Capítulo 9
Cuando regresé en mí, no estaba en las calles de Dhoul, sino en mi cama del castillo de Branamor. Tardé unos instantes en recordar qué había sucedido. Si no hubiera sido por el dolor de cabeza y las náuseas que me acompañaban, habría creído que el ataque había sido una pesadilla.
A los pies de mi cama se encontraban la reina y Omelia. En cuanto esta vio que despertaba, exclamó de alegría y me incorporó dándome un abrazo.
—¡Menos mal! ¡Bendita diosa Talamia!
—Omelia, déjala —la reprendió mi madre de sangre. Aunque sonaba tan autoritaria como siempre, podía detectar preocupación en sus palabras—. Debe de estar exhausta, después de todo lo que ha pasado.
Miré por la ventana de mi habitación y vi que ya era de noche. Cuando se produjo el ataque, hacía tan solo dos horas que había amanecido. Y en ese instante reinaba la oscuridad en Parkisan.
Entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación: una anciana curandera que estaba pendiente de que me recuperara de lo que fuera que me hubiera pasado.
Me obligó a beber agua y, acto seguido, comprobó que no tuviera fiebre.
Luego, abandonó el dormitorio para darnos algo de intimidad a la familia real y a mí.
—¿Q-qué ha sucedido? —pregunté—. ¿C-cómo he llegado hasta aquí?
—¿Se lo cuento yo, que soy más comedida? —pidió Omelia.
La reina asintió con la cabeza, aunque del modo en el que lo haría alguien que estuviera molesto con otra persona.
—A ver..., la flecha con la que te hirieron estaba envenenada —comenzó a decir muy despacio, para que asimilara lo que había sucedido. Una vez que terminó la frase, aguardó a que yo asintiera con la cabeza para proseguir—: Cuando saliste corriendo...
—Sobreviviste porque alguien ya te había suministrado el antídoto cuando te encontramos —me espetó Lilith—. De lo contrario, habrías muerto.
—¡Tía!
—Me exasperas, Omelia. Además, para contarle lo mismo que le he contado yo.
Fruncí el ceño. Estaba relatando lo sucedido de un modo tan abrupto que tuve que desviar la mirada unos segundos para comprenderlo. Había estado a punto de fallecer envenenada, por eso me encontraba tan mal. El atacante se había asegurado de que muriera de una manera u otra.
—Ha sido obra de Clement. —La reina se sujetó la cabeza con la mano—. Juro que no pararé hasta que lo ajusticie por todos sus crímenes.
Entonces lo recordé.
—Morgana estaba conmigo cuando me desmayé. De hecho, también me pareció ver a Clement.
A pesar de que la odiaba, una parte de mí quería creer que ella no había sido la causante del ataque.
Que me había protegido mientras me debatía entre la vida y la muerte, incluso si eso iba en contra de los deseos de Clement.
Aunque no recordaba la conversación, estaba segura de que se había quedado cuidándome.
El silencio reinó en el dormitorio, pero no era por sorpresa, sino por escepticismo ante mis palabras.
—Clement no fue avistado en ningún momento en Dhoul —me espetó Lilith tajante. A continuación, bebió de su copa de sangre.
—¿No me creéis? —pregunté.
—Savannah, claro que te creemos. Morgana estuvo allí —me comunicó Omelia—. Es solo que...
—Me habéis dicho que alguien me suministró el antídoto. Estoy convencida de que fue Morgana. Quiero creer que ella estuvo conmigo y que no me dejó morir.
—Pudo haber sido cualquiera —dijo la reina mientras se limpiaba la sangre de la boca con un pañuelo—. Cerca de donde te desmayaste estaba el puesto del boticario. Tu salvador destrozó la mesa hasta dar con la medicación, que encontramos a tu lado.
—Quizá lo buscaste tú misma cuando notaste los efectos del veneno, antes de desmayarte, mientras eras presa de las alucinaciones —opinó mi prima.
Negué con la cabeza, porque no era lo que recordaba.
Además, el lugar en el que me había desmayado estaba oculto a la mirada de cualquiera.
No tenía sentido que hubiese aparecido alguien como si de un milagro se tratara solo para darme el antídoto.
Estaba convencida de que continuaba en el mundo gracias a ella.
—No, ¡tiene que haber sido Morgana! Seguro que está arrepentida de todo lo que hizo y venía a pedirme perdón.
La reina se levantó de la cama, agotada por mi ingenuidad y se dirigió a la ventana para ver qué ocurría en el exterior.
Ella no lo entendía. Cuando todo se desmorona, es necesario encontrar la manera de mantener algunos cimientos en pie.
Sin embargo, no había llegado a ver a Morgana, solo una silueta a la que oía hablar mientras mi estado empeoraba.
En cuanto a Clement, había desaparecido de mi campo de visión en un parpadeo.
—Morgana estuvo en los festejos en tu honor —aclaró la monarca—, pero no de la manera que tú crees.
Se me resecó el paladar al escuchar esas palabras.
—¿De qué manera podría haber estado, si no? —Me tembló la voz mientras le hacía esa pregunta a Lilith. En lo más hondo de mí, sabía qué me iba a contestar.
