Capítulo 7
Giselle sí roncó, y no dejó de intentar abrazarme en toda la noche. Nunca más permitiría que alguien descansara en mi habitación. De hecho, cuando bañé mi cuerpo en las gélidas aguas del lago, mi alma no tuvo que regresar del supuesto Vacío porque ni se había separado de mi cuerpo.
Así como William y mi compañera estuvieron más tiempo sumergidos en su tiempo a solas, yo decidí salir enseguida. La Suma Sacerdotisa me lanzó una mirada reprobatoria al darse cuenta de que mi ritual había sido más corto de lo que debería.
«Báñate tú, no te jode», pensé para mis adentros mientras le dirigía la peor de las miradas.
—No blasfemes —dijo, como si pudiera leer mis pensamientos.
—N-no he blasfemado.
—Sí, lo has hecho. La dalia que se acaba de marchitar en el Prado Más Alto me lo ha revelado.
Tirité de frío mientras me frotaba el cuerpo con las manos para intentar secarme.
Nunca nos daban toalla con el objetivo de que las gotas de agua terminaran de unir el alma al cuerpo de nuevo.
Me preguntaba cómo de tortuoso debía ser aquello en invierno, cuando las nevadas arrasaban Dhoul y el frío congelaba los lagos.
¿Harían un agujero para que pudiéramos sumergirnos?
Cuando Giselle y William se reunieron con nosotras, Lorelai reveló mi destino para aquel día:
—Hoy Savannah no nos acompañará en la iniciación. Debe acudir a unos festejos en honor a su victoria.
—Así es —respondí.
—Podríamos ir nosotros también —propuso Giselle, que ya parecía ilusionada cuando me lo comunicaron la noche anterior. Su motivo, en sus propias palabras, fue: «Es una forma de saltarse la iniciación».
Sin embargo, la Suma Sacerdotisa la miró como una madre que regaña a su hijo pequeño y acto seguido negó con la cabeza.
—No podemos perder ni un día en vuestra iniciación. De hecho, estoy convencida de que Savannah, si pudiera elegir, preferiría quedarse aquí, nutriéndose del poder de las cuatro diosas.
Lo cierto era que sí, pero no por los motivos que ella creía. No me apetecía hacer ver delante de cientos de parkisanos a los que no conocía que era la merecida heredera del trono.
Una sensación de nerviosismo me acompañó mientras las sirvientas de siempre comenzaron a arreglarme.
Habían elegido el mismo vestido granate que llevé el día del anuncio de mi victoria, de modo que imaginé que sería el elegido para los eventos con plebeyos.
En esa ocasión, después de maquillarme, me recogieron el cabello en un moño bajo que me daba un aspecto elegante.
Me encontré con la reina y Omelia, rodeadas por sus escoltas de la Orden de las Espinas, en el vestíbulo del castillo.
Mantuve las distancias, puesto que no sabía cómo debía acercarme a ellas.
Llevaba días sin verlas, y se suponía que debería haberlas echado de menos o, al menos, haberme preocupado por su existencia.
Sin embargo, su ausencia me había aliviado.
De modo que dejé que mi prima fuera la que se aproximara a mí.
—Hola, Savannah. —Me abrazó—. Siento no haberme pasado por tus aposentos estos días, pero la reina me dijo que era mejor darte espacio para que estuvieras tranquila.
Abrí mucho los ojos. Pensaba que había sido por una cuestión de horarios, pero fue Lilith la que se aseguró de que nadie me molestara durante esos días.
Omelia tiró con suavidad de mí hacia Lilith, que nos observaba con una ceja arqueada y cruzada de brazos. A diferencia de mi prima, ella no iba a iniciar la conversación. En silencio, me estaba desafiando a que lo hiciera yo.
—Gracias —dije. E iba en serio.
—¿Te has sentido cómoda estos días?
—La verdad es que sí. Necesitaba esta iniciación.
Pero no porque estuviera experimentando una revelación mística, sino porque me alejaba de la realidad que estaba viviendo.
