La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 5
8%

Capítulo 5

En cuanto llegamos al templo, la Suma Sacerdotisa me invitó a sentarme en el primer banco junto a los dos iniciados.

Ambos, de una edad similar a la mía, me recibieron con una mirada curiosa.

La futura sacerdotisa, de cabello rubio y ojos verdes, se arrastró sobre la superficie para estar más cerca de mí.

No parecía soportar a su compañero, y habría apostado mi futuro reinado a que el motivo era que el aspirante a monje era vampiro.

Eso significaba que la parkisana provenía de un ducado que no estaba de acuerdo con la existencia de esas criaturas.

—Ahora que estamos todos, podemos dar por comenzada la iniciación —empezó a decir Lorelai desde el centro de baldosas de piedra del templo—.

Durante las próximas semanas emprenderéis vuestro viaje a la vida espiritual.

Savannah Delagarde solo nos acompañará mientras estemos en el castillo; forma parte de su preparación como princesa.

Después, nosotros tres iremos al monasterio de la Santa Sangrienta.

Un escalofrío me recorrió la nuca al escuchar mi nombre acompañado del apellido Delagarde.

Los dos iniciados volvieron a dirigirme una mirada indiscreta, y se la devolví.

Debían de ser importantes, porque no todo el mundo contaba con el privilegio de iniciarse como religioso en el templo del castillo de Branamor.

La Suma Sacerdotisa prosiguió con un rezo matinal dedicado a las cuatro diosas, uno que yo desconocía y que, por tanto, no pude recitar en voz alta.

Una nueva mañana nos recibe. ¡Oh, diosas, que los rayos alumbren vuestro altar !

Así se haga vuestra voluntad en este nuevo día ,

y yo, como siervo, me encargaré de que cada alma

conozca vuestra palabra y misión .

Así es, así será .

A continuación, leyó un pasaje del Elanon, el de la creación de ese universo mucho antes de que se creara nuestro planeta y de que se desvaneciera la Diosa Suprema.

En aquella época, las cuatro diosas se enfrentaron, con la ayuda de su madre, a Zhregur, su abuelo.

Él era el dios del Vacío, y quería que todo siguiera sumido en la nada.

Consiguieron derrotarlo plantando azaleas, dalias, zinnias y gardenias en la oscuridad del mundo.

Después, la Suma Sacerdotisa realizó una ofrenda de las flores favoritas de las diosas en un cesto para cada una de ellas.

Ese derroche no acabó ahí, pues, tras terminar la ceremonia, salimos para rodear el templo con decenas de ellas.

Era la forma de celebrar su existencia y que hubieran decidido crear el mundo.

De vez en cuando, cantaba una oración para agradecer los dones que nos habrían brindado.

—¡Diosas, qué buen día nos habéis regalado para volver a nacer! —entonaban los tres al unísono mientras yo movía los labios para que pareciera que conocía la letra.

Después de un rato que se me hizo eterno, entramos de nuevo en el templo.

Allí estudiamos el Elanon de forma individual y en silencio.

Había libertad de elección de pasaje, y yo elegí las historias en las que había más acción: batallas, traiciones y asesinatos.

Me parecían más amenas que las narraciones alegóricas.

A la hora de comer, dejé a mis compañeros con unas gachas poco apetitosas para disfrutar de un banquete privado en mi habitación y recibir clases sobre artes liberales.

Cuando regresé, la Suma Sacerdotisa volvió a oficiar una ceremonia religiosa.

En ese instante éramos nosotros los que debíamos llevarla a cabo con lo que habíamos aprendido a lo largo del día.

Mis compañeros prefirieron orar y realizar la ofrenda, y yo leí el pasaje.

Me decanté por uno que había visto antes, de la época anterior a la Santa Sangrienta.

Una joven de la tribu de Azalea yacía en el lecho del enemigo, en Gardenia, para arrancarle los secretos más profundos a su rival.

Con la ayuda de la diosa Amarea, consiguió derrocar y encerrar a su líder.

No obstante, se había enamorado de él, de modo que lo liberó.

Entonces Amarea y Adhelia se unieron en una breve tregua para castigarlos a ambos por haberlas traicionado.

