Capítulo 3
La actitud desafiante que me había acompañado durante el día me abandonó cuando cayó la noche. En cuanto me acosté y me quedé a solas con mis pensamientos, mis mejillas se empaparon en lágrimas.
Me sentía tan herida que ya ni siquiera era consciente de por qué estaba llorando.
Quizá porque echaba de menos a mis padres, quizá por Morgana o quizá porque padre no me había contado la verdad sobre mí ni sobre él.
¿Nunca, en esos veintidós años, había tenido remordimientos por ello?
¿Nunca se había planteado si lo que estaba haciendo era lo correcto?
Con el corazón en vilo, me puse en pie y, en camisón (uno de los muchos que tenía en el armario), salí del dormitorio.
El que Sam me había regalado durante el Sacrificio de la Corona lo guardaba como un valioso tesoro.
Era el recuerdo de uno de los pocos amigos que jamás había tenido, y no quería estropearlo.
Fuera, como imaginaba, se encontraban Locke y su compañera, que no se separaban de mí. Cuando comencé a andar, ellos también lo hicieron, a tan solo unos metros de distancia.
Entendía que era mi nueva realidad, pero me daba la impresión de que nunca me acostumbraría a que unos escoltas se convirtieran en mi sombra.
—¿Es que vais a estar a todas horas detrás de mí o qué? —Volví la cabeza para encararme con ellos.
Ninguno de los dos me respondió, ni siquiera Locke; se limitaron a continuar siguiéndome. Intenté perderme por los pasillos, con la esperanza de despistarlos, pero no solo no lo logré, sino que acortaron la distancia conmigo.
—Bueno, pues al menos llevadme a la biblioteca —les pedí.
Ambos me guiaron hasta una sala de la segunda planta en la que un mar de libros se expandía a través de arrecifes de estanterías.
Al igual que en el monasterio de la Santa Sangrienta, había multitud de títulos sobre cualquier tema que se me antojara.
Pero tenía claro qué estaba buscando, así que me sumergí entre los estantes hasta que di con el libro que quería.
Un ejemplar con la historia de la Orden de las Espinas; quizá allí descubriría algo más sobre padre.
—Si alguna vez necesitas saber algo sobre Harry, puedes preguntarme. Era mi amigo —me confesó Locke.
Se me hacía muy extraño que alguien del castillo lo fuera.
Padre nunca me habló de amistades; parecía haber transitado por la vida sin ningún vínculo de ese tipo.
Solo tenía compañeros con los que robaba.
Era obvio que todo había sido mentira; aun así, todavía no me había hecho a la idea de que me quedaba mucho por descubrir de él.
Respondí con un leve asentimiento de cabeza y, por fin, mis escoltas se ocultaron tras unos estantes para darme algo de intimidad. Me senté en una mesa cercana para hojear el libro con comodidad.
Era un volumen que hablaba sobre la fundación de la orden. Algunas de las familias más poderosas del reino se habían unido para proteger a la realeza.
Pero a mí solo me interesaba un apellido.
—«Charles Montgomery juró lealtad a la Corona junto a Nathaniel Hill y Daphne Ashe.
—Leí en voz baja los acontecimientos que se sucedieron hacía doscientos trece años—.
Con ello, pretendían prevenir y sofocar los ataques procedentes de Lemanat, Nibringar y Korane en un momento en que el imperio había perdido la estabilidad de la que gozaba».
No conocía a ese Charles Montgomery, pero el apellido nos unía. Eso tenía que significar algo.
Hojeé las páginas por si se hablaba de padre, pero no encontré nada. Hacía referencia al linaje Montgomery, que se fue reduciendo por diferentes batallas y epidemias a lo largo de esos dos siglos hasta desparecer. En resumidas cuentas, parecía que solo quedaba yo.
En ese momento recordé una de las muchas ocasiones en las que padre y yo entrenábamos en el bosque de mi amado y odiado Lokkat.
Yo tenía unos diez años, y él me estaba enseñando a luchar. Mi coordinación con la espada y el escudo era un desastre y, cuando mi frustración superó mis ansias por aprender, tuvimos que sentarnos a descansar. Al instante, una pregunta se formó en mi mente.
—Padre, ¿por qué elegiste ser ladrón?
