La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Decidí que los entrenamientos no comenzarían hasta que Sam se adaptara un poco a la vida del castillo.

Además, aquella noche estábamos demasiado exhaustos como para levantar una daga: yo porque la Suma Sacerdotisa se había ensañado con las tareas y él porque solía estar muchas noches despierto.

A esas horas era cuando los duques de Gardenia más lo requerían.

—Y por la mañana tampoco nos dejaban descansar porque alimentábamos a otros sirvientes que eran vampiros —me contó mientras se tumbaba en su cama, junto a la mía.

Había convencido a mis escoltas para que trasladaran su lecho a mi habitación. No fue fácil convencerlos, pues no era alguien de confianza para la Corona. Pero, tras mucho insistir, accedieron.

—Entonces, ¿ser sirviente de sangre es tan terrible como parece? —pregunté.

La imagen demacrada de Morgana volvió a aparecérseme en recuerdos, como si de un espíritu maligno se tratara. Sacudí la cabeza para intentar olvidarla de una vez por todas.

—Mucho peor —admitió—. De hecho, hubo una ocasión en que... A partir de ese momento... deseé haber muerto.

Desencajé la mandíbula ante su confesión y me arrepentí de haber indagado tanto.

—Pero ¿qué sucedió? Si quieres hablar de ello...

Sam abrió la boca, preguntándose si le apetecía sumergirse en esos recuerdos nada agradables.

—¿Recuerdas que mis padres me obligaron a presentarme al Sacrificio de la Corona? —terminó diciendo.

—Sí, para recuperar el honor familiar después de haberte juramentado como hombre.

—Bueno, pues ellos conocen a los duques de Gardenia. —Su mirada se perdió en el techo—. A los pocos días de llegar, visitaron el palacio. Me alegré mucho, porque pensaba que querían verme, y no me equivocaba, pero no por los motivos que yo creía.

Tuve el impulso de acercarme a él y mostrarle mi apoyo. No obstante, me quedé en mi cama para darle espacio.

—Me dijeron que era una desgracia para los Blisland.

Que lo peor que le podía pasar a su reputación era que un noble como yo acabara reducido a sirviente de sangre.

Que habría sido mejor que me hubieran matado, como a los demás.

Mi muerte habría sido valiente, pero quedar con vida, y de ese modo, era de cobardes.

Sam se calló durante unos instantes, y no supe qué responder. No me imaginaba lo doloroso que debía ser que tu familia te rechazara de esa forma.

—Me sentí tan mal, como si hubiera fracasado como hijo...

—¡No has fracasado como hijo! —le lancé—. El Sacrificio de la Corona es..., eh..., ¡tú y yo sabemos los horrores que vivimos allí dentro!

—Sí, pero eso no es suficiente para mis padres.

—Nunca serás suficiente para gente como ellos. Ni aunque te vistas con joyas de oro y piedras preciosas. Los parkisanos ruines nunca verán tu valía porque, como ellos no la tienen, no saben encontrarla en los demás.

Mis palabras se tornaron en un grito de guerra para demostrarle a mi amigo que él era una persona que merecía la pena.

—Gracias, Savannah. Supongo que, cuando se enteren de que estoy en el castillo de Branamor, pensarán de otro modo. Pero ya me da igual, me costará mucho perdonarlos. Sobre todo porque ellos podrían haberme rescatado de la servidumbre de sangre, pues son amigos de los duques. Y no lo hicieron.

Como hija de sangre de la reina de Parkisan, me sentí culpable por no haber podido proteger a Sam de un sistema que Lilith había instaurado. Ni a él ni a los demás participantes del Sacrificio de la Corona que habían sufrido el peor de los destinos para que yo estuviera allí.

Si alguien sentía que había fracasado, esa era yo.

Desde su llegada, Sam me acompañó en algunas de mis tareas.

Quería tomarse en serio la misión de ser mi confidente, pero prefería no abusar de su bondad.

Por eso le di completa libertad para descansar o hacer lo que le apeteciera en el castillo siempre que lo deseara.

Él no sabía que el objetivo de mis quehaceres era prepararme para el Rito de las Doce Espinas, sino que pensaba que estaba educándome como princesa.

—Pero estoy aquí para ser tu sombra —replicó—. ¿Y si Su Majestad me condena a muerte por no cumplir mi tarea?

—Tranquilo, Sam, no te matará...

«... porque tú estás aquí por mi Elección de Gracia», le habría contado.

Pero no quería que supiera que mi deseo como princesa había sido salvarlo de la servidumbre de sangre.

Durante el reencuentro, quise defender mi orgullo.

No obstante, ahora no me sentía cómoda revelándole lo que él significaba para mí.

Me hacía sentir vulnerable.

Por ese motivo, Sam no madrugaba tanto como yo, sino que más tarde se unía a los diversos ritos que llevábamos a cabo con la Suma Sacerdotisa.

De hecho, le encantaba la ceremonia que organizábamos los aprendices.

Era tal su entusiasmo al elegir los diferentes fragmentos del Elanon que incluso la Suma Sacerdotisa quedó prendada de sus encantos.

—¿Y no te has planteado unirte a la vida religiosa? —le llegó a preguntar.

