Capítulo 9 #2
Cuando estar mirando el techo sin nada que hacer se volvió demasiado tedioso, decidí salir a dar una vuelta por el castillo.
Necesitaba que Locke me informara de los avances sobre la implicación de Clement; sin embargo, cuando abrí la puerta, me sorprendí al darme cuenta de que tenía nuevos escoltas.
Intuía que la vampisana no había sobrevivido, pero pensaba que él seguiría cuidándome.
¿Lo habían relegado de sus posiciones por mi huida o le había sucedido algo grave?
—No podéis abandonar el dormitorio —me advirtió mi nuevo escolta. Me di cuenta de que eran humanos—. Debéis recuperaros.
Dudaba de que él pudiera resolver mis dudas, así que eché el pecho hacia delante para que pareciera que había recuperado las fuerzas.
—Quiero hablar con Su Majestad. —Ella era la única que podía informarme.
—Ahora está ocupada en su despacho, pero luego vendrá a veros. No hace falta que os agotéis innecesariamente.
Era cierto, estaba cansada, pero su orden fue el aliento que necesitaba para rebelarme. No pensaba sentirme más atrapada de lo que ya lo estaba en ese castillo. Tomaría mis propias decisiones.
—Que yo sepa, no soy una prisionera. Soy la futura heredera de este reino, y exijo hablar ahora mismo con la reina —dije con autoridad, como si no tuvieran derecho a cuestionar mis palabras—.
He recordado algo sobre el ataque y debe ser avisada con la máxima urgencia.
¿Qué creéis que diría si descubre que me habéis impedido informarla sobre un asunto tan grave?
Mis nuevos escoltas se miraron. Sospechaban que mentía, pero no querían arriesgarse; les daban miedo las consecuencias que podrían sufrir si no me llevaban con ella.
—De acuerdo, os acompañaremos —cedieron.
Sabía que no iba a conseguir nada mejor, así que asentí y, tras volver dentro para ponerme una bata de satén sobre el camisón que llevaba, nos pusimos en camino hacia el torreón.
Aunque el cansancio que sentía me tentaba a arrastrar los pies, me mantuve firme hasta que alcanzamos el inicio de las escaleras en espiral que me llevarían hasta la monarca de Parkisan.
Estaban custodiadas por dos soldados para que nadie pudiera entrar sin permiso, pero no pensaba rendirme.
Sin embargo, fue mi nuevo escolta el que habló por mí.
—Savannah Delagarde solicita una audiencia urgente con Su Majestad.
—La reina está reunida y no debe ser molestada —nos informó la soldado que estaba a nuestra izquierda.
—No os preocupéis, esperaré arriba. Quedaos aquí —les dije a mis escoltas con tono altanero, y, sin darles tiempo a reaccionar, pasé por su lado y empecé a subir las escaleras.
Oí que discutían en voz baja, pero no podían retenerme por la fuerza, y les había dado la orden de que no me siguieran.
Podría acostumbrarme a ese poder.
Me sujeté a la pared con disimulo para tener algo de apoyo mientras subía.
Cuando llegué al descansillo, me vi obligada a sentarme en el último escalón para recobrar el aliento.
Intenté acompasar la respiración para que los escoltas que vigilaban el despacho de Lilith no repararan en mi presencia antes de hora.
Dudaba de que ellos fueran tan complacientes como los anteriores.
—Fuiste entrenado para proteger a tu Corona antes que a tus amigos.
Era la voz de la reina. Debía de haber dejado la puerta de la estancia abierta.
—Lo sé, Su Majestad —respondió Locke. Suspiré aliviada. No le había pasado nada malo—. Fue un momento de sorpresa ante el que no supe cómo reaccionar. Tan solo me distraje un instante, un suspiro, y Savannah ya se había marchado.
—Ese suspiro podría habernos costado la vida de la heredera. Sé que Savannah es un caso... complicado. Aun así, debería condenarte a muerte por ello.
El vampisano ahogó un grito al mismo tiempo que yo, y soltó una serie de balbuceos que interpreté como súplicas para que le perdonara la vida.
Acto seguido, guardó silencio. Podía imaginarme a la reina alzando la mano y moviéndola en el aire para que se callara.
Sentí pena por él. Estaba allí por mi culpa.
—Pero... —continuó la reina— no tengo fuerzas de matar a nadie más, Locke, y menos a alguien que sé que no es un traidor. Así que quiero que abandones el castillo hoy, y espero no volver a verte nunca más.
—¡Su Majestad, he cometido un error imperdonable! ¡Mandadme a trabajar en las mazmorras del castillo, cortadme un brazo si es necesario, pero no pienso marcharme de aquí! ¡Si empezáis a apartar a vuestra gente de confianza, la Corona caerá más pronto que tarde! ¡No pienso permitirlo!
Me sorprendió el modo en que le hablaba. No le importaba sufrir el peor de los castigos mientras se mantuviera al lado de la que era su reina.
