Capítulo 13
En los días siguientes, Giselle continuó hablando conmigo, pero cada vez se mostraba más distante. Desde mi rechazo, se atrevió a conversar con William, al que seguiría viendo cuando ambos partieran al monasterio de la Santa Sangrienta.
En los momentos de soledad, mientras adecentaba el sendero del templo, solo podía pensar en madre y en mí en el huerto. Cada vez que eso sucedía, tragaba saliva para deshacer el nudo que se me formaba en la garganta.
Un día, durante la ceremonia oficiada por los aspirantes, Giselle se encargó de leer el pasaje.
Eligió uno en el que un joven entregaba su corazón a la hija de un mercader rico.
Él le dijo que, mientras ella lo cuidara, él seguiría viviendo.
No obstante, los años pasaron y ella olvidó al hombre al que una vez amó.
Se deshizo del corazón, pensando que era basura.
Ese día, las tropas de Parkisan perdieron su primera batalla.
Su comandante había caído fulminado, muerto por una dolencia que nadie comprendía.
—¿Por qué has elegido ese pasaje, Giselle? —le preguntó la Suma Sacerdotisa.
—Porque el amor te puede hacer perder la batalla. Y es valiente recordarlo después del pasaje que leísteis vos el otro día.
—Así es, y me alegro de que hayas visto la verdad con tus propios ojos.
Sin embargo, Giselle me observaba de soslayo. Tenía claro que, en realidad, pretendía despertar mi arrepentimiento. Fruncí el ceño, confusa. ¿Qué se suponía que debía lamentar? Pensaba que todo estaba bien entre nosotras después de su confesión, pero ya veía que no.
Aquella tarde, William y Giselle se turnaron para limpiar el centro del templo y los bancos.
Mientras tanto, a mí me tocó quitar malas hierbas y podar los arbustos que comenzaban a perder la forma.
Por la tarde, aproveché para reflexionar sobre lo que Omelia me había dicho la noche que había irrumpido en mi habitación.
No había vuelto a hablar con ella desde ese momento, ni siquiera me la había cruzado por el castillo.
Sin embargo, busqué todos los motivos para que, la próxima vez que la viera, pudiera demostrarle que ella y yo no éramos iguales. Que su juicio sobre mí era erróneo.
Pero no encontré nada que me indultara de las acusaciones de egoísmo.
Mi ensimismamiento se vio interrumpido por la irrupción de la reina en el templo, acompañada por sus escoltas. No parecía que hubiera entrado para rezar; me buscaba con la mirada.
—Su Majestad —corearon Giselle y William al unísono mientras hacían una reverencia.
Me puse en pie, con los hombros tensos. Multitud de pensamientos comenzaron a azotarme, pero el que más fuerza cogió era que se había producido otro ataque y que acudía para ponerme a salvo.
—¿Y Lorelai? —me preguntó, ignorando a los otros aspirantes.
Su tono de voz era calmado, de modo que no había sucedido nada. Respiré aliviada y relajé cada parte de mi cuerpo.
—Suele abandonarnos durante las labores de limpieza —contesté. Por su expresión, no parecía muy de acuerdo con que ella se marchara a mitad de la preparación—. No sé yo si la Santa Sangrienta estaría conforme con que su supuesta reencarnación evitara ciertas labores...
—Savannah, no empieces —me reprendió—. He venido porque ha llegado Aaron con tu amigo. Entiendo que te hará ilusión reencontrarte con él.
La expresión burlona se me borró del rostro al oírla y, sin decir nada más, salí corriendo del templo con una enorme sonrisa.
Con Sam allí, no podía demorarme ni un segundo; tenía que verlo cuanto antes.
Ni siquiera esperé a la reina o a mis escoltas, a los que oí correr tras de mí, intentando alcanzarme.
Lo encontré en el patio de armas, frente al portón principal del castillo, acompañado por el chambelán de la reina y otros soldados. Llevaba un camisón blanco como el de los sirvientes de sangre de allí; en el palacio de los duques de Gardenia también debían de utilizarlos.
—¡Sam! —grité.
Cuando reparó en mi presencia, su semblante serio cambió a uno mucho más alegre. Acortó la distancia que había entre nosotros y me estrechó entre sus brazos con fuerza. Por si eso fuera poco, me alzó en volandas como parte del gesto cariñoso.
—¡Savannah! —celebró.
Por un momento, sentí que volvíamos a estar en el monasterio de la Santa Sangrienta, solo que, en ese presente alternativo, él y yo habíamos llegado hasta la final.
—¿Qué tal estás? —me preguntó—. He oído decir que te atacaron...
Esa realidad alternativa se esfumó demasiado rápido al escucharle hablar sobre mi intento de asesinato.
—Estoy bien... Pero preferiría no sacar ese tema en nuestro reencuentro.
Sam obedeció mis deseos. Cuando me soltó, apoyó las manos en mis hombros y comenzó a estudiarme.
—¿Un camisón gris? ¿Te estás iniciando para ser sacerdotisa?
