La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 1
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La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2)

La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2)

Por Esperanza Luque

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Capítulo 1

Siempre sospeché que moriría por culpa de los vampiros, pero jamás habría imaginado que gracias a ellos seguiría con vida tras el Sacrificio de la Corona..., y que arruinarían mi venganza. La misma que había jurado cumplir aunque me llevara a la tumba.

El rugir del gentío reverberó en mis oídos cuando salí al balcón del castillo de Branamor acompañada por la reina y Omelia. Me iban a proclamar legítima ganadora del Sacrificio de la Corona.

O más bien legítima tramposa.

—¡Queridos ciudadanos de Parkisan! —comenzó Lilith—. Han pasado veinte largos años desde que la Corona iniciara su misión: ¡encontrar a una heredera que estuviera a la altura de este gran reino! Hoy, después de tanto tiempo, esa búsqueda ha llegado a su fin.

Con la mirada, me invitó a dar un paso adelante. Intenté que la sonrisa falsa no se me desmoronara en la cara mientras avanzaba por el balcón.

Los parkisanos que se agolpaban fuera del castillo vocearon con más fuerza.

—¡Ella es Savannah, originaria de Lokkat, aldea del ducado de Azalea!

—Acto seguido, Lilith se volvió hacia mí.

Me pilló por sorpresa la delicadeza con la que me tomó de las manos antes de decir—: ¡A partir de hoy, Savannah, serás una Delagarde más!

¡El castillo de Branamor será tu hogar y Parkisan, tu pueblo!

Le sostuve la mirada, estupefacta por la elegancia con la que estaba engañando a todo el mundo.

Me pregunté cuál sería mi destino si desmontaba su discurso y revelaba que, en realidad, era su hija de sangre.

Cuáles serían entonces las probabilidades de no acabar con la cabeza cortada en una revuelta...

Los recuerdos de mis días en el monasterio de la Santa Sangrienta se abrieron paso en mi memoria. La mayoría de mis compañeros murieron para que yo sobreviviera.

—¡Ella es Savannah Delagarde! —Lilith volvió a mirar a la multitud—. ¡La heredera que llevará a Parkisan a la gloria!

Mi intento de sonrisa murió ante sus últimas palabras. De reojo, vi que Omelia, mi prima segunda, ensanchaba su mueca para que volviera a esbozar la mía. Pero no podía. Me preguntaba si los parkisanos se habrían dado cuenta desde la distancia de que mi semblante se había ensombrecido.

—¡La semana que viene se organizará una feria en Dhoul para celebrar el fin del Sacrificio de la Corona y el inicio de una nueva era! —exclamó.

Y así terminó todo.

Respiré aliviada una vez que regresamos dentro, donde los escoltas vigilaban nuestros pasos.

Admiré la lujosa estancia que, a partir de ese momento, sería mi gran prisión, y empecé a anhelar la libertad que yo misma me había arrebatado al presentarme al Sacrificio de la Corona.

Pero ¿realmente llegué a ser libre o solo fue una ilusión creada por padre?

Un apretón en el hombro me sacó de mis oscuros pensamientos.

—¿Todo bien? —me preguntó Omelia.

Asentí con la cabeza, sin llegar a contestarle con palabras. La reina había comenzado a hablar sobre cómo iba a ser mi vida desde ese instante, y eso captó toda mi atención.

—A partir de mañana deberás prepararte para el Rito de las Doce Espinas.

No podemos perder tiempo o, de lo contrario, Clement podría acabar haciéndose con la Corona.

También tendrás clases sobre diferentes materias a la hora de comer para convertirte en una princesa culta.

Así que, por ahora, te librarás de comer con nosotras.

Sentí que me desbordaba por dentro. Ya me lo había dicho en su torreón: mi destino era ser princesa.

Había organizado al detalle el resto de mi vida.

Si me negaba a seguir sus planes, solo conseguiría que intensificara la vigilancia sobre mí, lo que dificultaría aún más mi supervivencia en el castillo.

—De acuerdo —me limité a contestar.

Lilith arqueó una ceja. Ambas sabíamos que, en realidad, no estaba de acuerdo con esa situación, pero también que no había nada que yo pudiera hacer. Aun así, no iba a dejarme en paz.

—Ni siquiera me has preguntado qué es el Rito de las Doce Espinas —dijo mientras alzaba la barbilla—. Creo que solo me has respondido lo que quiero oír.

Luché para que no me temblara la mandíbula como respuesta a la impotencia y la tristeza que me recorrían por dentro.

—¿Para qué luchar contra los deseos de la Corona cuando soy yo contra todos vosotros? No pienses que estoy siendo complaciente, eso es lo último que sería.

Lilith (me negaba a referirme a ella como madre ) dio un paso hacia mí, intentando intimidarme, como si no terminara de creérselo. Por su actitud, debía de esperar que acabara apartando la mirada, como hacía todo el mundo en su presencia. Pero no pensaba mostrar ni un signo de flaqueza ante ella.

