La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Al día siguiente fui convocada en el despacho de Aaron Brackstone para afrontar la segunda parte de mi preparación para el Rito de las Doce Espinas: la del pueblo llano.

Acudí a una hora mucho más normal que la estipulada para mi iniciación como sacerdotisa, aunque sin haber desayunado.

De hecho, estaba a punto de amanecer. Mientras tanto, Sam iba a aprovechar el día para leer el manual y aprender a diferenciar las espadas en la sala de armas.

Aaron me esperaba con un gesto solemne tras su mesa de madera reluciente.

Me forcé a curiosear con la mirada cada uno de los recovecos del lugar, como si fuera la primera vez que lo pisaba.

No obstante, tanto él como yo sabíamos que esa ocasión había sido semanas atrás, cuando Morgana y yo nos colamos en aquella estancia.

—¿El despacho es tan bonito como lo recordabas? —lanzó. Su bigote pelirrojo se movió a medida que pronunciaba las palabras.

Ni siquiera me invitó a sentarme, pero lo hice de igual modo.

—No sé... Mucha ostentación para no ser más que un mero chambelán.

Esbocé una sonrisa para acompañar mis palabras hirientes. En cuanto Aaron se mostró visiblemente irritado, no hice más que ensanchar mi mueca, llena de sorna.

—No es muy inteligente por tu parte que te comportes de ese modo tan infantil cuando voy a encargarme de tu preparación en el pueblo llano —comentó con voz monótona—. Yo no soy tu madre, Savannah, no pienso tolerar tus desafíos.

—Bueno, ¿y qué me vas a enseñar del pueblo llano que no sepa ya? Has vivido toda tu vida en el castillo, dudo que conozcas algo de ese estamento.

Mis palabras eran aún más incisivas porque detestaba que alguien a quien apenas conocía se creyera con derecho a educarme. A mí, que no había necesitado a ninguno de ellos para sobrevivir.

—Si por mí fuera, te habría convertido en sirvienta de sangre y te habría hecho vivir como una más durante semanas.

—Intenté que no se me notara el malestar que me provocaba pensar que podría haber tenido ese posible destino.

Me rompía al recordar lo demacrada que estaba Morgana—.

Así dejarías de quejarte por ser una privilegiada...

Pero a tu madre no le gustó la idea. La veía demasiado cruel y denigrante para su hija.

Por fortuna, me ha permitido que haga lo necesario para que aprendas a ser una persona humilde.

Aaron pronunció esas palabras con un tono amenazante que consiguió desestabilizarme un poco. Al menos, la sonrisa que estaba esbozando se me borró del rostro, y él lo tomó como una señal de que había recuperado el control.

—¿No quieres saber qué tengo en mente para ti, Savannah?

—Como si me importara... —Luché por sonar solemne.

—Como bien sabrás, una persona del pueblo llano se caracteriza por ser sumisa, servicial y agradecida. Deberás honrar, pues, al estamento en el que creciste.

Traté de no poner los ojos en blanco al escuchar su definición de alguien del estamento más bajo.

Se nos..., se idealizaba a los parkisanos del pueblo llano como seres bondadosos y que ponían las necesidades de los demás por delante de las suyas, aunque en realidad hacían lo necesario para sobrevivir.

—Si piensas que alguien del pueblo llano es un alma caritativa es porque no los has conocido bien, Aaron.

—A partir de ahora, chambelán Brackstone.

Pronunció las palabras con una voz tan autoritaria que ni siquiera le contesté. Si lo hacía, se me escaparía una carcajada burlona, y no quería enturbiar más un encuentro que había comenzado con mal pie. Me mordí el labio para contener la risa.

—En las próximas semanas —Aaron se levantó—, serás sumisa porque obedecerás todas mis órdenes. Servicial porque te dedicarás a mi bienestar siempre que lo desee. Y agradecida porque tu comida dependerá de las sobras que te den los demás en este castillo.

Se me erizó el vello de la nuca, pero no por tener que ser su sierva, sino porque mi alimento iba a depender de lo que la gente quisiera ofrecerme.

—Llevo toda la vida pasando hambre, creo que ya he superado con creces esa prueba. La reina no lo permitirá.

