La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Omelia torció el gesto y movió los labios de un lado a otro, inquieta. No parecía ilusionada, por mucho que siguiera teniendo sentimientos por Brandon. Lo veía como un deber que estaba obligada a atender por su Corona.

Mientras tanto, una idea comenzó a tomar forma en mi cabeza.

—De acuerdo, ya no hay vuelta atrás —suspiró—. Volveré a ver a Brandon.

Exhaló una gran bocanada de aire y repasó de nuevo la carta para comprobar que no se le hubiera escapado otro mensaje que no hubiese leído, asiéndola con tanta fuerza que la arrugó.

—Entonces... —dije con voz suave—, ¿yo también puedo acudir al encuentro?

—Por supuesto que no. —Levantó la cabeza, indignada.

—Ha dicho que es peligroso ir sola...

—Pero no tienes que venir tú. ¿Y si es una trampa y nos matan? Si sobrevivo y tú mueres, la reina nunca me lo perdonará. Seguro que pediría mi cabeza, aunque sea su familia.

En realidad, no me importaba lo más mínimo la misión de Omelia, pero tenía mis motivos para querer acudir a ese encuentro.

—Brandon ha dicho que no irá solo —solté de manera atropellada—. Estoy convencida de que Morgana será su acompañante.

Necesitaba volver a verla, aunque solo fuera para confirmar lo que ya había descubierto y, de ese modo, pasar página.

La expresión de Omelia transitó por varias fases. Primero, sorpresa; después, incredulidad; por último, enfado.

—Así que por eso insistías... Que no, Savannah, no intentes convencerme. No vendrás, por tu bien, pero sobre todo por el mío.

—Si no voy, le diré a la reina lo que planeas.

Omelia soltó una carcajada amarga mientras se ponía en pie.

Cuando me di cuenta de cuáles eran sus intenciones, me abalancé sobre ella y, entre forcejeos, acercó la carta al candelabro y le prendió fuego.

Con dificultad, tiró el papel a un cuenco de hierro mientras se consumía.

Intenté quitárselo para no quedarme sin evidencias.

—¡Dé... jame! —gruñí a la par que ella me retenía.

En ese momento, los escoltas de Omelia irrumpieron, alarmados por los gritos.

—¿Todo bien? —preguntó uno.

—¿Os he dado permiso para que entréis sin llamar? —les espetó Omelia, sin soltarme—. Conflictos familiares.

Aun así, los soldados se acercaron para separarnos, y no se marcharon de la estancia hasta que no se aseguraron de que no seguiríamos peleándonos. No les pasó inadvertida la carta casi consumida ya por las llamas, pero no preguntaron nada al respecto.

Cuando nos quedamos solas, Omelia escupió:

—Ahora no tienes pruebas de que pienso encontrarme con Brandon en secreto.

—Sé el día y la hora.

—Pero no sabes dónde nos reuniremos. —Me propinó un empujón—. Y ahora vete de aquí si no quieres arrepentirte de haberme amenazado.

Aquel día, Sam y yo comenzamos el entrenamiento.

Al caer la noche, nos dirigimos con mis escoltas a una de las salas de armas donde solían ejercitarse los soldados.

De camino a nuestro destino, nos encontramos a un grupo de sirvientes de sangre.

Entre ellos estaba Ryan, pero no me apetecía hablar con él en un momento como aquel.

—¿Esos parkisanos eran...? —me preguntó Sam cuando los dejamos atrás.

—Sí, algunos de ellos son los casi ganadores.

Me quedé asombrada al entrar en la sala de armas. Además de una gran tarima para luchar, había multitud de espadas y escudos colgados en la pared. Separé los labios maravillada; las posibilidades de elección para las clases eran infinitas.

—¿Qué tal ha ido tu encuentro con Omelia? —me preguntó.

Fruncí los labios. Había sido bastante amargo, para qué mentir.

—Estabas en lo cierto —admití—. Tendría que haber sido la encantadora de serpientes.

Quizá, y a lo mejor la hubiera convencido para ir al encuentro. O al menos no me hubiese echado a empujones de su dormitorio.

—Bueno, ¿por dónde empezamos? —preguntó mi amigo con entusiasmo—. Tengo muchas ganas de convertirme en un guerrero fuerte, como los soldados de la orden. Me gustaría tener una imagen más masculina, con la espalda ancha.

Antes de iniciarnos en el arte de la guerra, debía hacerle una sencilla pregunta.

—Sam, ¿sabes manejar la espada?

Mi amigo se apoyó en una de las mesas.

—La verdad es que nunca he luchado con una. —Al ver mi expresión de incredulidad, me aclaró—: Quiero decir, sé hacer diferentes movimientos, pero no he tenido la oportunidad de batirme en duelo fuera del entrenamiento.

—Pues ya es hora de que me muestres tus habilidades. —Me dirigí hacia una de las paredes y, acto seguido, le entregué el arma con una vaina—. Primero enfunda la espada.

Mi amigo asintió, pero, por el modo en que se estaba colocando el cinturón, asumí que no tenía tanta experiencia con las armas como intentaba hacerme creer. Aun así, me mantuve impasible y continué con la lección.

—Mi misión será desarmarte. —Alcé los brazos—. Sin arma, solo con las manos.

—No quiero hacerte daño, Savannah. Esta espada no tiene protección...

