Capítulo 4
Aquella noche soñé con el día en que vi a Morgana por segunda vez en mi vida.
Meses después de salvarla de los colmillos de un vampiro cuando tenía doce años, regresó a Lokkat con Clement.
Al principio, este creía que era porque a su hija adoptiva le habían gustado los verdes prados de la aldea.
Sin embargo, pronto se enteró de que realmente vino por mí.
Me reencontré con ella en la plaza del mercado, cuando los vecinos se quedaron ojipláticos por la llegada del príncipe. Mientras todos estaban pendientes de colmarlo de halagos tras visitarnos en calidad de forastero, Morgana se acercó a nuestro puesto.
—Quiero todas las hortalizas —fue lo primero que nos dijo en cuanto se acercó al puesto.
—¿Todas? —preguntó madre, escéptica. Sabía que alguien como ella solo comía los mejores manjares y que, si quería nuestros cultivos pasados, era por algo.
No saludé a Morgana ni le dije que la recordaba porque estaba convencida de que ella a mí no. Así que, en silencio, preparé la cesta mientras madre observaba con atención las dos monedas de oro que la hija de Clement nos dio. Eran nuestro tesoro.
—¿Te acuerdas de mí?
La pregunta de Morgana me pilló por sorpresa. Pensaba que solo se había parado delante de nuestro puesto. En ningún momento dio muestra alguna de recordar aquel día de meses atrás. Como si comprar todas las hortalizas no fuera señal suficiente...
—C-claro —balbuceé—, pero he creído que tú no.
—¿Cómo no hacerlo? —sonaba un tanto ofendida—. Te dije que eras mi amiga. De hecho, hemos venido porque quería verte.
Esa confesión me sorprendió, porque ¿qué tenía yo para que alguien como ella quisiera continuar una amistad conmigo, y más cuando ambas vivíamos tan alejadas? Pero no quise pensarlo más. Rodeé la mesa sobre la que madre y yo poníamos la cosecha que vendíamos y le di un cálido abrazo.
—Anda, Savannah, vete con ella, ya me quedo yo —nos concedió madre—. Hoy no parece que haya vampiros, pero no os vayáis muy lejos.
Morgana me guio hasta la zona de las posadas, que estaba más vigilada por los soldados.
Aun así, unos escoltas del príncipe Clement nos seguían desde la distancia para darnos intimidad.
Pensé en lo agobiante que debía de ser no poder estar a solas en ningún momento, pero Morgana caminaba con tanta tranquilidad que parecía que no existieran.
Ese día no jugamos a nada, solo nos tumbamos en el césped, a pesar de que empezaba a refrescar por el final del verano. En nuestra conversación quedaba claramente reflejada la diferencia de estamentos.
—¿Vives solo con tu madre?
—No, también está padre. Se ha marchado a una feria vecina a comprar y vender semillas, o al menos eso dice. Creo que se dedica a robar, porque siempre vuelve con muchas monedas.
Viéndolo desde el presente, quizá huía porque el hermano de Lilith podría haberlo reconocido. El dinero vendría de algún emisario de la reina.
Estaba tan relajada con Morgana que no caí en que acababa de revelarle el oficio de padre. Si ya nos miraban con altivez en la aldea, no quería ni imaginarme cómo lo harían otros parkisanos mucho más acomodados.
Por fortuna, mi nueva amiga parecía divertirse con mi metedura de pata.
—Ah, me caen bien los ladrones —admitió—. Solían pasarse por mi casa de Dahlia de vez en cuando. Si los descubría, les dejaba que se llevaran todo lo que quisieran, incluso los ayudaba.
Me parecía una actitud demasiado bondadosa sin que hubiera un motivo de peso detrás. Por otra parte, lo contaba con cierto rencor, como si fuera su forma de vengarse por algo. Más tarde supe qué relación mantenía con su familia y todo cobró sentido.
—¿Cuánto tiempo llevas con Clement? —continué—. Nunca te había visto con él en sus visitas a Lokkat.
Morgana estaba tensa, pero yo era demasiado joven para entender el secreto que su actitud ocultaba. Además, tampoco la conocía lo suficiente como para saber descifrar sus reacciones.
—¿Y quiénes son tus padres? —insistí.
—No quiero hablar de ello —me espetó, cortante.
Su semblante solía ser serio, pero por fin me di cuenta de que había cruzado un límite que ni yo misma sabía que existía.
—Lo siento, ¿te ha molestado?
Morgana negó con la cabeza, agradecida de que no insistiera en ese tema de conversación.
—Te voy a contar un secreto que la gente de Lokkat no sabe —le revelé para enmendar el daño que pudiera haberle hecho—: madre tampoco es mi madre de sangre. Ella falleció al darme a luz.
—Lo siento, Savannah —lamentó.
—No te preocupes. Nunca la conocí, y madre es buena conmigo. No podría pedir más. La familia de sangre es importante, pero la que de verdad importa es la que elegimos y decide quedarse con nosotros.
—La familia de sangre está sobrevalorada.
Ante la confesión de Morgana, las dos estallamos en carcajadas. El ambiente se había vuelto a relajar.
—¿Seremos amigas para siempre? —pregunté. Me preocupaba que, después de esa visita inesperada, se olvidara de mí y no la volviera a ver.