Los dos padecieron una muerte terrible causada por cuervos y serpientes.

—¿Por qué has elegido ese pasaje? —me preguntó Lorelai con curiosidad.

—Porque me ha gustado.

La Suma Sacerdotisa negó con la cabeza, poco conforme con mi decisión.

—No puedes elegir un pasaje solo porque lo hayas disfrutado, Savannah. Tiene que haber una razón que lo justifique en esta ceremonia. ¿Qué significado tiene para ti?

Parpadeé varias veces mientras me enfrentaba a su mirada juiciosa.

—¿Que nunca debes irte con el enemigo porque tu diosa favorita puede castigarte?

Ese comentario despertó unas ligeras risitas en mis compañeros. Por su parte, Lorelai me miró con una expresión indescifrable, pues no estaba del todo conforme con mi explicación.

—O que el amor mundano nunca debe estar por encima del que sentimos por nuestras diosas —oí decir a la otra aspirante a sacerdotisa—. Aunque a veces es complicado, porque el alma es susceptible de intoxicarse con los placeres terrenales cuando nos perdemos en el amor.

La parkisana me guiñó un ojo para indicarme que lo había hecho para ayudarme. Esbocé una sonrisa a modo de agradecimiento, pero aparté la mirada. No tenía mucho sentido que el romance nos intoxicara cuando existía una diosa del amor.

Aun así, su respuesta convenció a la Suma Sacerdotisa.

—Así es. Gracias por tus reflexiones, Giselle.

Cuando terminamos, la Suma Sacerdotisa nos indicó que, para continuar con la iniciación, debíamos dedicarnos a la contemplación, y señaló el cubo con el que me había empapado aquella mañana y algunos utensilios de limpieza que había en la esquina de nuestro banco.

En otras palabras, conectaríamos con las cuatro diosas haciendo labores de mantenimiento en aquel lugar sagrado.

Me volví a observar los arbustos y el césped que se abrían paso a través del templo.

Nunca me había preguntado quiénes lo mantenían en tan buen estado, pero acababa de averiguarlo.

La Suma Sacerdotisa nos dejó solos para que pudiéramos hacer esas tareas de las que ella tampoco quería encargarse. Los dos iniciados prefirieron limpiar los bancos, las estatuas y el centro, puesto que un paño húmedo era suficiente para quitar los restos de tierra y polvo.

Mientras tanto, yo comencé a podar los arbustos y quitar las malas hierbas. No era la mejor jardinera del castillo, pero estaba acostumbrada a domar la verde naturaleza. Después de todo, madre y yo siempre limpiábamos bien el huerto tras recoger la cosecha.

Sentí una presión en el pecho al acordarme de ella. Me era imposible asumir que hubiera muerto; para mí, seguía en su choza de Lokkat, aguardando mi regreso. Detuve las tijeras de poda en el aire mientras pensaba en lo que Vampisan me había arrebatado: una vida normal.

—¿De dónde venís vosotras? Mis madres son condesas de una provincia de Dahlia. —El aprendiz vampiro intentó crear un ambiente agradable. No habíamos hablado desde que la Suma Sacerdotisa nos había dejado con nuestros quehaceres—. Por cierto, me llamo William Hawthorne.

La otra iniciada se mantuvo callada.

—Yo soy Savannah, y vengo de un poblado de Azalea. —La imagen de padre, madre y yo en la choza se hizo más nítida en mi mente—. Como sabréis, me presenté al Sacrificio de la Corona y gané.

La parkisana se tensó al escucharme, pero terminó por presentarse:

—Yo soy Giselle Beaumont. Mis padres son los duques de Azalea.

No era difícil comprender por qué se había demorado tanto en contarnos quién era: el ducado de Azalea apoyaba a Clement, no a la reina.

Nunca llegué a conocerlos en persona. El único trato que mi familia y yo tuvimos con ellos fue porque un porcentaje de nuestros cultivos (en concreto, los mejores) siempre iba para ellos.

Después de todo, las tierras eran suyas.

—Ah, entonces seguro que has probado nuestra cosecha —comenté seca—. Era campesina allí.