Entonces Lilith volvió a hablar:
—¿Sabes que no se ha lamentado ninguna muerte, aparte de la de tu compañera? Tampoco ha habido más heridos, solo Savannah.
—Eso son buenas nuevas, Su Majestad.
La respuesta de mi madre de sangre me arrebató el poco aliento que me quedaba.
—No, Locke. Eso significa que Clement solo quería matarla a ella.
Ya no pretende atacar a nuestro bando, ahora es más preciso: intenta acabar con la heredera.
Mis sospechas sobre el Amanecer de la Sangre Negra siempre fueron acertadas —continuó—.
Ella fue el objetivo del ataque, y lo seguirá siendo...
—Hasta que se proclame princesa.
—O hasta que la maten, que es el escenario más probable como las cuatro diosas no nos guíen en este asunto. Lo he intentado, Locke, he intentado protegerla con una vida en el pueblo llano... He fracasado como reina protegiendo a mi pueblo y como madre protegiendo a mi hija.
Algo se rompió dentro de mí al escucharla.
Comencé a agobiarme. No solo estaba en una prisión de oro, sino que mi vida corría peligro.
El objetivo siempre había sido yo, desde mi nacimiento, cuando los vampiros atacaron el castillo en lo que se conoce como el Amanecer de la Sangre Negra.
Aunque era algo que no me pillaba del todo por sorpresa, ser consciente de la verdad hizo que volviera a marearme.
—No lloréis, mi reina —continuó el capitán de la Orden de las Espinas—. Estoy convencido de que las cuatro diosas no nos han abandonado. Nos ayudarán.
Me puse en pie, dispuesta a marcharme de esa condena a muerte. Sin embargo, en ese momento irrumpieron mis nuevos escoltas.
—¡Savannah! —gritó uno de ellos, preocupado al verme tirada de cualquier manera en la escalera.
Su voz alertó a los soldados de la puerta, que acudieron corriendo. Detrás de ellos aparecieron Locke y la reina.
—Savannah —preguntó Lilith—, ¿qué haces aquí?
La reina me acompañó personalmente a mi dormitorio.
—Una reina de verdad nunca escucha a hurtadillas, sino que se enfrenta a sus adversarios de cara —fue lo primero que me dijo después de unos minutos en silencio.
Chasqué la lengua, sin dar crédito a lo que estaba oyendo. En lugar de intentar calmar mi preocupación por lo que acababa de oír, había preferido culparme por haberlo hecho.
—¿Es eso lo que me vas a responder después de todo lo que has dicho sobre mí? ¿O sobre mi futura e inevitable muerte?
Intenté sonar lo más calmada posible, pero la realidad era que mi corazón martilleaba con fuerza, lo que provocaba que mi voz temblara sin control.
Vi arrepentimiento en su mirada. No obstante, enseguida volvió a convertirse en la reina fría y despiadada de siempre.
—No tendrías nada que reprocharme si no hubieras escuchado una conversación privada. —Esbozó una sonrisa tan amarga que sus colmillos quedaron expuestos.
—Quería saber si ha habido algún avance en la investigación sobre el ataque de Clement —le anuncié con un hilo de voz—. Pero creo que ya he escuchado suficiente.
Tras esas palabras, entré en mis aposentos, pero me arrepentí en el acto cuando oí que cerraban la puerta con llave. Estaba atrapada dentro de mi dormitorio.
El nudo que había sentido en el pecho volvió con más fuerza, y se intensificó cuando recordé que Morgana me dijo que, además del encargado de las cocinas, había más infiltrados de la Alianza en el castillo.
También me reveló que todas las estancias de la gente importante contaban con pasadizos para huir si la situación lo requería.
Yo era la hija de la reina, por lo que en mi dormitorio también debía de haber algún tipo de salida secreta.
Por desgracia, sabía que de momento estaba más segura en el castillo que fuera, ya que la reina estaría al tanto de que había más infiltrados.
Quizá por eso no me dejaba salir del dormitorio sin escolta.
Adiós a mi plan de ser libre, por ahora.
De todos modos, necesitaba tener la posibilidad de salir cuando me viniera en gana, contar con una vía de huida.
Con el corazón desbocado, me dediqué a pasar las manos por todos los cuadros y, después, por el mobiliario, pero no encontré nada que accionara un mecanismo secreto.
Me planteé mover los muebles para comprobar si el pasadizo estaba oculto detrás o debajo de alguno de ellos; no obstante, el ruido alertaría a los escoltas y mi reclusión se alargaría.
Cuando me rendí en mi búsqueda, me acosté para descansar.
Un sentimiento de impotencia me acompañó a lo largo del día.
No solo no me pertenecía mi destino, tampoco mi muerte.
No me importaba morir joven, no era una cuestión de miedo a lo desconocido.
Ya había arriesgado mi vida durante el Sacrificio de la Corona.
Mi temor era dejar pasar los días mientras el ocaso de mi derrota se cernía sobre mí por una causa que no había elegido.