La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

A la mañana siguiente, la reina me convocó a la sala del trono. Sus emisarios fueron los dos soldados vampisanos, hombre y mujer, que me vigilaban desde que había ganado el Sacrificio de la Corona. Eran mis nuevos escoltas.

Me pregunté si conocerían mi verdadera identidad o, por el contrario, creerían que solo protegían a una afortunada e inesperada vencedora. Además, el vampiro me resultaba demasiado familiar.

Como si ya lo hubiera visto en mi amada y odiada aldea.

—Tú... —Entorné la mirada—. Tú eres el vampiro que me seleccionó.

De repente ya no me encontraba en el castillo, sino en el interior de aquella carpa que habían preparado en Lokkat para catar nuestra sangre y comprobar si merecíamos participar en la competición.

El vampiro que me atendió, el que se encontraba frente a mí, se había burlado de mi atrevimiento a la hora de presentarme.

—Así es. Veo que me recuerdas. —Se mostraba orgulloso.

Por cómo me miraba, sabía quién era.

—Pero... te reíste de mí cuando quise presentarme.

—Tenía que disimular. En realidad estaba allí para asegurarme de que te presentaras.

Nada había sido casual en el Sacrificio de la Corona, ni siquiera la preselección, que yo creía haber superado por méritos propios.

—Mi nombre es Locke Hill y soy el capitán de la Orden de las Espinas. Ahora estoy a tu servicio.

Elegí un vestido azul marino del extenso armario que me habían preparado. Al fin comprendía por qué me habían confeccionado tantos trajes.

Debería haber visto las señales.

Resignada, seguí a mis escoltas hasta la sala del trono.

Allí no solo se encontraba Lilith, rodeada por varios soldados de la Orden de las Espinas, sino también dos miembros de su corte que ya conocía.

Los estudié con atención mientras recorría el largo pasillo hasta el trono.

El primero era Aaron Brackstone, su chambelán, el hombre en cuyo despacho nos habíamos colado Morgana y yo días atrás.

Parecía que había pasado una eternidad desde entonces, en lugar de unas pocas semanas.

El vampisano me observó con un semblante serio, acentuado con su bigote pelirrojo. A pesar de que lo habían preparado todo para que Morgana creyera que había encontrado información sobre mí, no le debía de haber agradado que yo también hubiera participado en la intrusión.

La segunda parkisana que lo acompañaba, una humana, era la Suma Sacerdotisa, la máxima autoridad religiosa y la supuesta reencarnación de la Santa Sangrienta.

Al igual que la última vez que la vi, llevaba un camisón grisáceo, y su cabello canoso rozaba el suelo.

Su expresión era más cándida que la de Aaron, como si me perdonara con su superioridad moral.

—Buenos días, Savannah. Espero que hayas descansado —dijo Lilith con ánimo de que le respondiera.

Cuando no lo hice, bebió de su copa de sangre y prosiguió—: Como te comenté ayer, hoy comenzarás tu preparación para el Rito de las Doce Espinas.

Omelia me ha dicho que ya te ha contado en qué consiste esta tradición.

Me limité a asentir con la cabeza.

—El rito requiere de una preparación previa para superarlo. Por lo general no es necesario, ya que los herederos se preparan durante toda su vida para reinar en Parkisan. Pero tu caso es diferente.

En otras palabras, mi cometido durante las siguientes semanas, incluso meses, sería prepararme para un ritual en el que no creía para heredar un trono que no deseaba.

Al menos, hasta que lograra marcharme de allí.

—¿Y en qué consiste esa preparación?

—Como futura princesa de Parkisan, debes conocer a todos tus súbditos: el pueblo llano, los religiosos, la nobleza y la Corona. Cada estamento tiene sus entresijos, por lo que una buena princesa debe pensar siempre con el corazón para cada uno de sus ciudadanos.

—Si esa es la idea —respondí, desafiante—, ¿por qué siempre has reinado pensando en tus intereses y no en los del pueblo?

Un silencio incómodo se instauró en la sala del trono. La Reina Colmillos torció el gesto y, acto seguido, dio un trago para disimular su irritación. Aaron Brackstone me dedicó una de sus peores miradas, pero la Suma Sacerdotisa no borró su sonrisa cándida del rostro.

El ambiente se podía cortar con una espada sin afilar.

—Aaron Brackstone y Lorelai, nuestra Suma Sacerdotisa, te ayudarán en todo lo que necesites —soltó Lilith con voz monótona, ignorando mi pregunta.

De nuevo, paseé la mirada entre el chambelán de la reina y la Suma Sacerdotisa. Ella no contaba con apellido porque se decía que los religiosos cortaban las raíces que los ataban al mundo mortal cuando pasaban a dedicar su vida a transmitir el mensaje de las cuatro diosas.

—Para el estamento de la nobleza, pasarás unos días con nuestros duques.

—La monarca se alisó con los dedos un mechón de su larga melena castaña en un pequeño pero claro gesto nervioso que a muchos les hubiera pasado desapercibido—.

En otras circunstancias, habrías visitado los cuatro ducados.