—Bien. —Por su tono, la reina parecía intuir la verdad que escondían mis palabras—. Pues ahora te toca disimular y fingir que eres la ganadora del Sacrificio de la Corona más feliz de todo Parkisan. Tendrás que dar un pequeño discurso y estar a la altura de lo que se espera de ti.
Tragué saliva. Imaginaba que en algún momento debería hablar ante los ciudadanos de Dhoul; no obstante, pensé que tendría más tiempo para asumir mi linaje. Comencé a retorcerme las manos, nerviosa.
—¿Q-qué se supone que tengo que decir?
—Que estás muy contenta de haber ganado, que agradeces los festejos que se han organizado en tu honor... Algo por el estilo, Savannah. Seguro que has estado en las asambleas de mi hermano. Habla como él.
—P-pero todo lo que voy a soltar son... mentiras —siseé.
—Mejor me lo pones. —Parecía irritada—. Miente como él.
En esa ocasión no repliqué. No iba a ser hipócrita, no era la primera vez que era deshonesta con la gente que me rodeaba. Sin embargo, nunca lo había sido en contra de mi voluntad.
Salimos al patio de armas, donde habían colocado tres transportes llamados literas para cargar con Lilith, con Omelia y conmigo.
Me acomodé en el segundo vehículo y, mientras lo hacía, acaricié el interior aterciopelado de color morado.
A través de las ventanas podía ver el exterior, igual que los demás podían observarme a mí.
Dos sirvientes cargaron con mi transporte, mientras que mis escoltas se colocaron a ambos lados junto a una horda de soldados. Primero iba Omelia, por ser infanta; después yo, por ser la futura princesa; y, por último, la reina, por ser la máxima autoridad de Parkisan.
De camino, me concentré en el paisaje que me rodeaba para no pensar demasiado en lo que estaba a punto de suceder. Tardamos alrededor de media hora en bajar a la ciudad sobre esa litera, y sentí compasión por los sirvientes que nos transportaban. La espalda me dolía al pensarlo.
A lo lejos, comencé a oír los vítores ininteligibles de los parkisanos que vivían en Dhoul.
No solo celebraban que el Sacrificio de la Corona se hubiera acabado, sino que los hicieran partícipes en ese final.
Humanos y vampiros de todos los niveles sociales se agolpaban para acercarse y vernos mejor.
Sobre todo a mí, mientras los soldados hacían lo posible para que no entorpecieran el paso de las literas.
Me pregunté si me verían del mismo modo si supieran quién era de verdad.
A través del gentío podía atisbar diferentes puestos con toldos de vivos colores.
Me recordaba a la feria anual de Lokkat, a la que acudían comerciantes y compradores de pueblos cercanos para intercambiar productos.
Imaginé que también debía de haber un titiritero para entretener a los más pequeños.
La única diferencia era que esa festividad era más inmensa de lo que jamás podría serlo la de la aldea que me vio crecer.
Los soldados nos ayudaron a bajar de las literas cerca de unas gradas en las que se llevaría a cabo un torneo conocido como justa . Sabía qué clase de competición era porque padre me había hablado de ella en muchas ocasiones, pero nunca había tenido la oportunidad de ver una en directo.
Subimos al palco más alto para disfrutar de unas vistas privilegiadas de la justa. Mientras me colocaba en el asiento, comencé a sentirme angustiada. Era una impostora que no merecía ninguno de esos lujos...
«... porque, para hacerlo, mucha gente tuvo que morir en el Sacrificio de la Corona», me recordé.
En ese momento, una noble situada frente a las gradas comenzó a hablar:
—En la justa de hoy contamos con dos valerosos caballeros. Un soldado de la Orden de las Espinas y otro que desea formar parte de la guardia. Si el vencedor es nuestro aspirante, se convertirá en un soldado más. De lo contrario, si pierde, se verá obligado a irse de Dhoul y no podrá regresar jamás.
Al decir que uno de los rivales deseaba formar parte de la guardia real, me acordé de Sam. Esbocé una tierna sonrisa mientras me lo imaginaba sobre un caballo con su lanza de madera. En otra realidad, él estaría allí, luchando por la victoria.