Mi estómago rugió a modo de protesta, y sentí que Aaron había logrado su objetivo: desestabilizarme. Ya no tenía el control de mis emociones ni de mis palabras, como hacía unos instantes. Había conseguido dar con mi máxima vulnerabilidad: las escaseces que viví como campesina.

—¿Ahora te importa la reina? —En ese instante fue él quien esbozó una sonrisa burlona—. Quiero que sepas que tengo su beneplácito. Creemos que recordar tus orígenes te ayudará a valorar tu presente.

La mandíbula me tembló al percibir la condescendencia con la que me hablaba. Para él, aunque fuera la princesa, no dejaba de ser una campesina con sangre real.

—¿Qué sabrás tú de mis orígenes?

—No me veas como al enemigo, Savannah. Solo quiero que, cuando superes el Rito de las Doce Espinas, seas tu mejor versión. Lo siento si mis métodos te resultan... crueles. Lo hago por tu bien. Eso sí, si intentas saltarte mis órdenes, tu amigo y tú os arrepentiréis de tu desobediencia.

Apreté los puños. Otro que utilizaba el bienestar de Sam para que me comportara como él deseaba... La Corona y su corte eran vomitivas.

—Ahora —carraspeó—, necesitaría ayuda para ordenar alfabéticamente los documentos de los cajones. Después, podrás retirarte a buscar comida. Sé que estarás algo hambrienta.

El chambelán volvió a sentarse y abrió los cajones de su escritorio, repletos de caóticas pilas de papeles. Algo me decía que los había desordenado adrede para que me tirara horas resolviendo la tarea.

Chasqué la lengua y maldije por lo bajo.

—¿Qué has dicho? —preguntó con sorna—. No te he oído.

—De acueeerdo.

—¿«De acuerdo» qué más?

—Chambelán Brackstone.

—Así me gusta.

En efecto, tardé un buen rato en ordenar alfabéticamente todos aquellos documentos.

Mientras el consejero de la reina se regodeaba tomándose una copa de sangre y tostadas con mantequilla, yo luchaba por completar la tarea lo antes posible.

Ver a Aaron deleitarse con su desayuno, con el hambre atenazándome el estómago, no hacía mi supuesta preparación más llevadera.

Cuando por fin terminé de ordenarlos, ya no había ni rastro de los rayos anaranjados y rosados del amanecer. El sol se colaba con timidez a través de las cortinas, para que no molestara a Aaron.

Él repasó que, en efecto, hubiera cumplido mi tarea. Después de comprobar varias veces con una lentitud exacerbada que todo estuviera en orden alfabético, asintió con la cabeza.

—Muy bien, Savannah. Puedes retirarte. Si necesito algo más, tus escoltas te lo harán saber.

Balbuceé unas palabras a modo de agradecimiento y mi estómago se despidió con otro gruñido. Era curioso, había pasado mucha hambre en Lokkat, pero no hay nada peor que cuando tu cuerpo ya se ha acostumbrado a que tienes la comida asegurada.

Realicé el ademán de girar el pomo, pero entonces...

—Perdona, Savannah, lo había olvidado. Necesito escribirle una carta a mi amiga Kiki y me duele la muñeca. —Se acarició la zona mencionada y fingió una mueca de molestia—. ¿Podrías hacerlo tú?

Debería haberme dado cuenta. Aaron no me iba a dejar marchar tan fácilmente de su despacho. Por mucho que tuviera el beneplácito de la reina, intentaría humillarme todo lo que pudiera. Abrí la boca para protestar, pero de poco me serviría. No podía negarme.

—Como desees, chambelán Brackstone .

Con una parsimonia que alargó todavía más la tortura, Aaron enunció lo mucho que echaba de menos a su amiga y cuántas ganas tenía de verla para cumplir eso que siempre habían soñado.

Por supuesto, no dudó en mencionar en su misiva a «una joven insolente a la que conseguiría enderezar». Qué ocurrente.

Cuando por fin me dejó marchar, les exigí comida a mis escoltas, pero ellos tenían prohibido asistirme, de modo que me dirigí hacia las cocinas a suplicar un poco.

Mi cuerpo me pedía a gritos un bocado de lo que fuera.

