La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 6
9%

Capítulo 6

Los siguientes días, la rutina fue la misma: baño de agua fría en el lago antes del amanecer, rezos, lectura del Elanon, clases sobre artes liberales, limpieza y mantenimiento del templo, y más rezos.

Mi relación con la religión no cambió, pero agradecí que durante ese tiempo apenas tuviera relación con la reina y Omelia.

Necesitaba tiempo para asimilar quién era y cuál sería mi papel en el futuro.

Las ganas de huir del castillo de Branamor no habían desaparecido, pero sentía que, mientras hacía mi iniciación como sacerdotisa, no había nada de lo que escapar. Tenía la impresión de que mi vida no era la de una futura princesa, sino un mal sueño del que por fin había despertado.

Además, mis escoltas se quedaban fuera del templo, por lo que vivía con la falsa sensación de que, por fin, era libre. Al menos durante gran parte del día.

Como era obvio, con la persona que más intimé fue con Giselle, con quien tenía que equilibrar mi actitud para que no se hiciera falsas esperanzas.

De vez en cuando la pillaba mirándome y sonriéndome como lo hacía yo cuando descubrí que me gustaba Morgana.

Por mi parte, seguía pensando que veía la vida desde el prisma de ingenuidad que otorgaba la alta nobleza a sus hijos.

Aun así, prefería no darle muchas vueltas al asunto, porque, cada vez que lo hacía, dejaba de caerme bien.

Una noche, antes de irnos a la cama, ya sin la Suma Sacerdotisa, William, Giselle y yo hicimos una purificación de alma semanal por los errores mundanos que cometíamos a diario y que nos alejaban del Prado Más Alto.

En el caso de William, su gran equivocación era ser vampiro y robar la sangre a parkisanos inocentes.

Eso me provocaba cierta diversión, porque, aunque estaba en contra de los vampisanos, no era algo que él pudiera cambiar. Era eso o morir.

En el caso de Giselle, su gran error era pertenecer a un ducado que estaba en contra de la reina, la persona elegida por nuestras diosas para continuar con el legado de sus ancestros.

Y el mío... El mío era desafiar constantemente a mi madre de sangre y haber marchitado parte del Prado Más Alto con mis constantes blasfemias.

El modo de purificarnos, de retirar la suciedad mundana del alma, era recorrer el templo en círculos mientras recitábamos una oración en silencio pidiendo perdón por esos errores que nos acercaban al Vacío.

Después de terminar el ritual, por fin, nos fuimos para, en unas horas, volver a despertarnos y empezar la misma rutina una y otra vez.

—¿Te importaría que me quedase a dormir contigo esta noche? —me pidió Giselle—. Me duele muchísimo la espalda, y la litera es muy incómoda.

William y ella dormían en una habitación contigua al templo, pero a mí me permitieron descansar en mi cuarto.

Observé de lejos a William, que ya se iba al dormitorio sin su compañera, y devolví la mirada a la expresión risueña de Giselle.

En mis labios danzaba la idea de responderle que no.

Ya me había acostumbrado a tener intimidad a la hora de dormir.

Estaba empezando a olvidar lo que suponía compartir habitación, como con Sam y Brandon, o incluso cama, como con padre y madre.

Además, ¿hasta qué punto aquello no confundiría más a Giselle?

Dejarla entrar en mi cuarto era como dejarla entrar en mi vida, en todos los aspectos.

Sin embargo, no podía ni debía olvidar que era la hija de los duques de Azalea. Aunque su hermano mayor fuera el heredero del ducado, ella seguiría siendo hija de nobles, y quería llevarme bien con ella.

—Mientras no ronques... —respondí—. Y nada de abrazos cuando duermas, que soy muy huraña.

De camino, me habló emocionada de todas las ocasiones en las que, cuando era pequeña, había invitado a sus amigas a palacio.

Veía similar esa situación porque, según Giselle, yo era lo más parecido a una durante esa etapa de iniciación como sacerdotisa.

Me pregunté hasta qué punto las relaciones eran tan superficiales entre las clases altas.

No le había dado motivos para que creyera que nuestro vínculo era cercano.

Una cosa era que le gustara y otra que me considerara una amiga.

