Capítulo 10 #2
—Clement no ha tenido nada que ver con el ataque. Os lo juro por las cuatro diosas —se besó los nudillos—, y no me gusta blasfemar. En nuestro último encuentro, no me reveló nada al respecto.
—Me alegra oír que no niegas tu participación en su Alianza. Pero no me satisface. Fuiste tú el que le contó a mi hermano quién era Savannah, ¿verdad?
La mirada horrorizada del emisario se cruzó con la mía.
—¿Qué? ¿Ella...?
Me sorprendió su reacción. Él no sabía que yo era la hija de sangre de la Reina Colmillos. El anuncio lo había dejado sin aliento.
—¡Yo no sabía qué ponía en la carta que me entregó Morgana! —se excusó cuando encontró las palabras para defenderse—. ¡Nunca abro la correspondencia que va destinada a Clement, solo soy un emisario!
—Creo que dice la verdad —opiné.
—Crees mal —me respondió Lilith, cortante.
Después, se dirigió al parkisano—: Jude, nos conocemos desde niños, y no creo que estés honrando la memoria de tus difuntos padres.
Ellos te lo dieron todo, y tú se lo pagas de este modo.
Pero podría reconsiderar tu destino si...
me cuentas dónde están los demás emisarios que hay en el castillo.
—¡No hay ninguno más, solo yo! —bramó—. ¡La mayoría se marcharon con Morgana! ¡A los demás ya los habéis capturado! ¡Os lo prometo!
Sin embargo, la reina no parecía conforme con su respuesta.
Una incipiente compasión por él empezó a tomar forma en mi interior, una emoción que ahogué en cuanto recordé que, por su culpa, madre había muerto desolada en Lokkat. Y, por su culpa, yo también había estado a punto de perder la vida.
Ojalá sufriera hasta el último segundo.
—Locke, mátalo —ordenó la reina—. Aunque no es tu amigo, no debe de ser sencillo acabar con la vida de alguien que ha crecido contigo. Tómalo como tu castigo por haber ayudado a tu compañera antes que proteger a Savannah.
Mi antiguo escolta, el que me dejó escapar por un descuido durante el ataque en Dhoul, emergió de entre el grupo de soldados que nos acompañaban.
—Sí, mi reina.
Era cruel e injusto, pero en su mirada no se atisbaba ningún matiz de dolor. Al contrario, parecía orgulloso de tener la posibilidad de demostrar a su monarca que merecía ganarse su perdón. Con la llave, abrió la celda y entró.
—De acuerdo, moriré —dijo Jude aceptando su destino—, pero hoy habréis matado a un hombre inocente, Su Majestad. Mi muerte os pesará durante el resto de vuestro reinado de terror.
Acto seguido, Locke le hundió los colmillos en la yugular y Jude se dejó asesinar, tranquilo, con una supuesta conciencia limpia.
Eso fue lo que más me molestó, que no sufriera en sus últimos segundos.
Era un hombre que estaba dispuesto a morir por un bando en el que él creía.
Y, por un instante, envidié eso: pertenecer a una causa por la que valiera la pena perder la vida.
Porque en ese momento no apoyaba a Lilith ni tampoco a Clement.
Ya no sabía dónde se posicionaba mi lealtad. Quizá solo en mí misma.
Mientras el emisario de Clement estaba cada vez más cerca de soltar su último suspiro, la reina se acercó a mí para conversar, como si el espectáculo macabro que teníamos delante la aburriera.
—¿Qué es lo que deseas, Savannah? —Abrí la boca enseguida, confusa ante su pregunta fuera de contexto, pero ella colocó un dedo en mis labios para explicarse mejor—.
Si no puedo convencerte de que aceptes tu papel como princesa y te comportes como tal, puedo comprar tu resignación.
En mi voluntad está la capacidad de conceder casi cualquier cosa, excepto que renuncies a ser princesa.
