Capítulo 16
Me llevé la mano a la boca, destrozada. Sentí un nudo en la garganta mientras acariciaba su nombre con la yema de los dedos. Era como si su espíritu estuviera allí para acompañarme una última vez. Pero la realidad era que ese tratado debía de haberlo escrito antes de que yo naciera.
Con manos temblorosas y ganas de llorar, abrí el volumen por la primera página.
A lo largo de generaciones, mi familia se ha encargado de proteger a la Corona.
Cualquiera diría que ser un buen guerrero es fruto de la sangre que corre por nuestras venas, pero todo se resume en la preparación.
En las próximas páginas, conocerás los entresijos de cómo es el entrenamiento de un guerrero real...
Cerré el ejemplar de golpe y me volví hacia mis escoltas, que no sabían por qué de pronto me había derrumbado. A diferencia de Locke y su compañera fallecida, no conocían mi verdadera identidad.
Me dirigí a mi dormitorio con el manual en las manos y se lo entregué a Sam, que ya estaba acostado en su cama. La mirada de mi amigo se iluminó al descubrir quién era el autor del tratado.
—¿Sabes que la reina tuvo un idilio con este soldado?
Sam me lo contaba como si fuera una habladuría más, ajeno al dolor que provocaba en mí.
Todo el mundo sabía quién era padre menos yo.
Hasta hacía unas semanas, creía que el apellido Montgomery carecía de valor y que no era necesario ir diciéndolo por ahí.
Era muy probable que padre lo hiciera para protegerme, para no revelar a los demás quién era yo.
¿Por qué no inventarse un apellido nuevo, entonces? Sabía que mis preguntas no obtendrían respuesta. Tal vez no quería que perdiera mi identidad del todo.
—Murió en el Amanecer de la Sangre Negra —añadió mi amigo.
—¿En serio? —Parpadeé con fuerza para contener las lágrimas, pero mi voz entrecortada me delataba—. N-no lo sabía.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, es solo que... Mientras comienzas la lectura, ¿te importa que me retire a despejarme un momento?
—Por supuesto que no.
Asentí con la cabeza y no aguardé a que Sam se despidiera de mí. Salí del dormitorio y les pregunté a mis escoltas dónde podía encontrar a Locke. Él me había dicho que conocía a padre y que, cuando quisiera, podía hablarme de él.
Aquella primera noche en que hablamos sobre el tema no estaba preparada para escuchar lo que tenía que contarme sobre él, pero ese día, semanas después, me sentía con más fuerzas para ello.
El vampisano se encontraba en su habitación, vestía ropajes de muy alta cuna.
Con un pañuelo de tela, estaba limpiando la armadura que siempre portaba.
Su dormitorio no era tan espacioso como el mío, aunque siempre sería más grande que mi choza de Lokkat.
Cuando se encontró con mi mirada, comprendió por qué había decidido visitarlo, así que asintió levemente con la cabeza para aceptar mi petición silenciosa.
—¿Nos podéis dejar a solas? —les pedí a mis escoltas, que no se separaban de mí. No quería que escucharan aquello que no era de su incumbencia.
Los soldados se retiraron sin apenas hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunté.
—Sigo siendo el capitán de la Orden de las Espinas, así que no me puedo quejar, después del intolerable error que cometí contigo.
Negué con la cabeza. No quería que se disculpara.
—Yo también habría auxiliado primero a una compañera —le expliqué—. Te entiendo, y tu despiste me vino muy bien para escapar.
Locke alzó una de las comisuras, con una expresión agridulce, y me invitó a sentarme en uno de los sillones.
—¿Por dónde quieres que empiece, Savannah?
—No lo sé —musité—. Padre siempre me contó que era un ladrón y se inventó un listado de hurtos que nunca cometió. Jamás me reveló la verdad sobre mí..., ni sobre él.
El capitán asintió con la cabeza y se cruzó de brazos, pensativo.
—¿Quieres que honre la memoria que tienes de Harry o que te cuente cómo era él a mi parecer?
Levanté la barbilla, desafiante.
—No soy una niña, no tienes que dulcificar el relato.
El vampisano abrió la boca y se acarició los colmillos, como si eso le ayudara a pensar. En ese momento caí en la cuenta de que me encontraba a solas con un vampiro en su habitación, y que no me importaba. No le tenía miedo ni tampoco me imponía.
Me estaba empezando a acostumbrar a ellos, y eso me incomodaba.
«Estos no son como los de Lokkat, Savannah. Él no te va a matar».
—Tu padre era mi mejor amigo —comentó—. Nuestros apellidos siempre han estado al servicio de la Corona, y éramos los únicos con un historial familiar largo dentro de la Orden de las Espinas.
Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que él aspiraba a ser algo más que un apellido de renombre.
Harry quería convertirse en el mejor guerrero que jamás hubiera existido, en el capitán de la Orden de las Espinas.
Él no era caballero porque su vocación fuera proteger a su reina, sino por la gloria que suponía.
Locke se calló durante unos segundos para que pudiera asimilar la información. Intentaba comprobar si era delicada como una flor, si me iba a marchitar al escuchar las ambiciones de padre. Sin embargo, yo no era débil.
—Continúa —le pedí con voz firme.
—Para su desgracia, tuvo que conformarse con ser el escolta de Lilith, aunque no era un logro menor.
Sin embargo, no era suficiente para tu padre, que aspiraba a estar en mi posición.
Por fortuna, la diosa Adhelia le brindó una sorpresa: Lilith se encaprichó de él.
