La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 11
20%

Capítulo 11

Pero no me arrepentí. Acababa de salvar a Sam de una muerte segura, aunque para eso yo tenía que quedarme en el castillo de Branamor.

Para siempre.

Se me encogía el pecho de angustia al pensarlo.

Hice lo posible por ser yo la que fuera a recoger a Sam en el palacio de Gardenia, pero el ataque seguía demasiado vivo en la mente de todos, así que me tuve que conformar con mandar al chambelán para que realizara el intercambio.

Íbamos a sustituir a Sam por uno de los mejores sirvientes de sangre de la reina.

De ese modo, los duques no se enfadarían por esa expropiación.

Como si la vida de una persona pudiera pertenecer a alguien...

Aquella noche, Aaron Brackstone saldría en dirección a Gardenia, así que nos reunimos en el patio de armas para despedirnos de él.

Además de los soldados, lo acompañaban dos sirvientes de sangre: el que aceptaría el destino de Sam y otro que había cedido la reina para que su chambelán se alimentase durante el viaje.

—Gracias por ir a por mi amigo —fue todo lo que dije.

Mi actitud moderada no apaciguó a Aaron, sino que aún lo molestó más. Para él, era una joven insolente a la que le tocaba complacer.

—Puede que seas la hija de Lilith —me susurró al oído aprovechando que la reina estaba distraída—, pero para mí solo eres una parkisana más que ha atentado contra la Corona. Entenderás que no confíe en ti.

Esbocé una amplia sonrisa, intentando mostrarme segura.

—Entonces, ¿fue bien la declaración de amor?

La tarde en que mi antigua compañera de vida y yo nos infiltramos en su estancia personal, él había ido a declararse al parkisano del que llevaba décadas enamorado. Por lo que escuché, el acto de valentía no le brindó los frutos que él esperaba.

Mis palabras no lo amedrentaron, ni de lejos.

—¿Cómo te sientes al haberte enamorado de alguien que te quiere muerta?

Palidecí. Desde luego, me merecía esa respuesta.

—Oh, créeme. —Se alejó de mí victorioso al ver que no le iba a responder—. Quizá otros tengan más miramientos contigo por ser quien eres, pero yo no pienso ceder. Si me das una estocada, me encargaré de devolverte trece. ¿De acuerdo?

Asentí. No lo admití ese día, pero me caía bien. A pesar de ser la heredera al trono, no me trataba con la misma cortesía que los demás. Me seguía viendo como a Savannah, y eso me gustaba.

Aaron por fin se marchó en un carruaje, y Lilith y yo nos quedamos solas mientras veíamos cómo se alejaba.

—Por supuesto, ni se te ocurra decirle quién eres a tu amigo —me advirtió de pronto—. No vaya a ser que muera por la sorpresa.

Levanté la cabeza y desvié la mirada del horizonte para observarla. La diferencia de altura entre ambas no era mucha, pero era un poco más baja que ella.

—¿Es una amenaza?

—¿De qué otra manera puedo mantenerte callada? —En ningún momento posó sus ojos en los míos.

—Lo digo porque estaría tan afligida que yo sufriría una huida súbita del castillo. Y, créeme, no conseguirías encontrarme.

Tampoco era que tuviera muchas opciones de escapar, pero debía intentar que ella se sintiera tan amenazada por perderme como yo por perder a Sam.

—Ah, por cierto, ahí no acaban mis peticiones. —La miré, desafiante—. También quiero una daga para defenderme si es necesario.

Al día siguiente, volví a mi iniciación como sacerdotisa. Continuaba algo aturdida por los estragos que el veneno había causado en mí, pero volver con la Suma Sacerdotisa y sus aspirantes me ayudaría a olvidar la traición que sentía hasta en las entrañas.

Habíamos sustituido el lago por una piscina en el sótano, llena de agua muy fría. Si no me habían dejado salir del castillo para recoger a Sam, tampoco lo iban a hacer para que mi alma escapara del Vacío en el que se encontraba.

—Bienvenida, Savannah —celebró la Suma Sacerdotisa en cuanto me vio.

