me querían como heredera, ¿para qué enfrentarme a los horrores que vi y sufrí? ¿Solo para disimular? No, me las habría apañado para llegar al castillo de Branamor de otro modo.

—En cualquier caso, al final, si no fuera por mí, nadie habría muerto en esa competición —continué—. Deberían haberme matado en aquel ataque cuando era un bebé. Deberían...

—Escúchame, Savannah —dijo asiéndome las manos con delicadeza—, por desgracia, no puedes cambiar el pasado ni controlar las decisiones de los demás.

Pero sí puedes controlar las que tomas tú.

Empieza por darte cuenta de que, por mucho que la sangre real corra por tus venas, nunca te parecerás a la reina.

Para empezar, no disfrutas con la muerte de los demás, y eso ya es una gran diferencia.

Tú eres la que marcas quién eres día a día, con tus acciones.

Esbocé una sonrisa cansada. Pensé de nuevo en los sirvientes de sangre del castillo que habían perdido en el Sacrificio de la Corona. Si ya me odiaban por haberles arrebatado algo que ellos creían merecer más que yo, ¿qué ocurriría si algún día descubrían la verdad?

—¿Cómo puedo decidir quién soy cuando sobre mí pesan tantos horrores? —lamenté.

—Porque esas muertes no serán en vano. Puedes utilizarlas para hacer el bien cuando heredes Parkisan. Podrás cambiar las cosas.

Abrí la boca para aclararle que no me aliviaba pensar que esos asesinatos me convertirían en mejor persona o monarca. Habría preferido ser una mala soberana y que nadie hubiera fallecido.

Sin embargo, entendía que era su modo de consolarme.

—Sí, bueno... Se supone que algún día seré la soberana de Parkisan, pero no sé si es lo que quiero. Y, si lo es, tampoco creo que fuera una buena monarca. No sé si quiero ser la reina que defiende las fechorías de los vampiros.

—Estoy convencido de que serás una buena reina —comentó—, pero eres tú la única que puede tomar esa decisión. Los demás solo podemos y debemos acompañarte en tu camino.

Levanté la cabeza del hombro de Sam y lo miré a los ojos mientras los míos brillaban.

Por primera vez en el mes que llevaba allí, me sentía escuchada, sin nadie que me reprochara no estar a la altura de las expectativas que habían creado sobre mí.

Con más lágrimas a punto de acariciar mi rostro, lo abracé con fuerza.

—Puedes ser una reina diferente, Savannah. Puedes decidir no parecerte a tu familia. Puedes decidir ser tú.