Escuché sus palabras mucho más serena de lo que esperaba de mí. Al fin y al cabo, me estaba sobornando para que siguiera siendo su heredera. Lilith no sabía que me había rendido a mi destino mientras siguiera corriendo peligro. Así que tenía la posibilidad de aprovecharme de ella.
—¿A qué te refieres?
—Cuando los herederos son proclamados príncipes o princesas, se les ofrece la Elección de Gracia.
Todo aquello que deseen les es concedido.
Normalmente se hace después del Rito de las Doce Espinas, pero, teniendo en cuenta la situación, podemos...
adelantarla. Puedes prohibir que la gente vista con un color determinado, pedir que se organicen festejos en tu honor, expropiar una aldea entera para que sea solo tuya...
Me quedé sin palabras al oír sus sugerencias. Más que deseos de una futura soberana, era un abuso de poder, una demostración de que la Corona siempre estaría por encima del pueblo.
—¿Cuál fue tu petición? —pregunté, jocosa.
—Que prohibieran que los plebeyos recitaran una oración concreta. La Santa Sangrienta no la escribió para cualquiera, solo para la futura realeza parkisana. Como ves, el límite es tu imaginación.
Supuse que aquello debió de causar mucho revuelo entre los ciudadanos. Sin embargo, era la primera vez que oía hablar de ello, pues en Lokkat no había templo.
Sin querer hacer contacto con los ojos del emisario en sus últimos momentos, desvié la mirada mientras meditaba cuál era mi deseo. Al instante, esbocé una sonrisilla. No debería haber dudado, esa era mi elección.
—Entonces —levanté la cabeza—, ¿puedo pedir casi cualquier cosa?
—Exacto.
—Quiero que Sam Blisland se convierta en mi escolta. Fue mi amigo durante el Sacrificio de la Corona. Sé que ahora es sirviente de sangre.
Pensaba que reencontrarme con Sam era imposible, algo propio de otra vida. No obstante, si tan poderosa podía ser mi Elección de Gracia, que al menos fuera para ayudar a uno de los pocos amigos que de verdad había tenido.
La reina estudió mis palabras; la habían pillado por sorpresa.
—Te he dicho que puedes pedir casi cualquier cosa ¿y prefieres sacar a un amigo tuyo de la servidumbre?
—¿No te gusta mi elección? —inquirí, sarcástica. Antes de revelársela, ya imaginaba que no le iba a agradar.
—Creo que Darius, las diosas lo tengan en su gloria, lo convirtió en sirviente de sangre de los duques de Gardenia.
—El bufón de la corte no mintió: Sam había sido enviado a un buen hogar por su compañerismo durante la competición—.
No sería apropiado hacer enfadar a nuestros aliados.
Además, deja que dude de que tu amigo, que nunca ha formado parte de la Orden de las Espinas, sea un buen escolta.
No le faltaba razón, pero debía intentar que cumpliera su sueño de ser soldado real. Sin embargo, comprendía que eso sería mucho más complicado, dado que yo era la futura princesa de Parkisan.
Oí un chirrido a unos metros de mí. Locke estaba cerrando la puerta de la celda, sin llave. El emisario de Clement había muerto. Después, se retiró los restos de sangre de la boca con una tranquilidad que me asqueó. Me costaba hacerme a la idea de que algún día me acostumbraría a ellos.
—Quiero que tus soldados claven la cabeza de Jude en una estaca y la exhiban en Dhoul —ordenó la reina. A pesar de todo, Locke seguía siendo el capitán de la Orden de las Espinas—. Que mi hermano se entere de que no pienso tolerar más ataques por su parte.
Acto seguido, volvió a mirarme, con la esperanza de que mi deseo fuera otro.
—¿Has cambiado de decisión o sigues pensando en sacar a tu amigo de Gardenia?
—¿Quieres que me quede quietecita y sea tu heredera? Entonces esa es mi Elección de Gracia. Quiero a Sam de vuelta conmigo.
Tal vez más tarde vería ese acuerdo como el peor posible. Sin embargo, en ese momento me parecía justo, incluso un alivio dentro de esa cárcel de oro. Tendría un amigo junto a mí.