Como mi relación con William era casi nula, me saludó con un leve movimiento de cabeza.

La que me abrazó con fuerza fue Giselle.

Para ella, era su única amiga en el castillo, y se la veía visiblemente afectada.

Además, por el brillo en sus ojos, parecía que mi ausencia no había disipado su deseo hacia mí, al contrario.

—Me alegra saber que estás bien...

Me extrañaba esa reacción tan efusiva. Nunca había tenido facilidad para hacer amigos. De hecho, mis días en Lokkat transcurrían con padre y madre. Mi primera amiga fue Morgana a los doce años y, mi segundo amigo, Sam a los veintidós.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.

—Eh..., bien, bien. Solo un poco cansada.

Gracias a las antorchas, atisbé que el brillo de su mirada era aún más fuerte, tanto que hasta la Suma Sacerdotisa debió de intuir algo.

Ese día dedicó la ceremonia de la mañana a recordarnos que las sacerdotisas que se entregaban a la vida religiosa debían hacer un sacrificio: olvidarse del amor romántico.

Incluso leyó un pasaje del Elanon sobre el asunto.

—«La primera sacerdotisa, Ronia, habló con Namiria después de que esta se le apareciera en sueños —recitó en voz alta—.

La diosa del amor fue clara con sus deseos: “Aquel que se entrega a mí no puede amar a otros, pues soy una diosa celosa a la que no le gusta compartir a sus fieles con los demás. Los humanos tenéis un corazón con un espacio limitado, no todos pueden entrar en él. Si lo hacéis, vuestra mente se dispersará y olvidaréis vuestro propósito: cultivar mi palabra y la de mis hermanas en el corazón de los demás”».

Como podéis ver, una vez que forméis parte del cuerpo religioso de Parkisan oficialmente, tendréis que renunciar a ese amor del que tanto hablan en los libros de ficción.

Observé de reojo a Giselle, que no se dio por aludida ante la lectura de pasaje, sino que le dedicó una mirada confusa a la Suma Sacerdotisa.

Después de todo, ella solo se había encaprichado de mí, pero, para la máxima autoridad religiosa, todo entraba dentro del mismo saco.

Solté una gran bocanada de aire, un tanto indignada.

—Creo que, cuanto más feliz sea una persona —dije cruzándome de brazos—, más feliz hará a las cuatro diosas.

Me molestaba que un pasaje de hacía casi mil años que ni siquiera había escrito la primera sacerdotisa tuviera la autoridad necesaria para sentenciar moralmente a Giselle.

—¿No crees que el amor nos atonta y nos aleja de nuestra misión? —La Suma Sacerdotisa arqueó una ceja—. El primer día leíste un pasaje que narraba lo que ocurre cuando el alma se intoxica por enamoramiento.

—Creo que hay asuntos que nos alejan más: las desigualdades entre estamentos, los vampiros, los vicios...

—¿Qué problema tienes con los vampiros? —me interrumpió William—. No somos los villanos de esta historia solo por estar enfermos.

Me sentí mal por su reacción. Durante esos días, él había sido testigo de que Giselle y yo estrechábamos los vínculos entre nosotras, y cada vez se quedaba más apartado. Lo peor era que ni siquiera recordé que estaba allí con nosotras. De lo contrario, me habría callado.

—Te recomiendo que visites mi aldea. Entonces entenderás de qué vampiros hablo.

William no volvió a hablar, pero torció el gesto, dolido. Lorelai resopló por la nariz; era la primera vez que perdía la paciencia.

—Si uno de vosotros no está de acuerdo con alguna de las enseñanzas del Elanon —regresó al tema para acallar nuestro desencuentro—, es libre de abandonar la iniciación.

—A veces no es tan sencillo irse de aquí —protestó Giselle.

—Que yo sepa, nadie te retiene con cadenas.

La respuesta de la Suma Sacerdotisa fue tan contundente que mi compañera se mantuvo en silencio.

Después de todo, era cierto: podía abandonar cuando quisiera.