—Amo mi relación con las cuatro diosas —contestó—, pero quiero que sea algo íntimo, no institucional. Entre ellas y yo.

De forma egoísta, agradecí que estuviera conmigo, porque, de lo contrario, no hubiera tenido con quién hablar. Mi vínculo con Giselle era cada vez más distante, hasta el punto de que los días en los que había intentado ser mi amiga ya eran un eco del pasado.

No volví a charlar con Giselle en los días que nos quedaban juntas. De hecho, cuando Lorelai nos comunicó que a la mañana siguiente William, Giselle y ella viajarían al monasterio de la Santa Sangrienta, sentí que eso tenía que cambiar, aunque fuera durante la despedida.

Le pedí a Sam que me dejara a solas con ella, que estaba guardando sus pocas pertenencias en la habitación contigua al templo. El vampisano ya había salido, por lo que tendríamos intimidad.

—Supongo que esto es un adiós —comencé mientras me apoyaba en el umbral de la puerta.

La mirada de la parkisana se encontró con la mía. Apretó los labios y, tras unos segundos de silencio, esbozó una tímida sonrisa.

—Así es.

Su rostro reflejaba el malestar que le producía enfrentarse a un destino que habían elegido por ella. Tras haber logrado cambiar el curso del de Sam, tenía la impresión de que también podía modificar el suyo.

—Quédate en el castillo, Giselle, no quieres ser sacerdotisa. Empieza una nueva vida aquí, lejos de las expectativas de tus padres. Puedes ser mi doncella..., ¡mi confidente, como Sam!

—Ya te dije que no puedo abandonar la vida religiosa. Eso afectaría a la reputación de los Beaumont —prosiguió—. Además, si mi familia se enterara de que me he declarado a alguien, no solo sería su deshonra, sino el hazmerreír de todos.

Palidecí ante su respuesta.

—¿Por qué se iban a reír de ti?

—Porque le he confesado a la futura princesa que me gusta. No solo es que pertenezcamos a bandos diferentes, sino que ella me ha rechazado.

Intentaba encontrar el modo de contestarle sin enfadarme. Me molestaba que me culpara por no haber tenido los mismos sentimientos hacia ella. Si hubiese podido elegir, habría preferido no tener el corazón roto por Morgana, que la mujer a la que amaba no me hubiese traicionado de una forma tan vil.

—Giselle, eres una chica maravillosa, y sé que en otro momento te habría visto con los mismos ojos que...

—Lo sé. —Cerró su baúl con un golpe seco y me miró con dolor—. En otro momento yo habría sido la persona que te habría quitado el aliento. No te sientas tan especial por no cumplir los deseos que Namiria tiene para mí. No es la primera vez que me ocurre.

Entonces, la comprendí. No estaba enfadada conmigo por no haberle correspondido. La realidad era que, a lo largo de su vida, se había encontrado con tanta gente que le había roto el corazón que mi rechazo solo la hundió aún más.

Me pregunté cómo me habría sentido de haber tenido experiencias similares a las suyas. Tuve mucha suerte al ser correspondida por la primera mujer de la que me enamoré. Pero ¿y si hubiera encadenado desengaño tras desengaño?

—Giselle, eso no significa que nadie te vaya a corresponder —le prometí—. Eres maravillosa. No tienes que elegir una vida que no quieres.

—Tal vez como sacerdotisa seré feliz. No tendré que preocuparme por alguien que no me corresponde.

Quería decirle que el amor romántico no lo era todo en la vida, pero comprendí que ninguna palabra aliviaría su dolor, de modo que me mantuve en silencio.

—Espero que seas feliz, Savannah.

Giselle me tomó la mano y la acarició, triste. Después me besó en la mejilla con suavidad y cargó con el baúl ella sola.

Me apoyé en la pared de piedra del umbral, meditando sus palabras mientras se alejaba por el templo.

—¿Algún amor que haya roto tu corazón? —preguntó Sam al instante, cuando llegó a mi lado.

—Sí, pero no el suyo.

De vuelta al castillo, le expliqué mi breve historia con Giselle y le confesé que era incapaz de olvidar a Morgana.

—No seré yo quien juzgue cuánto debe durar tu duelo, pero ¿Morgana no murió hace bastante como para que no te permitas volver a amar?

Olvidaba que, para Sam, el resto de los casi ganadores del Sacrificio de la Corona seguían enterrados bajo tierra, desangrados por su majestad Lilith II. Daba igual que le contara la verdad en ese momento; se acabaría enterando.

—Morgana no murió, como casi ninguna de las personas que fracasaron en el último reto. La reina se cansó de sacrificarlas y las convirtió en sirvientes de sangre del castillo.

La expresión de Sam se fue descomponiendo a medida que avanzaba mi relato. En su mirada podía ver que albergaba muchas preguntas, las mismas que yo tuve cuando me enteré de que Morgana estaba viva.

—¿Y por qué mentir? Conocí a una familia de sangreros que lloraron la supuesta muerte de su hijo durante años hasta que fueron asesinados por un vampiro bastante violento. Y todo porque no le querían vender sangre.

El líquido rojo que corría por mis venas se me heló al escuchar esa historia. Era un motivo más por el que nunca apoyaría el reinado de la mujer que me había engendrado.