La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

No tuve reparos en hacerle saber a Lilith cómo me sentía cuando entré a sus aposentos. Reparé en que se había sentado en el sofá, frente a su mesa, y que allí reposaba una bandeja con agua, guiso, pescado, frutas, pan y un flan.

—¿Tú también me vas a humillar, como tu chambelán? —le pregunté cuando mis escoltas nos dejaron a solas.

Se acarició la melena, y envidié que la suya estuviera tan sedosa. En ese instante, la mía era una mezcla de enredos, daba igual que pudiera asearlo con los mejores jabones.

—No, pero he pensado que podríamos comer juntas. —Movió la bandeja para indicar que también era para mí.

—¿Tú me puedes dar comida? —pregunté escéptica.

—Según Aaron, no. Pero yo soy la que manda aquí. Por eso vamos a comer en mis aposentos. Será nuestro secreto. —Me guiñó un ojo.

Estaba hambrienta, por lo que esbocé una sonrisa agradecida que borré rápidamente porque no quería mostrarme afable con la que había sido mi peor enemiga hasta hacía unas semanas.

Que quisiera compartir su comida conmigo no cambiaba nada entre nosotras.

Además, aunque no deseaba compartir mucho tiempo con ella, tampoco me apetecía pasar más hambre de la que me iba a tocar.

Con recelo, me acerqué hasta su majestuoso sofá, en tonos crema con rayas marrones, y me acomodé en él.

Lo primero que hice fue vaciar el vaso de agua de un trago; además de hambrienta, también estaba muerta de sed por el calor.

Después comencé a devorar parte del guiso y el pescado al mismo tiempo.

Parecía que no había comido en una eternidad.

—¿Qué tal tus primeras semanas como futura princesa? —inquirió cuando me centré en el guiso.

—Bueno, casi he muerto envenenada, he conocido a gente nueva, he vuelto a ver a un amigo, ahora soy comida de vampiros... No me aburro, desde luego.

Me mantuve en silencio mientras comía, pero no por el hambre. Lo cierto era que no me apetecía entablar una conversación con ella. Además, ni siquiera me atrevía a sostenerle la mirada en un ambiente tan cercano.

—Háblame de tu amigo Sam —me invitó, intentando seguir con la conversación con una mueca alegre. Por fin, aprovechó para comer pescado—. Me contaste que os conocisteis en el Sacrificio de la Corona.

Levanté la mirada y la observé con un trozo de guiso a medio masticar. Su sonrisa parecía honesta. No era la de la temible reina que gobernaba con total impunidad, sino la de una madre que solo quería que su hija la amara y la admirara.

—Sí, es uno de los pocos amigos que tengo. No se me da muy bien relacionarme.

—¿No? ¿No has heredado la verborrea de tu padre? ¿Ni la mía?

Resoplé. No me dejaría en paz.

Antes de contestarle, aproveché para probar el flan.

—No es que no la haya heredado —dije con la boca llena, lo que no le agradó—. Cuando era pequeña, nadie quería jugar conmigo porque era la hija de un ladrón. Solo tuve a mis padres hasta que, a los doce años, conocí a Morgana.

—Entonces Morgana es importante para ti.

—Sí. —Esbocé una sonrisa triste al recordar los buenos momentos con ella en Lokkat—. Bueno, lo era.

Mi contestación fue lo suficientemente cortante como para que la reina entendiera que no quería seguir hablando. De soslayo, observé que apretaba los labios y, por fin, se mantenía en silencio y me daba el espacio que necesitaba.

Aquel día tuve que asistir a Aaron en otra ocasión.

En concreto, me ordenó que adecentara uno de los múltiples salones del castillo de Branamor para una reunión que la reina tenía al día siguiente a primera hora con unos condes del ducado de Dahlia.

Su deber como chambelán era prepararlo todo para que estuviera del agrado de la monarca.

Sin embargo, esa había pasado a ser mi tarea.

Y él no iba a dejar que termináramos rápido con ella.

—A Su Majestad le gusta que las cortinas estén echadas, para que no le moleste la luz. —Obedecí su orden—. No, no tanto, Savannah.

—¿Cómo que «no tanto»? He hecho lo que me has pedido.

Aaron chascó la lengua, como si encima le estuviera obligando a ayudarme, y corrigió la posición en la que estaban las cortinas. En otras palabras, las sacudió y las dejó igual.

—¿Ves? No es tan difícil —me recriminó. A continuación, murmuró algo en voz baja lo suficientemente alto como para que pudiera escucharlo—. Ni siquiera está hecha para servir a los demás.

Tragué saliva. Se empeñaba en hacerme creer que era una inútil, y de ese modo se comportó en todas y cada una de las órdenes que me dio.