Por el momento, no iba a implicar a Sam porque no quería quitarle parte de su comida o que fuera buscando alimento por mí en un lugar que todavía era desconocido para él.

«Savannah, has aguantado mucho más sin meterte nada al estómago. No puedes dejar que te afecte tanto estar en ayunas», me recordé. Quizá por eso ya no tenía fuerzas para vivir nada similar.

—Tenemos órdenes de no darte nada —me comentó la encargada de cocinas en la estancia.

Palidecí mientras veía cómo terminaban de preparar los mejores manjares para mi familia de sangre. Inspiré hondo, olía tan bien... Y a saber hasta cuándo tendría que malcomer.

—Pero...

—Lo siento, Su Alteza, son órdenes de un superior. Nos echarían de aquí si las desobedeciéramos. Y ahora tengo mucho lío, que he de supervisar que la comida real salga bien.

Acto seguido, me encaminé a los jardines reales con el ánimo de encontrar algunas bayas comestibles, pues ya casi estábamos en verano. Por fortuna, hallé algunas en arbustos, y eso me ayudó a mitigar un poco el hambre.

Mientras lo hacía, me topé con Ryan, el mejor amigo de Morgana cuando era sirvienta de sangre. Debía de estar dándose su baño de luz diario. El rostro se me iluminó, pero el suyo no pareció corresponder ese júbilo.

—Ay, Ryan, no sabes cuánto me alegra verte...

Me di cuenta de que no estaba solo, sino que unos compañeros suyos, antiguos perdedores de la competición, también deambulaban por la zona. Escuché como, entre ellos, se referían a mí de manera poco amable, pero no les presté más atención.

—¿Qué necesitas de mí, Savannah? —preguntó Ryan, cortante.

Me tensé por el tono con el que me habló.

—¿Cómo...?

—Llevas semanas sin dirigirme la palabra. Ni siquiera me saludaste el otro día cuando nos cruzamos. Permíteme que piense que tu alegría por mí no es real y que buscas algo.

Entendí su molestia, tenía razón. Necesitaba un favor. Por eso dejé de lado su desplante.

—Verás, es que... Me están poniendo a prueba como princesa y tengo que alimentarme de las sobras de los habitantes del castillo. En las cocinas no me dan nada. Y me preguntaba si...

—¿Si yo te podría dar de comer?

—¡Sí! —contesté con demasiada efusividad, y me obligué a contenerme—. Quiero decir, sí, si te parece bien.

Ryan asintió varias veces con la cabeza, pensativo. La impaciencia se apoderaba de mí, pero me obligué a darle tiempo para contestar.

—Solo te ayudaré si me dices dónde está Morgana.

Bufé. Él sabía que sería incapaz de responderle a eso, porque ni siquiera yo tenía conocimiento de su paradero.

—Ya te dije que no lo sé.

—Entonces, yo no sé si podré darte de comer.

—El alma se me cayó a los pies ante su respuesta, y mi ceño fruncido debió de obligarle a rebajar el tono—.

Mira, me da igual ayudarte en las tonterías que te pidan hacer como princesa.

Yo solo quiero asegurarme de que mi amiga está bien, y estoy convencido de que tú sabes más de lo que dices.

Su voz estaba cargada de preocupación. Me rasqué la nuca y decidí contarle parte de lo que sabía.

—Sé que la vieron en Dhoul hace unas semanas. Nada más. Está... bien, creo. Pero no sé dónde.

En ese instante, Ryan sacó una pequeña cuña de queso del bolsillo de su camisón y me la tendió para que le diera un bocado. Los demás sirvientes de sangre murmuraron con desaprobación a su alrededor.

—Gracias, Savannah. —Entonces, me susurró al oído para que mis escoltas no pudieran oírle—. Por cierto, la despensa es un buen sitio para conseguir comida. Deberías probar allí la próxima vez. Está en el sótano, y los baños reales están conectados a la despensa.

Claro, no había caído. Le dediqué unas palabras de agradecimiento y Ryan se marchó. Al instante, noté una presencia a mi espalda: mis escoltas. Parecía que tenían algo que decirme y esperaba que no fuera otro de los recados de Aaron Brackstone.

—Su Majestad la reina desea veros en sus aposentos.

Lo que me faltaba.