Capítulo 10
A la mañana siguiente, la reina me convocó de nuevo, seguramente para volver a regañarme por escuchar a escondidas.
Cuando llegué al torreón acompañada por mis escoltas, vi que en la estancia ya estaban allí la reina, Omelia y Aaron Brackstone.
Este me miraba con una expresión de desaprobación en el rostro.
Por lo que parecía, su comportamiento hacia mí seguía siendo igual de hostil que una semana atrás.
Me senté junto a una mesita en la que habían colocado una bandeja con dos manzanas y un vaso de leche para que desayunara. Mis nuevos escoltas dejaron la puerta entreabierta para que hubiera un poco de corriente entre la ventana y la salida, ya que el calor comenzaba a atizar con fuerza.
—Savannah —comenzó la monarca—, tus escoltas me han informado de que ayer recordaste algo más sobre el ataque. Adelante.
Palidecí, había olvidado que esa había sido la excusa para salir de mi dormitorio.
—Eh...
—No hace falta que sigas luchando por inventarte un pretexto, ya imaginé que era mentira.
—La reina levantó la mano para hacerme callar—.
Savannah, lo que hiciste ayer fue alta traición a la Corona, tanto solicitar una audiencia urgente falsa como escuchar a hurtadillas.
Cualquier otro parkisano, incluso un duque allegado, sería ajusticiado por ello.
Mientras hablaba, desvié la mirada para sentir menos el peso de su reprimenda. No me hablaba como una reina, sino como una madre regañando a su hija. Sin embargo, no fue más agradable encontrarme con las miradas hostigadoras de Omelia y Aaron.
—Dime por qué no debería condenarte a muerte —me pidió, y entonces la miré de nuevo.
—Porque soy sangre de tu sangre. —Me encogí de hombros—. Además, tampoco fue para tanto mi supuesta traición. Solo quería saber cómo iban los avances de la investigación, y cumplí mi propósito.
Pero ¿a qué precio?
—Bien, conseguiste tu objetivo. ¿Y ahora qué se te pasa por la cabeza después de haber cometido alta traición para lograrlo? —me preguntó Lilith.
Que solo me habían atacado a mí. Que iban a por mí y que volverían solo a por mí.
—No quiero que me maten sin tener la posibilidad de hacer algo para evitarlo.
La reina parpadeó un par de veces antes de contestar:
—Déjame que lo entienda... Has sobrevivido a una competición mortal con una templanza envidiable. Incluso has conspirado en mi contra sin importarte si te condenaba a muerte. ¿Por qué esto es diferente?
Un escalofrío me recorrió la nuca ante la tranquilidad con la que hablaba de mi alianza con Morgana. Entonces me temblaron los puños, sentí que perdía el control y las palabras salieron a borbotones por mi boca:
—Que pudiera morir en esa competición no era personal ni tampoco lo que tú pudieras haberme hecho.
¡No habríais querido acabar conmigo por el mero hecho de existir!
¡Ahora sí! ¡Cada segundo que pasa estoy más cerca de que me maten!
¡Tú lo dijiste ayer! ¡Y estoy encerrada en este castillo sin poder hacer nada!
La reina resopló con fuerza por la nariz, exasperada.
—¿Y qué propones, marcharte del castillo? ¿Ponerle tu vida en bandeja a mi hermano?
Necesitaba controlarme, no podía dejarme llevar por mis emociones de nuevo. Pero, por el modo en que temblaba mi mano, iba a ser complicado.
—No. Solo quiero... ser libre, elegir mi propio destino —musité con un hilo de voz—. Salvarme.
Tomé una manzana y le di un bocado, intentando tranquilizarme.
—Muy romántico, querida. Pero créeme, con el peligro que corres, no sobrevivirías ni un día entero por ti sola.
Abrí la boca para replicar, pero sabía que tenía razón; ya me había quedado claro el día anterior. No podía escapar de mi destino, ni siquiera fuera del castillo, porque para ello tendría que huir de mí misma.
—Este es el día a día de alguien de la realeza en Parkisan, Savannah —me recordó—: aliados que te adulan y adversarios que te quieren muerta. Por eso tenemos una orden de soldados reales, para que nos protejan. Es el futuro al que te enfrentas por heredar Park...
No la dejé terminar, me levanté dando un respingo.
En ese momento, Aaron alzó la mano antes de que yo pudiera decir nada más.
—Su Majestad, en dos semanas ha habido dos ataques...
No podemos perder el tiempo con una heredera que claramente no está a la altura, al menos por el momento.
Debemos capturar a los infiltrados que quedan en el castillo.
Desde la partida de Morgana, solo hemos podido localizar a un par.
No podemos dejar que el peligro campe a sus anchas por estos pasillos.
Entonces no me equivocaba con lo que me confesó Morgana en su momento.
Había más infiltrados, y la reina estaba al tanto.
Con la respiración agitada por la inquietud, tomé el vaso de leche que habían dejado en la bandeja y bebí de él poco a poco.
La habían infusionado con algún tipo de hierba y sabía bastante bien.
—¿Y qué propones, Aaron, matar a todos los parkisanos que me rodean y empezar de cero?
