La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8) Capítulo 36 El espejismo urbano
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Capítulo 36 El espejismo urbano

Adrián se refugió en su antigua oficina, un cubículo acristalado que dominaba el parqué de operaciones como una torre de vigilancia. Tras cerrar la puerta, el ruido del resto de la planta quedó amortiguado, sustituido por el zumbido sordo y constante de los servidores ocultos en el falso techo.

A través del cristal, el parqué parecía un hormiguero en trance.

Abajo, los operadores se movían con ese frenesí eléctrico que él tanto había dominado; las pantallas gigantes proyectaban ríos de datos, cascadas de color verde esperanza y rojo herrumbre que fluctuaban sin cesar.

Por un instante, el peso del ébano de la mesa de juntas y el frío del aire acondicionado hicieron que su memoria flaqueara.

Una duda atroz, como un ácido, empezó a carcomer su resolución.

Cerró los ojos e intentó invocar el recuerdo del pozo, el tacto rugoso de la piedra mudéjar y el perfil de Jimena bajo la luz de la hoguera.

Pero, bajo el bombardeo de los datos en tiempo real, aquellos recuerdos se tornaron planos, inmateriales.

Se sintieron como lo que la firma quería que fueran: los delirios de un hombre que había colapsado bajo la presión, una alucinación fabricada por un cerebro roto por el aislamiento.

¿Había sido el páramo una salvación, o simplemente un episodio de locura temporal que el sistema estaba corrigiendo?

La lógica corporativa, implacable y magnética, comenzó a envolverlo de nuevo.

¿No era esta la "vida real"? ¿No era esta la única maquinaria capaz de sostener el mundo, perfectamente engrasada y previsible?

Renunciar a ella, volver a una vida de incertidumbre, frío y hambre, se le antojó, por un segundo, un acto de suicidio profesional definitivo.

El bróker que habitaba en él, el hombre que medía su valor por su capacidad de predecir el futuro, sintió vértigo ante la idea de perder el control que esta estructura le brindaba.

Apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana, buscando un punto de apoyo en la verticalidad del edificio.

Pero entonces, la vibración de los servidores comenzó a recorrer su cráneo, un hormigueo sutil que le recordó la dureza de la piedra.

Cerró el puño, sintiendo el roce de sus propios callos contra la palma de la mano, un recordatorio de que su piel había cambiado.

Sin embargo, el edificio le susurraba una verdad cínica: el engranaje de la ciudad, con su peso de hormigón y cables, nunca se detendría por el amor de un náufrago.

El mercado no sentía nostalgia; el mercado devoraba.

Y él, apoyado contra aquel cristal, sintió que el espejismo no era Teruel, sino que el verdadero espejismo era creer que alguna vez había sido libre allí, cuando su deuda seguía siendo una cadena atada al cuello, esperando a que él volviera a tirar de ella.