—Depende. ¿Dices que vienes de una aldea?

Asentí mientras dejaba mi tarea y analizaba sus palabras. ¿Cómo que «depende»?

—Las cosechas de los aldeanos son para los sirvientes —admitió—. Nosotros nos alimentamos de las que producen los campesinos de la ciudad.

No hacía falta que me explicara que era porque la calidad de nuestras hortalizas nunca sería como la que ofrecían los trabajadores con más recursos. Me mordí el interior de la mejilla, visiblemente molesta.

Pero me decanté por la paz, así que continué podando el arbusto de gardenias.

—Si eres de Azalea, ¿qué haces aquí? —inquirió William con la duda que nos rondaba a ambos—. Tu ducado se posicionó en contra de Lilith II.

—Ya, si yo también lo estoy. Pero quiero dedicar mi vida a la religión, así que madre mandó una petición a la reina para que me acogiera y le fue concedida.

Dudaba de que fuera una infiltrada de la Alianza de la Sangre Roja, igual que en el pasado lo fue Morgana.

Según me había contado ella, Clement no tenía tanta relación con Azalea como con Zinnia, de modo que si lo apoyaban era porque de verdad confiaban en su palabra.

No me costaba creer que el conflicto entre Azalea y la Corona no le importara tanto a Giselle como para perder la oportunidad de iniciarse en el mismísimo castillo de Branamor.

Además, aquello podía ayudar a crear un acercamiento entre el ducado y la reina.

En ese instante volvió a aparecer la Suma Sacerdotisa, visiblemente enervada al comprobar que estábamos conversando.

—Nada de hablar —nos ordenó—. Este es un momento de contemplación para conectar con las cuatro diosas.

Obedecimos y nos quedamos callados. No obstante, en cuanto se marchó de nuevo, seguimos hablando. Entonces Giselle se acercó a mí y comenzó a ayudarme en mi misión: quitar las malas hierbas.

—Déjalo, ya lo hago yo —dije, y le lancé una flecha envenenada—: Tengo experiencia sembrando la cosecha que no os comíais.

Sin embargo, la hija de los duques de Azalea no reparó en mi tono irritado, y prosiguió con su empeño como si nada.

—No me importa. Al fin y al cabo, somos del mismo ducado. Eso genera un vínculo invisible que no se puede romper.

A lo lejos vi a William, que se había puesto a limpiar los bancos que Giselle había dejado a medias.

—¿No tendrá también que ver con que él es un vampiro? —pregunté en voz baja, aunque estaba segura de que nos estaba escuchando con sus aguzados sentidos.

—También. —No tuvo ningún reparo en que nos oyera—. No sé cómo tuviste valor para presentarte al Sacrificio de la Corona, con todos esos vampisanos... ¡Y con el riesgo de acabar sacrificada por la Reina Colmillos! ¡Qué horror!

Repasé las decisiones que me habían llevado hasta allí: el estado de decadencia de los vampiros más pobres, el supuesto sacrificio de Morgana, la muerte de padre... Observé con atención a Giselle, que jamás me comprendería.

—A veces yo tampoco lo sé.

William agachó la cabeza, pero no porque estuviera concentrado en las tareas de limpieza, sino porque las palabras de Giselle le estaban hiriendo.

Me apenó verlo triste, aunque había sido yo la que había dado paso a los desafortunados comentarios de Giselle.

Él nunca lo entendería; mientras sus madres le habían dado el privilegio de vivir con normalidad, la gente seguía muriendo en Lokkat.

Cuando observé a Giselle de nuevo, me di cuenta de que me estaba lanzando una mirada furtiva que apartó en cuanto la descubrí. Entonces se sonrojó y confirmó mis sospechas: le gustaba. Suspiré. No estaba preparada para nada que no fuera tenerle rencor a Morgana.

Me coloqué un mechón castaño detrás de la oreja y seguí quitando malas hierbas.

A través de una de las cristaleras, vi volar un cuervo.

El vello de la nuca se me erizó al pensar que, al igual que los jóvenes del pasaje que había leído, el ave había venido a por mí por haberme enamorado de mi enemiga.