Me enternecieron sus palabras, pero ni siquiera le iba a dar tiempo a cortar el aire con sus estocadas, de modo que no sería necesario protegerlas con fundas de paja.

—No te preocupes por mí. Ahora, desenfunda la espada.

Sam asintió y me obedeció, aunque lo seguía viendo angustiado por si me hería sin querer. Cuando casi había terminado de desenvainar el arma, le golpeé el brazo con el que lo estaba haciendo y le retorcí la muñeca hasta que mi amigo cayó al suelo. Después, le quité la espada.

—¡Muerto! —anuncié.

—¡Au! —protestó Sam desde el suelo—. Esto ha dolido.

Quise creer que se había confiado porque yo estaba en desventaja y había bajado la guardia. No obstante, la realidad parecía otra: Sam no sabía luchar.

Para confirmar mis sospechas, cogí una espada y la protegí con una funda de paja que había en la mesa para no hacerle daño. Le entregué otra a él para que cubriera su arma y le pedí que nos batiésemos en duelo.

El tacto de la paja hizo que perdiera un poco la noción del tiempo y que regresara a una época en la que, sin duda, era más feliz: los entrenamientos con padre.

—¡Vamos a jugar a ser guerreros! —celebraba de pequeña cada vez que íbamos al prado a entrenar.

—Savannah, no es un juego —me recriminó—. Es tu futuro, para que nunca dependas de que alguien te proteja, ¿lo entiendes?

Fruncí el ceño. Las señales siempre estuvieron ahí, pero no supe verlas. Él quería que no tuviera la necesidad de contar con un escolta para vivir, que supiera valerme por mí misma.

Salí de mi ensimismamiento en cuanto Sam comenzó a dar estocadas sin pensar en sus movimientos. No seguía una estrategia, sino el impulso de demostrar que tenía lo que hacía falta para ser un soldado real.

Cuando se cansó de que le devolviera cada uno de sus ataques, decidió actuar de otra manera. Levantó la espada a la altura de la cabeza para darme una estocada por arriba, pero extendí el arma con rapidez para dar por finalizado el combate.

—Muerto. —La punta de la funda de paja tocó su abdomen—. Sam, no sabes luchar. Si fuera un duelo real, tus tripas estarían colgando.

Mi amigo se quedó petrificado y repasó el error que acababa de cometer: al levantar la espada, había dejado al descubierto sus órganos, lo que le habría provocado una muerte segura.

—Claro que sé luchar. —Bajó el arma, derrotado.

—No, lo segundo que aprendes cuando eres un novato es que siempre debes proteger el torso y la barriga. Lo primero es que nunca pierdas de vista al oponente.

Suspiré, exasperada. Mi problema no era que Sam no fuese hábil con las armas, sino que, sin ser diestro con ellas, pretendía unirse a la Orden de las Espinas. Me fastidiaba tener que darle la razón a Lilith, pero no estaba preparado para formar parte de la guardia real.

—Sam, ¿cómo pretendías ser mi escolta si está claro que habrías muerto a la primera de cambio?

—Porque me irían enseñando la técnica con los entrenamientos... —dijo avergonzado—, ¿no?

—No. —Puse énfasis en mis palabras negando con la cabeza—.

Durante los festejos en los que me atacaron, se celebró una justa porque había un parkisano que quería formar parte de la Orden.

Si ganaba, se le concedía el título de soldado real.

¿Cuánto habrá tenido que entrenar para llegar a ese momento?

Mi amigo curvó las comisuras de los labios hacia abajo, apenado, y chasqué la lengua, molesta.

—¿Por qué no me has dicho la verdad, Sam?

—Porque temía que no quisieras entrenarme.

—Lo habría hecho igual, pero no me gusta que me mientan.

No después de todos los engaños que cargaba a mis espaldas desde hacía veintidós años.

Dejé mi arma en la mesa y traje a mi memoria las experiencias que había vivido con Sam en el Sacrificio de la Corona.

—Pero sabes utilizar la ballesta. —Recordé el reto en el que supuestamente los vampiros tomaron el monasterio de la Santa Sangrienta. Junto a Brandon, los tres luchamos por superar la prueba, incluso tras la muerte de Elizabeth.

—Tengo buena puntería porque salía mucho a cazar con mi familia. Solo eso.

—Bueno, sacaremos lo mejor de ti —suspiré, más tranquila—. ¿Sabes diferenciar las espadas, al menos?

Sam dudó unos segundos, pero acabó negando con la cabeza.

Recordé las primeras lecciones que tuve con padre, cuando solo era una niña pequeña, para encauzar las mías con Sam.

Pronto entendí que la mejor forma de ayudarle sería empezando con algo con lo que se sintiese cómodo.

Por eso, en cuanto me despedí de él, puse rumbo a la biblioteca para buscar un manual de lucha.

Eso le permitiría aprenderse cada una de las estrategias y tácticas antes de practicarlas. Me prepararía para entrenarle bien.

Tras más de media hora rebuscando entre la colección real, di con la sección correcta. Valoré varios títulos y fui seleccionando aquellos que creía que podían sernos útiles.

Entonces, un tomo en particular llamó mi atención, El arte de ser un buen guerrero . Y no era porque resultara el más completo o nuevo, sino por quién lo había escrito.

Harry Montgomery. Mi padre.