—No, pero deberíamos interrogarlos. Se acabó el seguir jugando a tenerlos entre nosotros haciéndoles creer que nos sacan ventaja. Eso nos ha costado que Clement sepa quién es Savannah.
Me sorprendió la relación tan estrecha que ambos mantenían. Sabía que el chambelán era el consejero más cercano de la reina, pero no imaginaba que lo fuera hasta el punto de reprenderla por tomar malas decisiones.
—Me gustaría ser como mi madre, Aaron —se sinceró con un lamento, como si Omelia y yo no estuviéramos en ese despacho—. Ella siempre tuvo buen ojo para encontrar a aquellos que no deseaban el bien de la Corona y se entretenía con ellos como le venía en gana.
—Pero ni eso la salvó de morir en el Amanecer de la Sangre Negra.
—No, desde luego que no. —Lilith suspiró, resignada—. Creía que iba por delante de Morgana y sus demás emisarios, pero no ha sido así. No soy tan buena reina como mi madre, no puedo tener a los traidores de mi lado.
—Tenéis que dejar de lamentaros y encontrar a nuestro malhechor.
—Mi hermano.
Aaron exhaló una gran bocanada de aire y se acarició el bigote.
—Si lo sabéis, no entiendo por qué no le declaráis la guerra. Ha atentado contra vuestra vida en varias ocasiones. ¡Anteayer casi acabó con la de Savannah! ¡No puede actuar como le plazca sin que haya consecuencias!
La reina sopesó sus palabras y, por un momento, me pareció que veía oportuno un conflicto bélico. Desde mi punto de vista, era el peor de los escenarios. Nos sumiríamos en un baño de sangre en el que el pueblo llano sería, una vez más, el más perjudicado.
—Tía, una guerra hoy no es buena idea —le recordó Omelia—. Zinnia es uno de los ducados más fuertes del reino y está del lado de Clement. Tú misma lo has dicho muchas veces: no podemos declararle la guerra a tu hermano mientras Zinnia esté de su parte.
—Además, el grueso de la población, el pueblo llano, lo apoya —añadí, algo más tranquila.
Todos comenzaron a reírse, y yo arqueé una ceja, estupefacta, hasta que recordé que a ellos solo les preocupaban los que se encargaban de la política, la alta nobleza.
—El pueblo llano no me importa —respondió Lilith—. No son los que hacen la guerra.
—Esas palabras no se corresponden a la definición de buena reina que hiciste el otro día...
—He de enseñarte a ser una correcta heredera, pero eso no quiere decir que tenga en alta estima a los pobres.
Se me revolvió el estómago ante la crudeza de sus palabras. Aun así, no me sorprendieron.
—Tía, sabes que yo puedo...
—Ya hemos hablado de eso, Omelia, y la respuesta sigue siendo no —la interrumpió Lilith, como si supiera de qué estaba hablando.
—Pero puede funcionar —replicó Omelia decidida—. Sé que Brandon Wintersmouth sigue suspirando por mí. Aunque él ya no vaya a heredar el ducado, con el tiempo necesario puedo llegar hasta la duquesa de Zinnia y hablar con ella.
Me quedé de piedra. Omelia... ¿quería cortejar a Brandon por política? Me pregunté hasta qué punto eso servía también a sus propios intereses, no solo a los de la Corona.
—Omelia, tal vez ni siquiera dispongamos de ese tiempo —intervino Aaron, pero se mostraba pensativo. Estaba claro que le parecía una buena solución, aunque fuera a largo plazo.
—Ahora mismo no tenemos nada más. Debemos intentarlo.
La reina suspiró y meditó la propuesta de Omelia, que sonrió, triunfante. Sabía que la había convencido.
—De acuerdo, pero todos tus movimientos serán vigilados. No harás nada que yo no apruebe antes. Si en dos meses no consigues un avance real, le declararé la guerra a Clement. Con todas sus consecuencias.
Mi prima ensanchó su sonrisa, tenía claro que iba a lograr su objetivo. Sin embargo, la reina se puso en pie y se encaminó a la salida.
—Pero que acepte tu propuesta no significa que no decida tomarme la justicia por mi mano.
El modo de contraatacar fue ajusticiando al emisario de las cocinas, el que había conocido a través de Morgana. Por lo que había visto y oído, era muy probable que fuera el más cercano a Clement.
Tras nuestra conversación, Omelia se fue a sus aposentos para poner en marcha su plan, y Lilith, Locke y yo bajamos a las mazmorras con algunos soldados. En uno de los calabozos se encontraba el parkisano con el que había trabajado Clement durante años.
El ambiente era gélido, nada comparado al calor que comenzaba a irrumpir en muchas de las estancias del castillo de Branamor. Bajar a ese lugar me recordaba al desafío de elegir al enemigo infiltrado en el Sacrificio de la Corona.
Sin embargo, en ese momento no era yo la que estaba encarcelada.
—Hola, Jude —lo saludó la reina a través de los barrotes de la celda.
No sabía que ese era su nombre, puesto que él no se había dignado a presentarse en nuestros encuentros con Morgana.
El parkisano se levantó nada más vernos y suplicó clemencia a la que no consideraba su reina.
Gracias a las antorchas, vi que su rostro estaba muy magullado; lo habían torturado. Algo se me encogió en el pecho.