Lo observé. Durante esas semanas que había sido sirviente de sangre había perdido un poco de peso.
No demasiado, ya que, si querían sangre de calidad, debían mantenerlo bien alimentado.
Seguro que se debía al estrés por el cambio de situación.
Eso demostraba que daba igual que hubiera tenido un buen destino, como le aseguró el maestro de ceremonias.
Todos acababan siendo víctimas de Vampisan.
—Es por mi preparación para ser princesa —le expliqué.
—Oí rumores sobre ti durante las tomas, pero comprobarlo con mis propios ojos me demuestra que no era un sueño. ¡Ganaste el Sacrificio de la Corona!
Me mordí el interior de la mejilla e hice lo posible por no borrar la mueca alegre. Para él, tenía que estar contenta. Después de todo, me había hecho con una victoria que nadie más había alcanzado.
Me moría de ganas por contarle la verdad, pero no debía hacerlo.
—Sí, eh...
—¿Cómo lo hiciste?
—Subestimaron a la campesina equivocada —dije lo que imaginaba que habría contestado en otras circunstancias.
En ese momento llegó la reina, que mantuvo una distancia prudencial con nosotros y se colocó junto a mis escoltas, que intentaban no arruinar el reencuentro entre Sam y yo.
Mi amigo hizo una pequeña reverencia en cuanto vio a la monarca, pero ella apenas le echó un segundo vistazo.
—Entonces, ¿voy a ser tu escolta? ¿Voy a formar parte de la Orden de las Espinas? —Sus ojos brillaban, a pesar de que me quedé petrificada, horrorizada por sus palabras—. Gracias, Savannah.
El paladar se me secó al percibir la emoción que rezumaba.
Ignoraba cómo había llegado a la conclusión de que sería mi escolta.
Me costaba pensar que Aaron Brackstone se lo hubiera dado a entender.
Quizá había creído que si estaba allí era porque había conseguido convencer a la reina, no porque hubiera sido mi Elección de Gracia.
—Eh..., eh..., ¿y cómo ha ido el viaje? —pregunté para cambiar de tema. No estaba preparada para decepcionarlo.
—Ha sido... intenso —contestó Sam—. Hemos sufrido una emboscada.
Ahogué un grito al oír la confesión de mi amigo, que también llamó la atención de la reina. Entonces se acercó a nosotros, pidiéndole explicaciones al chambelán con la mirada.
—Emprender este viaje después de ajusticiar a un emisario del príncipe quizá no fue la mejor idea, Su Majestad —añadió Aaron.
El chambelán me fulminó con la mirada, pues me culpaba de haberlos puesto en peligro por mis deseos—.
Nos encontramos con Clement y su guardia, e intentaron matarme como represalia por la muerte de Jude.
Nuestros soldados me defendieron a capa y espada, y no hemos tenido que lamentar bajas por nuestra parte.
Solo una espada rota. Sus escoltas y él se retiraron en cuanto vieron que estaban en clara desventaja.
Sabía que la decisión de la reina traería consecuencias. Sin embargo, no me imaginaba que intentarían acabar con Aaron Brackstone en un momento así.
—Con vuestro permiso, Su Majestad —añadió Sam—, Clement parecía muy sorprendido cuando vuestro chambelán le comunicó que habíais ajusticiado a Jude por el ataque a Savannah. De hecho, dijo que no había mandado a la arquera a Dhoul con esa intención.
Puse los ojos en blanco al oír la excusa de Clement, por mucho que deseara que fuese verdad.
—Sí, ya conocéis a vuestro hermano, Su Majestad —continuó el chambelán—. Evita todo tipo de responsabilidad cuando se le confronta.
—Típico de él. Lo importante es que estás bien. —Después, Lilith paseó la mirada entre Sam y yo—. Luego conversaremos largo y tendido, Aaron. Tengo un invitado al que atender.
Sam se irguió al ver que se marchaban el chambelán y los soldados que lo habían acompañado.
Parecía emocionado, pero no solo por el papel que creía que iba a desempeñar allí.
Era la primera vez que se encontraba con la reina de Parkisan.
No todo el mundo tenía la suerte de conocer a la monarca a la que tanto veneraba.
—Su Majestad. —Acto seguido, se arrodilló y agachó la cabeza—. Os prometo que seré el mejor escolta de la Orden de las Espinas que jamás hayáis visto. ¿Sabéis que salvé a Savannah en dos retos del Sacrificio de la Corona?
Se me hizo un nudo en la garganta al oír las palabras de Sam. Lilith no tendría ningún tipo de reparo en pisotear sus aspiraciones.
De hecho, lo observó con marcado escepticismo. Sobre todo, sabiendo que todas las pruebas habían sido amañadas para que yo las superara. Pero en una sí que me salvó la vida.
—Es cierto —comenté—. Si no hubiera sido por él, habría muerto en el reto del laberinto.
—¿De verdad? —respondió Lilith con la mayor incredulidad. Después, se volvió a centrar en Sam.