Cuando entramos en mi dormitorio, mis escoltas hicieron ademán de irrumpir para no dejarme a solas con alguien que no era de confianza.

Sin embargo, cerré la puerta para que nos dieran algo de intimidad.

Entonces Giselle comentó lo mucho que mi habitación le recordaba a la suya de Azalea.

Hablaba con un tono melancólico, casi triste.

Me oí a mí misma a través de sus palabras, y comprendí que ella tampoco quería estar allí.

—¿No echas de menos tu vida de antes? —le pregunté—. Se te ve tan... nostálgica.

—Un poco, la verdad... Si por mí fuera, no habría elegido la vida religiosa. Me siento conectada a nuestras diosas, sobre todo a Amarea, nuestra patrona, pero no tanto como para dedicarme en cuerpo y alma a ellas.

—¿Entonces...?

Giselle se encogió de hombros y se sentó en el taburete frente al tocador.

—Es que tengo veintiséis años y no estoy casada. Mi familia cree que es mejor ser sacerdotisa que la eterna hija soltera de los duques de Azalea.

La comprendía. Yo había abandonado Lokkat a los veintidós años, y esperaban de mí que ya hubiera contraído matrimonio.

De hecho, gente de mi aldea con una edad similar a la mía ya tenía hijos.

Pero en mi caso no era igual de grave porque yo no tenía una familia a la que deshonrar, dado que el supuesto oficio de padre ya nos había arrebatado cualquier atisbo de buena reputación.

No podíamos perder nada más, al contrario que los Beaumont.

Me preguntaba si en el Este serían más abiertos de mente o si, por el contrario, serían igual de intransigentes con la edad como en el Oeste.

—Te entiendo, Giselle, el Oeste es una mierda.

Esbozó una tímida sonrisa, como si esperara algo más por mi parte: una confesión, un abrazo o, tal vez, comprobar que lo que ella sentía era mutuo. Me rasqué la sien, acobardada por si mi rechazo quebraba la poca relación que manteníamos con Azalea, y desvié la mirada. No dije nada.

—¿Y tú echas de menos tu antigua vida...? —inquirió ante mi silencio—. Entiendo que tus seres queridos siguen en la aldea.

—A mí ya no me queda nadie allí. Solo recuerdos.

—¡Pues qué afortunada eres, puedes empezar una nueva vida! —Chasqué la lengua, irritada ante las desafortunadas palabras de Giselle—. No es que apoye a la Reina Colmillos, pero pasar de ser campesina a heredar Parkisan tiene que ser un sueño hecho realidad.

Durante ese tiempo, me había preguntado si ella era consciente de cuál era mi verdadera identidad.

En determinados momentos, por algunas miradas robadas, temía que conociera el vínculo que me unía a la reina, y que, en realidad, Giselle perteneciera a la Alianza de la Sangre Roja y hubiera venido a matarme.

Sin embargo, aquella noche no me dio esa impresión.

—Pero ¿tú sabes quién soy? —pregunté.

La mirada de Giselle se tiñó de confusión. Había que ser una excelente mentirosa para disimular tan bien, y la hija de los duques estaba claro que no lo era.

—¿La ganadora del Sacrificio de la Corona...?

—No, no es por eso —mentí—. Lo decía porque me ha sorprendido que supieras que mi oficio era el de campesina.

Giselle frunció el ceño, confusa.

—Pero si me lo dijiste tú el primer día...

En otro caso, habría tenido que idear una mentira más elaborada, pero con ella no importaba. Se lo iba a creer de todas maneras.

—¡Es verdad, lo había olvidado! Te lo comenté cuando hablamos de la cosecha. ¡Qué cabeza la mía!

En ese preciso instante llamaron a la puerta, y, en cuanto abrí, no me sorprendió ver que eran mis escoltas.

Al principio creí que querían asegurarse de que Giselle no fuera a hacerme daño.

Sin embargo, cuando vi que Locke me entregaba una carta, me temí lo peor: una invitación de mi madre de sangre.

Estimada Savannah:

Su majestad Lilith ll la convoca mañana a los festejos que Dhoul ha organizado en honor a su victoria.