Capítulo 8
Lo primero que pensé, sin haber asimilado aún lo que acababa de suceder, fue que la flecha no había dolido mientras desgarraba mi piel, así que tal vez esto solo se trataba de un sueño.
Nada que ver con las heridas que las alabardas de los soldados habían infligido en mí y que por fin habían cicatrizado.
No obstante, cuando el caballo huyó asustado y los ciudadanos que habían asistido a la justa comenzaron a gritar, comprendí que esto no era una alucinación. Habían intentado matarme.
Una segunda flecha intentó alcanzarme, pero la escolta que siempre me acompañaba se puso delante de mí antes de que sucumbiera a mi destino. Acto seguido, la mujer cayó al suelo tras recibir el impacto en la yugular. En un acto reflejo, Locke se agachó a auxiliarla.
Mi instinto me pedía salir de ahí cuanto antes, puesto que una tercera flecha podría herirme de muerte en cualquier momento. Cogí la que me había rozado el brazo como arma defensiva y comencé a correr. No pensaba quedarme a ver cómo acababan con mi vida.
—¡Savannah! —oí gritar a mi escolta. Ese pequeño despiste de tan solo un segundo le había costado mi huida.
Qué curioso, hacía unos días ansiaba la libertad por encima de cualquier cosa. Quizá ese ataque hacia la Corona era el modo de cumplir mi deseo: me marcharía donde no me encontraran y pudiera empezar de cero.
Una vez que salí del campo donde se había celebrado la justa, fue más fácil moverme.
Allí, unos pocos viandantes y comerciantes estaban ocupados con sus propios trueques, ajenos a lo que había pasado a unos metros de ellos.
La gran mayoría de los habitantes de Dhoul se habían reunido en el torneo para ver a la familia real.
Entonces, cuando volví el cuello, vi una cabeza rubia que se movía en un callejón.
Fue un instante que se hubiera podido perder en la eternidad de mi memoria, pero lo reconocí.
Llevaba la casaca y el jubón morados que siempre vestía durante las asambleas en Lokkat. El corazón empezó a latirme con fuerza.
Había venido a por mí.
—Clement —exhalé.
Cuando sacudí la cabeza, había desaparecido. Pero no me lo había imaginado, llegué a verle. Estaba allí, y seguro que era él el que había provocado mi intento de asesinato.
Me abrí paso por el laberinto de puestos, sin saber cuál era la dirección correcta para salir de Dhoul.
Cuando pasé por una zona desprovista de gente, miré atrás y reparé en que había conseguido perder a mi escolta.
Me detuve unos instantes y me llevé la mano libre al pecho.
Comenzaba a sentirme algo mareada, quizá porque no había desayunado.
En ese instante, las náuseas irrumpieron con fuerza y, por un momento, sentí que iba a vomitar.
Alguien tiró de mi brazo y me llevó a un rincón de la calle donde nadie pudiera vernos. Me encontraba tan indispuesta que no fui capaz de luchar contra los deseos de esa persona invisible. Si hubiera querido matarme, habría podido hacerlo sin que yo opusiera demasiada resistencia.
Nos agachamos y me estrechó entre sus brazos con fuerza. En consecuencia, la flecha que llevaba en la mano cayó al suelo.
—¡Savannah!
Entorné la mirada, intentando enfocar la silueta de la parkisana que me acompañaba. Pero, por mucho que entrecerré los ojos, mi visión seguía un tanto borrosa. Sin embargo, jamás podría olvidar esa voz que me acompañaba tanto en mis sueños como en mis pesadillas.
—Morgana...
No imaginaba que fuera a reencontrarme con ella en un momento en el que huía de mi propia muerte. Aunque tal vez no era tan sorprendente. Al fin y al cabo, la Alianza de la Sangre Roja, su bando, intentaba acabar conmigo desde que yo era un bebé.
Por tanto, lo de Clement no habían sido imaginaciones de mi mente exhausta.
Él estaba en Dhoul. Y yo había caído en la trampa de Morgana.
Ahora él aparecería y, por fin, se haría con mi cabeza.
Intenté levantarme, pero ella me retuvo, y sentí que, de pronto, había perdido las fuerzas. No pude resistirme a sus deseos.
—¡Savannah, ven conmigo! ¡No estás a salvo aquí!
—¿Para matarme a mí también, c-como a mi madre? —balbuceé.
Era una idea al aire que había comenzado a atenazarme y que le lancé sin pruebas. Pero, por desgracia, su muerte se había producido poco después de que Morgana descubriera la verdad.
No pude ver su reacción, dado que todo seguía borroso, pero el modo en que se le entrecortó la respiración fue suficiente para entender que mi idea no era un simple temor. Había sido la Alianza la que había acabado con su vida, con la vida de una mujer inocente que decidió criarme.
—Así que es cierto. Ha sido Clement —reí con amargura—. Porque tú le contaste quién era. Cuando ni siquiera yo lo sabía.
En otra situación habría fingido no darme cuenta de que Morgana me había traicionado para poder manipularla, pero me encontraba tan indispuesta que no tenía ni fuerzas para interpretar mi papel de Savannah la ingenua.
Además, las palabras empezaban a bailar en mi lengua, haciendo que me costara pronunciarlas.
—Pensaba que me estabas mintiendo. Yo... Nunca me lo perdonaré.
—¿No viste la verdad en... mi mirada? ¿No te diste cuenta de que yo no..., yo no...?
Con dificultad, logré ponerme en pie. Mis piernas se habían convertido en dos bloques de hierro que apenas podía mover.
—¡Savannah, tu madre no está muerta! —siseó—. ¡Él la tiene encerrada, pero te prometo que la liberaré! Cuando sea el momento. Mientras tanto, cuido de ella. Enmendaré este gran error y luego me alejaré de ti para siempre, si es lo que tú deseas.
Seguro que lo decía para convencerme, para llevarme a su terreno y acabar con mi vida. No dudaba de que se arrepintiera de haber revelado mi identidad, aunque también sabía que no me quería como princesa. Para Morgana, su padre Clement era el único y legítimo rey de Parkisan.
—¡Ya lo deseo! —le espeté con la voz temblorosa. Entonces vi que la silueta de Morgana se ponía en pie y me sujetaba. Intenté apartarla, pero empecé a jadear—. Te odio, no quiero saber nada más de ti. Has sido... la mayor decepción... de mi vida.
Las náuseas regresaron con más fuerza y luché por no vomitar.
Morgana volvió a sujetarme, y ya no tuve fuerzas para apartarla ni para rechistar. Mi lengua se había inmovilizado ante ese repentino malestar que no sabía identificar. Los párpados me pesaban demasiado y cerré los ojos.
Aún tardé un poco en perder el conocimiento, pero en esos últimos segundos mi mundo se vino abajo. Lo último que oí fueron las súplicas lejanas de Morgana, que me pedía que me despertara, que no muriese.
Después, dejé de escucharla y me sumergí en el Vacío.