—¿Cuándo es mi juramento? —Se encorvó más para demostrarle que él solo era un vasallo que estaba a su eterno servicio.
—Con que tengas entretenida a Savannah me basta. No es necesario ningún juramento.
Sam alzó la cabeza, pero no posó los ojos sobre los de la reina. Intuí que no mirar a la monarca debían de ser formalidades que yo en ningún momento había mantenido con ella.
—Perdonad mi réplica, pero el juramento es necesario para formar parte de la Orden de las Espinas.
—Así es, joven. No será necesario porque no formarás parte de mi guardia real.
—¿Cómo?
La Reina Colmillos emitió una carcajada suave y sarcástica. Entonces tiré a Sam del brazo para que se pusiera en pie y dejara de humillarse.
—¿Quién te ha dicho que ibas a ser soldado? ¿Ella? —La reina me señaló con el dedo—. Savannah, ya hablamos de esto...
—Yo no le he dicho nada, Su Majestad. Debe de haberlo supuesto él.
Sam asintió con la cabeza, algo confuso por el devenir de los acontecimientos. Entonces la reina le espetó:
—¿Cómo voy a dejar que un mero participante del Sacrificio de la Corona proteja a la futura princesa de Parkisan?
No quise mirarle, porque sabía que sus ojos debían de estar cargados de dolor. Pero yo también me rompí un poco cuando oí su réplica:
—Perdonad, ¿y qué debería hacer para ser un guerrero de la orden real? Es mi misión, mi propósito en la vida.
—Ahora entiendo por qué Savannah te tiene en tan alta estima —le contestó la reina—. Eres tan insolente como ella. Deberías mostrarte agradecido, primero, por seguir vivo después de la competición y, segundo, por haberte librado de un destino de perpetua servidumbre.
Abrí la boca para protestar, pero Lilith volvió a hablar antes de que lo hiciera yo.
—¿Cuál era tu vida antes de presentarte a mi competición, parkisano?
—E-era hijo de vizcondes.
—Oh, ahora lo entiendo todo. El orgullo corre por tus venas, como sucede con todos los vizcondes, cuando no eres nadie.
Si estás aquí es para que Savannah tenga un amigo en el castillo, y tú serás ese amigo.
—Esbozó una sonrisa cargada de crueldad—.
Aunque, si no estás de acuerdo, siempre puedes volver a ser un sirviente de sangre.
Sam negó con la cabeza, sin ocultar el malestar que le producía pensar en regresar a ese lugar.
—No, Su Majestad. Estoy agradecido por vivir aquí y ser el apoyo que Savannah necesita.
—Lo imaginaba. —Levantó la mano y la movió en el aire—. Un holgazán más..., como todos los vizcondes.
Me habría gustado decirle a Lilith que, si Sam se resignaba a ese destino, era porque ella no le dejaba ser soldado.
No obstante, antes de que pudiera decir nada, se adentró en el interior del castillo, indicándonos que no deseaba continuar hablando con él.
O, mejor dicho, que no deseaba escuchar los reproches que me estaba guardando.
—Menuda estúpida —mascullé entre dientes.
Dentro de mí, un improperio mucho más grave empezaba a tomar forma, pero una enseñanza de la Suma Sacerdotisa había calado hondo en mí: no quería que el jardín de padre y madre en el Prado Más Alto se marchitara por mis blasfemias. Quizá eso era lo poco que Lorelai había influido en mí.
—No hables así de nuestra reina —me advirtió Sam—, no sea que te desherede.
—Créeme, Sam, no lo hará.
De reojo, vi que mi amigo fruncía los labios, triste por cómo la reina se había dirigido a él.
—Lo siento, de verdad —dije—. Yo... intenté que fueras mi escolta, te lo prometo. Pero no accedió.
—No pasa nada. Mejor estar aquí que alimentando a vampiros el resto de mi vida.
Podía sentir la atmósfera de decepción que nos envolvía. Entonces una idea comenzó a tomar forma en mi cabeza. Aunque no pudiera ser soldado real, eso no significaba que no pudiera entrenar conmigo.
—Yo te enseñaré todo lo que sé sobre lucha. Mi padre era...
«... de la Orden de las Espinas», me habría gustado contarle. Sin embargo, me callé antes de revelarle más de la cuenta, dado que habría puesto mi verdadera identidad en peligro.
—Sí, ladrón, ya me lo contaste —terminó él por mí—. Te lo agradezco, Savannah, pero no es necesario... Ya lo ha dicho la reina: debería estar agradecido por haber salido de ese abismo de tortura y sangre. No puedo pedir más.
—Escúchame bien, Sam —dije asiéndolo por los brazos con fuerza—, te ayudaré a ser el mejor guerrero que existe en este maldito castillo. A la reina no le quedará más remedio que convertirte en su soldado, ¿me has oído?
Durante el Sacrificio de la Corona, él solía ser el optimista. Aquel día, al contrario, era yo la que adoptaba esa visión positiva.
—¡A sus órdenes, princesa! —rio.
—Ha llegado la hora de que empecemos tu entrenamiento como soldado.