Tras escucharme, frunció el ceño y se acarició la barba, pensativo. No parecía sentirse cómodo con mi curiosidad. En el pasado, creía que era porque no quería hablar de esa profesión que yo sospechaba que aún ejercía. Pero la realidad era que no quería mentirme más de la cuenta.
—¿A qué viene esa pregunta, Savannah?
Me encogí de hombros.
—Me gustaría saber por qué alguien elegiría una vida poco honrada.
Padre desvió la mirada a un punto fijo del horizonte mientras decidía qué contestarme.
—A veces la vida te guía por caminos que no habrías imaginado...
—¿Tanto como para robar a parkisanos inocentes?
—No son inocentes, Savannah —replicó—. Además, que yo les quite algo de su fortuna no impide que sigan viviendo como monarcas.
Al repasar esa conversación, me di cuenta de que no había conocido a padre. Ese personaje que había construido alrededor de sí mismo había resultado ser un engaño para protegerme.
Me pregunté si, en los veintidós años que estuvimos juntos, hubo algún momento en el que quisiera decirme quiénes éramos de verdad.
—Locke —lo llamé—, ¿puedes venir?
Oí un ruido de pasos y el vampisano se colocó frente a mí.
—Quiero que me hables sobre padre.
El capitán de la Orden de las Espinas asintió repetidas veces y movió una mano en el aire, como si no fuera capaz de formular las palabras correctas. A pesar de que habían sido amigos, no me daba la impresión de que fuera a ser un relato amable.
Tal vez no estaba preparada para escucharlo. Sobre todo, cuando solo hacía un día que había descubierto la verdad.
—No, mejor no. —Alcé la mano—. No sé si estoy preparada.
El vampisano respetó mis deseos.
—Cuando estés lista, ya sabes dónde encontrarme.
Cerré el ejemplar de la historia de la Orden de las Espinas y, tras dejarlo en su estante, salí de la biblioteca. No había muchos trabajadores humanos, solo vampiros y sirvientes de sangre que caminaban de un lado a otro.
Entre ellos, reconocí a Ryan, el que había sido amigo de Morgana. De igual modo, él era un antiguo perdedor del Sacrificio que alimentaba a la Corona y a otros vampiros que transitaban por la corte.
—¿Qué tal tu primer día como heredera? —me preguntó mientras se separaba del grupo para hablar conmigo.
Abrí la boca para inventarme una excusa, pero estaba tan cansada que solo desvié la mirada y no contesté.
—Te veo triste... —añadió—. Y deberías estar contenta. Quiero decir..., no vas a servir a la reina de por vida con tu sangre. De hecho, algún día serás la reina.
La manera en que Ryan me hablaba sonaba más a reproche que a preocupación genuina.
Morgana ya me había dicho en alguna ocasión que era un entrometido, pero no era quién para decidir cómo debía sentirme ante mi amargo triunfo.
Sin embargo, resolví no librar otra guerra más, así que opté por responder con brevedad:
—Son muchos cambios.
Ryan recorrió el pasillo con la mirada, como si buscara a alguien en concreto. Yo sabía a quién tenía en mente, y tampoco estaba preparada para que me preguntara por ella..., otra vez.
—¿Dónde está Morgana?
—Ya te he dicho esta mañana que no lo sabía —le recordé.
—Estoy preocupado por ella. En otras circunstancias, pensaría que ha escapado. Pero después de lo que pasó no la he vuelto a ver...
El día anterior, la reina casi había desangrado a Morgana, sin importarle la guerra civil que podía causar entre ambos bandos, en concreto entre los ducados de Dahlia y Gardenia, y los de Azalea y Zinnia.
Si no hubiera sido por mí y por la ayuda de su hermana, Mary Anne, la que había sido mi compañera de vida habría partido al Prado Más Alto.
Veía a Ryan bastante preocupado, lo que mitigó ese sentimiento de hartazgo. Por eso decidí suavizar la respuesta cortante que tenía en mente.
—No lo sé, ¿de acuerdo? Mi intuición me dice que está bien, pero no creo que volvamos a verla.
Al menos, él no lo haría. Sospechaba que ambas nos reuniríamos pronto, y me preguntaba si, para entonces, seguiría mirándola con aquellos ojos de enamorada o, por el contrario, el odio ya se habría abierto paso por todo mi ser.
«Nunca nada ni nadie hará que te vea con otros ojos». Las palabras que una vez le dije se abrieron paso en mi memoria. Me equivocaba.