El problema era que no tendría un hogar al que regresar.

Su familia le había dejado muy claro que alguien que seguía soltera a su edad debía dedicarse a la vida religiosa.

Una vez que nos quedamos los tres solos para adecentar el templo, me acerqué a William.

—Oye, siento lo de antes —me disculpé—. No me refería a ti ni a los vampiros de tu estamento. Crecí con criaturas que mataban a gente de mi aldea cada semana. Entiende que no las vea con buenos ojos.

—Si tanto odias a los vampiros, ¿por qué te presentaste al Sacrificio de la Corona?

Sin conocerle (y aunque lo hubiera hecho), no iba a contarle mi historia de venganza para honrar la muerte de mi padre, ni tampoco que bajo mi piel cada vez menos bronceada corría sangre real.

—Poder, supongo —musité.

—A mí me habría encantado participar, pero ya me ves, soy un vampiro. No podía ser entregado a la reina como sacrificio. Que te aproveche el poder mientras nos odias.

El vampisano no se quedó con nosotras para ayudarnos a terminar las tareas. En cuanto arregló su parte, se marchó a su habitación a descansar. Nos lo merecíamos por haber sido malas compañeras.

—Estaba tan preocupada por ti... —comentó Giselle cuando nos quedamos solas—. ¡Gracias a la diosa Talamia que protegió tu salud!

«Más bien gracias a la persona que me dio el antídoto a tiempo».

—Por fortuna, estoy bien —fue todo lo que contesté.

Me volví para mirar a mis escoltas, que no me habían abandonado en el interior del templo debido al peligro en el que me encontraba. Se habían puesto en un rincón, ocultos entre las sombras. Estaban tan quietos que por un momento olvidé que no estábamos solas.

—¿Qué mosca le ha picado a la Suma Sacerdotisa con todo el tema del amor romántico? —rio Giselle por lo bajo—. Ya sabemos que la vida religiosa no es compatible con el enamoramiento, no sé por qué nos lo tiene que recordar.

«Es que te estaba regañando», pensé. Giselle parecía demasiado ingenua, la hija menor a la que se educaba con tal delicadeza que no estaba preparada para la aspereza de la vida real. Así que, en lugar de desvelar que era muy obvio que yo le gustaba, me culpé.

—Hoy me ha visto llorar porque echaba de menos a una persona que hace poco me rompió el corazón —mentí—.

Aunque mi preparación como sacerdotisa sea temporal, quiere que me lo tome tan en serio como todos.

Aun así, no me ha gustado la actitud de la Suma Sacerdotisa ni que base sus creencias en un texto milenario...

Si nuestra forma de vivir ha cambiado tanto en los últimos veinte años, ¿cuánto cambiará en mil?

Cuando Namiria se apareció a la primera sacerdotisa, todavía quedaba mucho para que Parkisan fuera un imperio.

Ni siquiera se había planteado conquistar Lemanat.

No dudaba de que, en su momento, el Elanon fuera un texto que se adaptara a las costumbres de un pueblo que intentaba encontrar su identidad como país. Sin embargo, Parkisan había evolucionado, y lo mismo debía hacer su religión.

Giselle torció el gesto en cuanto pronuncié la primera frase, porque le había dado a entender que su sentimiento no era correspondido. Así le dejaba claro que no estaba preparada, y mucho menos con ella. Aun así, eso la hizo armarse de valor.

—Lo cierto es que... —intentó encontrar las palabras adecuadas—, no sé si te has dado cuenta, pero me gustas. Sé que no puedo aspirar a un amor romántico por mi vida religiosa, pero es lo que siento.

Abrí la boca, sin saber qué contestarle para no herir sus sentimientos. No obstante, ni siquiera me dejó responder.

—No, no es necesario que digas nada, imagino lo que me dirás. Pero quería que lo supieras por si..., por si acaso.

No volvimos a hablar de su declaración en lo que tardamos en adecentar el resto del templo. Continuamos en silencio, con varias miradas tristes por su parte. Cuando por fin terminamos, se fue a su habitación.