—Más bien insolente —me espetó ante el desafío con el que la observaba.

Respiré aliviada cuando por fin me dejó sola; no habría soportado que ese encuentro se hubiese dilatado mucho más.

Me volví para soltar cuatro improperios sin que los soldados de la Orden de las Espinas repararan en ello.

Sin embargo, me detuve en el acto en cuanto me di cuenta de que Omelia seguía allí.

—Conmigo no tienes que fingir —comentó.

Separé los labios. Por supuesto que también tenía que fingir delante de ella. Quizá podía ser un poco más sincera que con Lilith, pero esa mínima sinceridad también debía disfrazarla con mentiras.

—Es solo que... ¿De qué me servirá resistirme? —Me encogí de hombros—. Lo único que conseguiría sería meterme en más problemas. Solo quiero sentirme libre dentro del que debería ser mi hogar.

—Es tu hogar... —respondió con cierta hostilidad.

Desvié la mirada. Sabía que, por mucho que intentara comprenderme, jamás podría ponerse en mi lugar. Para Omelia, esa era la vida que conocía, y nunca renunciaría a ella. ¿Por qué iba a hacerlo yo entonces?

—Todo esto es nuevo para mí. Tengo mucho que asimilar y, hasta anoche, creía que solo era una aspirante más.

Omelia relajó su expresión ante la honestidad con la que en apariencia le estaba hablando. Colocó una mano sobre mi hombro como si con ese gesto pudiera consolarme.

—Estaré para ti en todo lo que necesites. Puedes confiar en mí.

Apreté su mano para mostrarle agradecimiento por su apoyo. A mi madre de sangre no podía engañarla, pero a Omelia sí. Necesitaba una aliada en el castillo y, si mi estrategia funcionaba, si aguantaba lo suficiente, quizá, solo quizá, algún día tendría la oportunidad de huir de esa jaula de oro.

Así que, después de forzar una tierna sonrisa, le contesté:

—Gracias. Y esto... ¿Qué es el Rito de las Doce Espinas?

Omelia me llevó hasta el templo que se encontraba al lado de los jardines del castillo.

Ya había estado allí durante el funeral de Darius Hearnshaw, el maestro de ceremonias del Sacrificio de la Corona y bufón de la corte.

Mi prima se dirigió hacia el círculo de piedra que había en el centro del lugar de culto a las cuatro diosas.

—El Rito de las Doce Espinas es el ritual al que se enfrenta todo futuro heredero de Parkisan. Se celebra aquí, en el altar. —Señaló la zona donde convergía el sendero—. Bajo este suelo hay una piscina termal en la que deberás sumergirte al atardecer para enfrentarte a la prueba.

Abrí mucho los ojos. ¿Más pruebas? ¿No me había enfrentado ya a suficientes?

—No te preocupes, Savannah. Es una tradición sencilla. Las cuatro diosas leerán tu corazón y te aceptarán como su princesa.

Aunque durante el Sacrificio de la Corona había rezado por el alma de padre y de Morgana cuando pensaba que ella estaba muerta, lo cierto era que no creía en las diosas. Me gustaba pensar que había algo tras la muerte, sí, pero estaba convencida de que ellas no se encontraban en ese «algo».

—Y... ¿cómo van a leer mi corazón? —le pregunté, incrédula.

Omelia levantó la mano para señalar cada una de las estatuas que custodiaban el círculo.

—La diosa Adhelia leerá si tu destino es reinar, que lo es.

La diosa Amarea juzgará si tus intenciones como reina son buenas.

La diosa Talamia dictaminará si brindarás salud a tu pueblo, en vez de enfermedad.

Y la diosa Namiria sentenciará si tu amor por este reino es sincero, sin intereses propios que lo corrompan.

Qué ironía. Mi madre de sangre había brindado más enfermedad que salud a Parkisan, y a mí me había engendrado solo para quedarse con el trono. Su amor por la Corona no era precisamente genuino y, aun así, había superado el dichoso rito.

—¿Y para eso me tengo que preparar? —Arqueé una ceja.

—No es una broma, Savannah. —Omelia me dedicó una mirada un tanto disgustada al captar mi escepticismo—. Que sea una prueba sencilla no significa que cualquiera pueda superarla.

Luché por no poner los ojos en blanco, aunque me costó. Por mucho que quisiera huir, sabía que era poco probable conseguirlo antes de pasar por el rito. Debía informarme de todo lo que conllevaba la prueba.

—¿Y qué sucedería si no lo superara?

—Según el Elanon, una enredadera con doce espinas emergerá de la piscina termal y te arrastrará al fondo.

La enredadera representa la ira de nuestras diosas.

—Omelia vio que la observaba con incredulidad, aunque interpretó esa expresión como desasosiego—.

Pero no tienes nada que temer, Savannah, porque superarás el rito. Es tu destino.

Antes de responderle, estudié con atención el círculo de piedra bajo el que se encontraba la piscina termal. La supuesta amenaza no era más que una invención para temer a lo divino, a lo desconocido.