—La arquera que intentó matarte y que luego ajusticiamos formaba parte de la guardia de Clement. Las flechas que lanzó tenían sus iniciales y, además, avistaron a Morgana con ella momentos antes del ataque.
Un rayo atravesó mi corazón.
—No... ¡Mientes!
—Sí, Savannah. Está claro que la Alianza de la Sangre Roja ha perpetrado este ataque contra ti, contra la Corona. Y Morgana estaba al tanto de lo sucedido.
—No. —Negué con la cabeza varias veces—. Ella no sabía nada, seguro que había venido a verme, la arquera la traicionó y...
Guardé silencio ante las miradas escépticas de mis acompañantes. Tampoco yo terminaba de creerme mi defensa de Morgana. Era incapaz de asumir que Clement hubiera planeado mi muerte con su beneplácito.
Pero, por desgracia, mi idea hacía aguas por todas partes. Sabía que la Alianza estaba en contra de que hubiera una heredera, quería destruirme. Solo me aferraba a esa posibilidad porque era la única forma en la que el poco amor que me quedaba por Morgana no me abandonase del todo.
—Escúchame, Savannah. —Lilith parecía haber perdido la paciencia—. Esto no es un cuento de hadas, el poder del amor no existe. Aquí solo hay causas políticas, y lo que representas va en contra de los ideales de Morgana.
—Ella nunca permitiría que me mataran...
—Te traicionó contándole a mi hermano quién eras. ¿De verdad crees que tendría piedad con tu vida?
—¡Pero ella me pidió perdón antes de marcharse del castillo! ¡Se disculpó por haberme traicionado!
Recordé sus palabras: «Siento haber tenido el juicio tan nublado estos días. Te quiero, Savannah. Recuérdalo pase lo que pase. Y espero que... me entiendas». Aunque esa disculpa no era suficiente para mitigar la herida que se extendía por mi corazón, no era lo mismo que buscar mi muerte.
No podía creer en un escenario en el que fuera capaz de conspirar contra mí de ese modo.
—¡Eso es lo que tú crees! —bramó, harta de mis justificaciones—. ¡Y mientras, ella está intentando matarte!
—¡No! —grité aún más fuerte. Sentí que las fuerzas me abandonaban y tuve que tumbarme de nuevo para mitigar el mareo.
—Tía, creo que no lo estás arreglando... Son muchas emociones intensas y la estás agobiando.
Las palabras de Omelia cortaron la tensión que cada vez crecía más entre la reina y yo. Lilith se volvió hacia ella, seguramente para reprocharle esa acusación. Sin embargo, en el último segundo se detuvo y exhaló con fuerza por la nariz.
—Por el bien de esta familia, me voy a retirar a descansar, que falta me hace después del día de hoy.
Se marchó sin tan siquiera despedirse de nosotras, y nos dejó a solas. Entonces, me di la vuelta hacia el lado sano y cerré los ojos. Tenía mucho sueño, pero alguien me impedía conciliarlo. Alguien que aparecía en mi cabeza cada vez que cerraba los ojos: Morgana.
—¿Crees que ha intentado matarme? —me vi preguntándole, buscando el consuelo de alguien que sabía que no iba a dármelo.
—Bueno, tal vez ella no sabía que la escolta de Clement iba a atacarte... —Abrí los ojos con incredulidad—. El problema es que no conocías a la Morgana de verdad, sino a la persona que te había hecho pensar que era.
—Créeme, la conocí durante muchos años.
—Ya, pero en sus visitas puntuales a tu aldea. Yo también puedo fingir una personalidad diferente con alguien a quien solo veo esporádicamente. Pienso que..., que te tenía engañada.
Sorbí por la nariz, rota del dolor. Miré mi brazo vendado, por el que el veneno había llegado a mi sangre.
Me entretuve con la ensoñación de que Morgana, devastada por los problemas que me había causado, había regresado a por mí.
Después, había rogado a las cuatro diosas que no me dejaran morir y había probado todo tipo de antídotos conmigo hasta dar con el indicado.
Pero, por desgracia, era solo eso, el delirio de una mente envenenada. Hasta el momento, los actos de Morgana me habían demostrado que era mi enemiga, a pesar de sus disculpas antes de partir de Branamor. De hecho, era probable que hubiera provocado desgracias que no alcanzaba a saber todavía.
«¿Y si madre murió por culpa de ella?», la idea me azotó, dado que ella falleció después de que Morgana conociera mi verdadera identidad.
Esta pregunta resonó en mi pecho con una fuerte punzada, y me trasladó de nuevo a esa ensoñación que no lograba recordar. Estaba convencida de que, en la alucinación, habíamos abordado este asunto, pero no recordaba qué me había dicho la Morgana imaginaria.
Le pedí a Omelia que me dejara sola cuando la tristeza se volvió insoportable.
Por la mañana comencé a encontrarme mejor. Durante la noche, la curandera se había encargado de prepararme una infusión medicinal para eliminar los restos de veneno que me quedaran en el cuerpo. También me trajo un muslo de pollo con puré de patatas, que devoré, hambrienta.
Me dejaron descansar hasta bien entrada la mañana, y me salté la preparación para el Rito de las Doce Espinas. Me indicaron que no regresaría hasta al cabo de unos días, para terminar de recuperarme.