Y Harry accedió al cortejo porque, ¿quién se va a negar a los deseos de la princesa?
—Crees que no estaba enamorado de ella, entonces —afirmé.
—Creo que estaba enamorado de su futuro con ella. ¿Qué es mejor que ser el capitán de la Orden de las Espinas? Ser el rey consorte.
Recordaba que padre me había hablado de mi madre de sangre en el pasado, que se refería a ella como si fuera un ente etéreo, casi divino.
Los ojos le brillaban cada vez que mencionaba a su amor de juventud.
Sin embargo, ignoraba si eso formaba parte de su experiencia o del personaje que había creado en torno a sí mismo.
—Cuando Lilith se quedó embarazada de ti, él supuso que tenía asegurado su lugar en el trono. Pero... atacaron el castillo después de que nacieras, y la mitad acabamos convertidos en vampiros o muertos.
Volví a recordar el relato que padre siempre me contaba, que mi madre de sangre y él me habían engendrado fruto del cariño que sentían el uno por el otro.
—Entonces padre huyó conmigo para ponerme a salvo. —Locke asintió con la cabeza—. Y estuvo más de veinte años deseando que me presentara al Sacrificio de la Corona para dejar atrás esa vida de ladrón campesino.
Fruncí el ceño mientras rememoraba todas las ocasiones en que él sugirió que me apuntara a la competición.
Con cada una de mis negativas, él debía de estar cada vez más cerca de perder el juicio.
Me pregunté hasta qué punto su amor por mí había sido real, no una burda mentira para convertirse en el monarca que anhelaba ser.
—Su amor por ti nunca fue falso, Savannah, quiero que lo sepas —me dijo Locke, como si me hubiera leído el pensamiento—.
Cuando me reunía con él fuera de vuestra aldea, era obvio que te veía como su aprendiz, como la niña que seguiría sus pasos.
Solo que, llegados a ese punto, imaginaba que sus esfuerzos contigo también serían recompensados con una corona.
Aunque Lilith ya tenía claro para entonces que Harry solo la quería por el poder, así que se habría llevado una gran decepción de haber regresado aquí contigo.
Semanas atrás, la reina me había hablado de los errores de juventud. Quizá, para ella, enamorarse de padre fue uno de los peores.
Ya lo había visto con Morgana cuando cortejó a la hermana de Brandon: lo hizo para acercar Zinnia aún más a Clement. Aun así, me costaba asimilar que alguien pudiera dedicar su vida a otra persona solo por lo que esta podía ofrecerle. Me parecía agotador y bastante frustrante.
—Es muy difícil encontrar a gente que te ame de verdad cuando todo depende del poder.
—Locke pareció leer mi mente—. La gente te querrá solo por tu rango, no por quién eres en realidad.
En mi caso, he decidido que prefiero estar solo y que mi apellido muera conmigo.
Mejor eso que encontrarme otra vez con alguien que solo quiere aprovecharse de mí.
—Pero ¿todo el mundo aquí es así? —Me costaba creer que el amor no existiera o fuera algo para unos pocos afortunados.
—¿Piensas que la hija de los duques de Azalea se habría encaprichado contigo si hubieras sido una plebeya?
—Abrí los ojos como platos. Él me había visto conversar con Giselle e, incluso, compartir habitación.
Pero no era mi escolta el día que me declaró que le gustaba—.
Las habladurías siempre corren por este castillo.
Medité la pregunta que él me formuló y recordé todo lo que me había dicho antes de partir. Por el modo en que hablaba, sus sentimientos eran honestos, no estaban alentados por mi condición real. Además, ella no apoyaba a la reina, no tendría sentido.
—Yo pienso que le hubiera acabado gustando.
—No, Savannah. Le gustaba tu aura real y la persona que ella creía que podía ser a tu lado.
Pensándolo bien, quizá no iba desencaminado: Giselle estaba a punto de ser destinada a un mundo de contemplación por seguir soltera. ¿Cuán orgullosa se sentiría su familia si, de repente, abandonaba la vida religiosa para casarse con la mismísima princesa? Aunque fuera una princesa de otro bando.
Dejé de sentirme tan mal por no haber correspondido a sus sentimientos.
Me puse en pie, pues el sueño comenzaba a mecerme entre sus brazos, y no quería alargar mucho más la conversación. El vampisano ya me había contado la historia sobre padre. Cualquier otra cosa sería un añadido.
—Gracias por hablarme de mi padre, Locke.
Él movió la cabeza en un gesto afirmativo.
—Acepta de nuevo mis disculpas por no haberte protegido cuando debí hacerlo —lamentó.
—Por mi parte, está todo olvidado. —Sin embargo, quería preguntarle algo más—: Con tu experiencia entre la realeza, ¿q-qué consejo me darías para mi... nueva vida?
La opción de huir y ser libre cada vez me parecía más imposible. Debía asumir que la vida que había conocido hasta ese momento se había acabado para siempre.
El mejor amigo de padre se volvió a acariciar los colmillos, pensativo ante mi pregunta. Al instante, levantó la mirada y me ofreció un consejo que llevaría para siempre en mi corazón:
—Sé valiente, Savannah. No sabemos cuándo volverá a atacar Clement. Pero, si quieres llegar con vida hasta el final, no lo lograrás si eres una cobarde que huye de las amenazas. Debes ser la mujer valiente que se enfrenta a ellas. Si mueres, que al menos sea con la cabeza mirando a las estrellas.