De soslayo, observé a mi madre de sangre, que asentía con cada una de las palabras de la dama.
—¿No se suponía que solo los parkisanos más nobles podían unirse a la orden? —susurré, rememorando las palabras de mi amigo.
—Es que es un conde.
Nunca habría pensado que alguien de tan alto estamento tendría que participar en ese espectáculo para formar parte de la Orden de las Espinas.
Después de leer las reglas de la justa, la dama mencionó el motivo por el que estábamos todos allí.
—Hoy contamos con una visita muy especial. Además de la infanta Omelia y su majestad Lilith II, entre nosotros se encuentra la futura heredera de Parkisan. Ella es... ¡Savannah Delagarde!
Con la mirada, la reina me instaba a ponerme en pie y dar ese discurso del que me había hablado. Mientras lo hacía, busqué una mirada cómplice y la encontré en Omelia, que esbozaba una media sonrisa como apoyo.
Mis latidos ensordecían los rugidos de los parkisanos en las gradas, que se habían dado la vuelta para verme bien: la mayoría eran burgueses acomodados, aunque también había nobles de bajo rango.
Pensé que me costaría dirigirme a ellos, pero, en cuanto abrí la boca, comencé a hablar sin balbucear, imbuida por un personaje que empezaba a construir en torno a mi persona.
—¡Gracias, conciudadanos! Es una alegría para mí estar aquí y dar fin al Sacrificio de la Corona después de veinte años.
Las cuatro diosas han decidido, en su infinita misericordia, que sea yo la que me alce con el título de heredera de Parkisan.
Espero estar a la altura del reinado de su majestad Lilith II cuando llegue mi hora.
Mi madre de sangre me observó de soslayo en cuanto pronuncié esas últimas palabras, mientras los parkisanos me vitoreaban y aplaudían.
Cualquiera habría pensado que su expresión era desafiante, como si me estuviera retando a ser mejor monarca que ella, pero la realidad era que se mostraba escéptica ante mis palabras, puesto que yo no apoyaba su bando y ella era consciente de eso.
Me volví a sentar y dio comienzo la justa.
Los dos caballeros, protegidos con armaduras, cruzaron el campo en sentido opuesto a lomos de sus caballos.
Sus lanzas estaban preparadas para encontrarse e impactar.
Lo hicieron en varias ocasiones, hasta que el aspirante a soldado rompió el arma de madera del miembro de la Orden de las Espinas.
Era una victoria complaciente: el parkisano que se arriesgaba a perderlo todo se alzaba con el título de soldado. Todo el mundo se puso en pie para celebrar que el joven menos aventajado hubiera vencido.
Locke y su compañera me indicaron que era hora de ponerme en pie, y ambos me acompañaron hasta que me detuve al lado de la organizadora.
Me explicaron que era la encargada de dar el premio: un caballo azabache y el título de soldado.
Así que aguardé a que llegara el vencedor de la justa, al que oí jadear en cuanto nos alcanzó.
Estaba agotado tras el torneo, pero, por la sonrisa que esbozaba cuando se levantó la visera, había merecido la pena.
Sujeté al caballo por las riendas y tiré de él con suavidad hacia donde se encontraba el guerrero. Volví a comportarme como Savannah Delagarde; era como si un espíritu poseyera mi cuerpo.
—¡Noble caballero! Espero que este animal os ayude a comenzar vuestra nueva vida en el castillo de Branamor. Recibid mi mayor y sincera enhorabuena.
Sentí que la atmósfera se volvía más densa entre nosotros y la dama, y comprendí que se debía a que era él el que debía utilizar formalidades conmigo. Por mucho que hubiera ganado la justa, yo era la futura heredera de Parkisan.
Disimulando, volví a tirar de las riendas del caballo para entregárselo al parkisano. Fue un ligero movimiento, pero me salvó de una muerte segura.
Porque en ese instante una flecha rozó mi brazo izquierdo.
Una flecha que iba destinada a mi corazón.