Además, sabía que no podía replicarle. Me pregunté si así se sintió Morgana con la reina cuando era sirvienta de sangre.

Igual que ella, solo podía resignarme a que Aaron me menospreciara tanto como quisiera, sin poder hacer nada.

Para cuando terminé el día, arrastré los pies hasta mi dormitorio, en el que Sam continuaba leyendo el manual que padre había escrito.

Esbocé una sonrisa cansada al darme cuenta de que estaba entretenido, pero también de que yo, por fin, había regresado a mi único lugar seguro dentro de ese castillo.

Por el momento, hasta que Aaron me requiriese de nuevo.

—¿Qué tal tu nueva preparación como princesa? —fue lo primero que me preguntó cuando levantó la mirada de su lectura—. ¿Bien con el chambelán?

En silencio y de espaldas a él, me cambié el camisón y, en honor a mi amigo, me puse el que me regaló.

—No —suspiré mientras me tumbaba en la cama—. Hacía tiempo que no me sentía tan humillada.

Ni siquiera cuando mis vecinos no nos compraban la cosecha, ni tampoco cuando algunos participantes del Sacrificio de la Corona se metían conmigo por ser campesina. En todas aquellas ocasiones, yo tenía el control de mi respuesta. Pero en ese instante no. Tenía que callarme cuando quería gritar.

—¿Quieres hablar de ello?

Negué con la cabeza, y luché por preguntarle qué tal le había ido el día. Sin embargo, tenía la sensación de que, si abría la boca, me rompería por el cúmulo de emociones.

Todos, menos Lilith, me recriminaban que no me comportara como la heredera de veintidós años que debía ser, pero solo hacía unas semanas que había descubierto mi verdadera identidad.

No solo me sentía como una prisionera dentro del castillo, sino que también mis carceleros eran hostiles conmigo. Y los que no lo eran, como Sam, habían sufrido por el amaño de la competición.

Casi sin darme cuenta, comencé a llorar en silencio. No obstante, al cabo de unos minutos, noté que me faltaba el aire. Me llevé la mano a la garganta, como si de ese modo pudiera deshacer el nudo que se me había formado y que en ese momento me asfixiaba.

—¿Qué te sucede, Savannah? —se alarmó Sam cuando empecé a jadear.

Me incorporé muy rápido mientras intentaba calmarme.

—M-me a..., ahogo.

—No, no te ahogas, Savannah. Respiremos juntos, por favor.

Comenzó a inspirar y a espirar lentamente para ayudarme a acompasar mi respiración. Cada vez que exhalaba, las lágrimas salían con más fuerza, pero no veía la forma de frenar el llanto. Al menos tenía a Sam. Él era mi pequeño refugio.

—¿Esto es porque el chambelán ha sido un imbécil contigo? —me preguntó cuando conseguí tranquilizarme un poco, aunque las lágrimas seguían cayendo.

—No, es que... —No sabía cómo soltar todo lo que llevaba dentro—.

Estoy harta de que todo el mundo me trate como si yo hubiera provocado el vampirismo: Omelia, Aaron, los que perdieron en el Sacrificio...

Yo no quiero esto. Devolvería mi título si así pudiera cambiar mi situación. Por desgracia, no puedo.

—La gente es mala, Savannah, pero no puedes permitir que te hagan sufrir cuando tú no has hecho nada malo.

En realidad, no habían sido solo ellos los que habían hecho que perdiera el control, sino el cúmulo de acontecimientos de las últimas semanas, los engaños, las traiciones.

—Que no, tienen razón —dije con voz queda—. Soy una impostora, no debería haber ganado la competición. Si supieras la verdad, tú también me odiarías.

—Para nada, Savannah. Ganaste porque te lo merecías, no hay verdad que cambie eso.

Me preguntaba si me vería con los mismos ojos si descubriera mi identidad o si, como Morgana, el aprecio que sentía por mí moriría en ese mismo instante.

—No, Sam. Yo... —Intenté contenerme y obedecer las órdenes de la reina, pero no pude callarme. Ya no—. La competición estaba amañada para que yo fuera la vencedora.

—Savannah, en serio... —Entonces asimiló lo que acababa de decirle—. ¿Cómo? ¿Amañada?

Desvié la mirada y me mordí el labio inferior, pensativa. Ya no había vuelta atrás, aunque estaba segura de que me arrepentiría de contárselo. No tanto por mí, sino por las consecuencias que podría sufrir.

—Prométeme que no le vas a contar a nadie lo que te voy a decir —contesté—. No podemos permitir que la reina sospeche que te has enterado, o se enfadará mucho... conmigo.

O, más bien, haría desaparecer a Sam para protegerme.

—No lo haré, tranquila.

Hice una pequeña pausa para relajarme y, cuando estuve lista, articulé:

—Soy la hija de sangre de la reina.