—¿Y eso lo dicen nuestros textos sagrados? —la cuestioné—. No lo había oído nunca...

Morgana jamás mencionó en sus clases sobre mitología que una enredadera me fuera a engullir ni tampoco me habló de ese rito.

Omelia repiqueteó el suelo con el pie antes de confesar:

—Es un pasaje que nuestra familia censuró del Elanon para que ningún plebeyo osara realizar el Rito de las Doce Espinas.

Me sorprendió la normalidad con la que me acababa de revelar esa información. Aunque no tendría que extrañarme; no debía de ser la primera vez en que se aprovechaban de sus privilegios para manipular al pueblo. De hecho, ¿cuántos secretos más habría sobre Parkisan?

—¿Eso significa que Clement nunca ha sido príncipe? —Popularmente se le conocía como tal, pero para serlo tendría que haber superado esa tradición.

—Jamás. Solo quien haya superado el rito puede ser príncipe.

Estaba harta de mentiras y de verdades a medias. Sin ser consciente de ello, mi vida había estado marcada por secretos.

La única persona que había sido honesta conmigo fue madre. Madre, la que me había criado, la que había sido más madre que nadie, aunque no compartiéramos la misma sangre. Pero entre las paredes de ese castillo ya no tenía a nadie en quien confiar, en quien refugiarme. Ni siquiera a Morgana.

De soslayo, observé que Omelia empezaba a preocuparse por mi silencio, o quizá porque me mostraba bastante alicaída.

—¿Me puedes contar tu historia con Brandon? —le pregunté de repente.

Lo hice para cambiar de tema, pero también porque Omelia había vivido una situación similar a la mía. Ella había amado y había perdido. Era la muestra de que un romance entre dos bandos está destinado a marchitarse.

No pensé que fuera a contestarme. Acabábamos de conocernos, y era un tema muy delicado. Sin embargo, mi prima suspiró y empezó a andar de vuelta al castillo mientras se sumergía en aquellos recuerdos. Yo la seguí, intrigada.

—Brandon y yo nos conocemos desde pequeños.

Aunque el ducado de Zinnia está en contra de la reina, la duquesa y ella eran amigas desde la infancia.

Por eso la reina la invitaba una vez al año al castillo con la esperanza de hacer las paces y convencerla de que se uniera a ella.

Al principio solo éramos dos niños que trataban de divertirse en un mundo de adultos.

Pero, cuando llegamos a la adolescencia, empecé a sentir algo diferente por él.

Sentí... que era el único que me entendía en este mundo.

Entorné la mirada.

—¿A qué te refieres?

—A que, para mí, la enemistad entre Lilith y Clement no merecía la pena... y él pensaba del mismo modo, supuestamente. Soñábamos con un futuro en el que pudiéramos ser felices, sin los bandos que nos habían impuesto.

No deberían haberme sorprendido sus palabras. Para ella era muy sencillo reducir el futuro de nuestro reino a una disputa familiar de la que se había hartado. Me pregunté si yo lo habría visto del mismo modo de haber crecido entre la realeza.

Me dio un vuelco al corazón al darme cuenta de que era muy probable.

—Me enamoré de él... —Omelia entrelazó las manos, presa de aquel recuerdo agridulce—.

Y sé que hubo un momento en que él me amó de verdad, pero no pudo evitar aprovecharse de mi confianza para sacarme información.

Entonces Lilith descubrió que la diosa Namiria había unido nuestros destinos y, de alguna forma, también supo que Brandon estaba informando a Clement de todos sus avances conmigo.

Dejó de invitar a la duquesa y me prohibió seguir viéndolo, aunque tampoco hizo falta.

Me había traicionado. No quise volver a saber nada de él.

Mi inocencia casi nos costó la Corona —concluyó.

Cuando los ojos de Omelia se tiñeron de tristeza, comprendí su dolor, porque era el mismo que estaba sintiendo yo. Ambas habíamos confiado en la persona equivocada; ella por ingenuidad y yo por ignorancia.

—Pensaba que... el amor lo podría todo —prosiguió—. Igual que tú con Morgana.

El atisbo de comprensión que estaba sintiendo por ella desapareció de golpe.

—Lo mío con Morgana es diferente. Ni ella ni yo sabíamos que era la hija de la reina; de lo contrario, nunca me habría acercado al enemigo.

En realidad, la monarca de Parkisan seguía siendo mi enemiga. Sin embargo, bajo todas esas capas de dolor, empezaba a entender que ir en contra de ella significaba ir en contra de mí misma.

—¿Sigues creyendo en la causa del príncipe Clement? —me preguntó.

Me mordí el labio inferior. Continuaba pensando que había que acabar con los vampiros, pero no con el hermano de Lilith como máximo representante.

—¿Por qué voy a seguir apoyando una causa que me quiere muerta?

Odiaba con toda mi alma a esas criaturas sanguinarias, pero intentaba ser coherente. No era tan ignorante como para apoyar un bando que solo había sido creado para que yo desapareciera. Encontraría otro modo de acabar con ellos.