—Claro, vendré a verte siempre que pueda. ¿Sabes leer y escribir?
—Sí, me enseñó padre.
—Pues también podemos mandarnos cartas.
Nunca había recibido ni enviado cartas. Me parecía algo novedoso y que, desde luego, ansiaba prob...
Un buen chorro de agua fría me despertó, sobresaltándome. Al principio creí que era parte del sueño, hasta que vi a Lorelai, la Suma Sacerdotisa, con un cubo del pozo.
—Magnífico —celebró—, ya estás despierta.
—¡¿Qué demonios hacéis?! —le grité mientras me incorporaba—. ¡Joder!
A medida que me espabilaba, me di cuenta de que tenía el cabello y el rostro empapados, así como el camisón.
No quería ni imaginar cómo debía de estar la cama en la que descansaría al final del día.
—Buenos días, Savannah. Bienvenida a tu iniciación como sacerdotisa —dijo antes de hacer una pausa—, en la que también aprenderás a tener un vocabulario más refinado. ¿Sabes que cada vez que blasfemas una flor muere en el Prado Más Alto?
—Por mí, como si se marchitan todas...
Volví a tumbarme, indignada. En efecto, la almohada y el colchón también estaban mojados.
—Iré al lago a por más agua... —la oí decir mientras se alejaba.
—¡No! —Me senté en la cama—. M-me levantaré. Pero ¿por qué habéis hecho esto?
—Dedicarse a la vida religiosa tiene sus riesgos, Savannah.
El temido Zhregur cela a aquellos que adoramos a las cuatro diosas en vez de a él, así que intenta llevar nuestra alma al Vacío cada vez que dormimos.
Para que esta no se pierda en el caos y regrese al cuerpo, los religiosos debemos darnos un baño de agua fría nada más despertar.
Normalmente lo hacemos en el lago que hay detrás del castillo de Branamor.
He venido antes para que nos acompañaras, pero no ha habido manera de despertarte, así que he traído este cubo con agua del lago.
¡Temía que tu alma se hubiera perdido del todo en el Vacío!
Puse los ojos en blanco ante la excusa que había soltado para sobresaltarme de ese modo. Se suponía que el Vacío era lo contrario al Prado Más Alto, pero el Elanon narraba que era imposible llegar allí desde que la diosa Amarea cortó las hiedras que unían ambos planos espirituales.
Mientras me espabilaba, reparé en que, al contrario que yo, la Suma Sacerdotisa tenía el cabello seco.
—¿Vuestra alma no tiene que regresar a vos con agua fría? —pregunté desafiante, tiritando un poco.
—Mi alma es lo suficientemente fuerte como para resistir los ataques de Zhregur mientras duermo.
Chasqué la lengua ante su respuesta y me puse en pie. Seguía temblando por el agua fría, y reparé en que ni siquiera había amanecido.
—Aquí tienes tu traje de iniciación. —Señaló hacia la ropa que había dejado encima del taburete que había frente al tocador—. Todo aspirante a sacerdotisa o a monje lleva uno similar.
Era un camisón de seda de un tono gris más oscuro que el que llevaba Lorelai. No necesitaba preguntarle para imaginar que era porque nuestra alma estaba corrompida por el mundo mortal. Ese color gris, esa suciedad del espíritu, desaparecería a medida que dedicara mi vida a las cuatro diosas.
Mientras me cambiaba, palidecí al recordar un pequeño detalle.
—¿Tendré que bañarme desnuda en el lago todos los días?
—Así es.
—Pero verán... mi marca.
Me refería a la marca de nacimiento de mi cadera, la luna creciente que acunaba una estrella. La misma que tenía toda la Corona para indicar que nuestro linaje era real.
—Ya habíamos pensado en eso. Todos los aspirantes os bañaréis de uno en uno, solo delante de mí.
Esa opción tampoco me convencía demasiado, pero no podía negarme.
Cuando estuve lista, la Suma Sacerdotisa y yo nos dirigimos al templo.
De camino, mientras notaba las miradas de todos los vampiros y sirvientes puestas en nosotras, Lorelai volvió a decir, ajena a mi incomodidad:
—Antes de empezar con tu aprendizaje, ¿qué piensas de la religión, Savannah? —me preguntó con una sonrisa.
Podría haberle respondido lo que ella quería escuchar, pero no me apetecía.
—No creo en las cuatro diosas, si esa es vuestra pregunta. Pero me gusta pensar que hay un Prado Más Alto en el que todas las almas se reúnen tras fallecer.
—Entiendo. —No borró la mueca alegre de su rostro—. Eres una joven intransigente que se rebela contra las normas establecidas. Pero déjame decirte que en algo hay que creer. El alma anhela ser inundada por la fe.
Luché por no poner los ojos en blanco. Para ella solo era una parkisana más que acabaría uniéndose a su rebaño. Así que me encogí de hombros a modo de respuesta.
—Te veo como un reto, Savannah, alguien a quien moldear.
—No soy una escultura, soy una persona.
La Suma Sacerdotisa se inclinó hacia mí, ensanchando su sonrisa. Era como si quisiera compartir un secreto conmigo, uno que nadie más conocía:
—Yo también fui como tú, hasta que dejé entrar la fe.