Pero, por razones que comprenderás, solo te aceptarán en Dahlia y Gardenia.

Maravilloso, tendría que ver otra vez a la familia de Morgana. Como eran amigos suyos, dudaba que me mandaran a Gardenia.

—Savannah. —La reina pareció leer mis pensamientos.

—Dime.

—Cuando llegue el momento, espero que sepas comportarte ante los duques de Dahlia. Ni tú ni yo podemos permitirnos perder nuestra alianza con ellos.

A pesar de que el dolor por la traición de Morgana me desangraba cada vez más, como una herida que no sanaba, eso no significaba que fuera a ver a los duques con otros ojos. Seguían siendo unos malnacidos, y esperaba que nunca encontraran el descanso eterno.

—Por supuesto.

—Por último, para conocer mejor la institución de la Corona, se invita a los futuros herederos a viajar a una corte vecina.

De este modo, descubren más formas de reinar, aparte de la de su familia.

Pero como casi todos los países vecinos nos cerraron sus fronteras hace décadas, solo uno podrá ayudar en tu preparación: Korane.

Cuando el vampirismo empezó a asolar Parkisan, tanto Lemanat como Nibringar cortaron todo tipo de relaciones con nosotros para evitar que la epidemia llegara a sus tierras.

El único país que le había tendido la mano a Parkisan era uno cuyo destino había sido todavía más sombrío: Korane.

Cuando la reina Kendra era solo una adolescente, se negó a realizar el ritual anual de Korane.

En consecuencia, su dios lanzó una maldición por la que todos sus súbditos, incluida la familia real, murieron.

Desde entonces se la conocía como la Reina de Nadie.

—¿De qué manera me va a ayudar alguien que no ha reinado a ser una buena monarca? —Me encogí de hombros, divertida.

Aunque lo pensaba de verdad, también comprendía que era la única opción que teníamos.

Solo había formulado la pregunta para molestar a la mujer que me había engendrado.

Sin embargo, la expresión que me devolvió no fue de hartazgo, sino más bien de vergüenza.

Su mirada se situaba tras de mí y, en ese momento, noté que una mano se posaba en mi hombro.

Entonces me volví y me di cuenta de que había cometido un grave error: Kendra IV se encontraba en la sala del trono. Conmigo. Con nosotros.

Pensaba que se había marchado después del baile por el aniversario de Parkisan, tras luchar mano a mano contra los enemigos. Pero estaba claro que me equivocaba.

—Una verdadera reina no solo lo es por la gente sobre la que gobierna —me respondió con una media sonrisa—. Una reina lo es por su preparación y sus ansias por dejar un mundo mejor que el que se ha encontrado.

Al igual que el día que la conocí, Kendra IV llevaba un vestido azul oscuro, la misma tonalidad que coloreaba sus labios. Su cabello negro brillaba tanto a la luz de las antorchas que habría dicho que también tenía un matiz azulado.

Cuando llegó a la altura de la Reina Colmillos, el chambelán y la Suma Sacerdotisa, no pude hacer más que desviar la mirada.

—Perdónala, Kendra —se disculpó Lilith—. Savannah lleva... desafiándome toda la mañana, y supongo que quería acrecentar mi enfado.

De reojo, observé que Kendra jugueteaba con el pequeño frasco que llevaba colgando del cuello, algo cabizbaja.

—No te preocupes —respondió con voz entristecida—. Entiendo que esté nerviosa debido a los últimos acontecimientos. No ha debido de ser fácil.

«Los últimos acontecimientos». Kendra también sabía quién era yo, como el chambelán y la Suma Sacerdotisa.

—¿Qué hacéis aquí otra vez? —preguntó la Suma Sacerdotisa, no muy contenta de que la monarca estuviera allí.

Debía de ser de las que la consideraban una persona maldita a la que era mejor tener lejos por si nos contagiaba su infortunio—.

No deberíais dejar Korane abandonado a su suerte, cualquiera podría reclamar vuestro país.

—Agradezco tu preocupación, Suma Sacerdotisa, pero nadie se acerca a Korane. Creen que con solo poner un pie allí se quedarán sin súbditos, como yo. Tal vez estén en lo cierto.

En ese momento, cuando la reina iba a dar por finalizada la asamblea, la Suma Sacerdotisa dio un paso al frente.

—Me gustaría que Savannah empezara su preparación conmigo antes de hacerlo con su chambelán, Su Majestad. Creo que la religión puede aportarle lo necesario para enderezar su camino. Además, mañana comienza la iniciación con los nuevos aspirantes al sacerdocio.

Me horrorizaba escuchar que esa mujer creía que podría subsanar años de secretos y mentiras. Sin embargo, como mi destino ya no dependía de mí, vi cómo Lilith asentía con la cabeza.

—De acuerdo, Lorelai. Puedes empezar tú con ella. —Entonces la reina posó sus ojos en los míos para sentenciar mi futuro—: Savannah Delagarde, a partir de mañana, y durante las próximas semanas, serás una aspirante a sacerdotisa más.