Capítulo 35 La oferta del mercado
La sala de juntas de la firma, en el corazón del Paseo de la Castellana, conservaba esa frialdad quirúrgica que Adrián recordaba como el centro de su mundo.
El aire acondicionado inerte, con su zumbido apenas perceptible, le erizó la piel bajo la fina tela del traje de sastre.
Caminó sobre la moqueta gris, sintiendo que sus pasos no resonaban, sino que eran absorbidos por el entorno aséptico de la corporación.
Al otro lado de la mesa, un monolito de madera de ébano pulido y acero cromado, sus socios principales esperaban con una calma que resultaba más hostil que un grito.
No hubo saludos, ni mención a su desaparición, ni siquiera un gesto de empatía humana ante su aspecto más desmejorado.
Todo fue directo, una logística de la frialdad.
—No estamos aquí para reprocharte nada, Adrián —dijo Valdés, deslizando un fajo de documentos sobre la mesa—. El mercado no espera y la liquidez de la firma es lo único que nos interesa.
La propuesta era un mecanismo de relojería: desistimiento total de la demanda penal por abandono de activos, la recuperación de su cartera de clientes preferentes y un ascenso directo a la dirección general.
A cambio, solo pedían el silencio corporativo sobre las irregularidades de la firma y la firma de un contrato de exclusividad de cinco años. Las cifras que aparecían en las cláusulas eran una retahíla de ceros que habrían borrado cualquier deuda, cualquier pasado y cualquier culpa.
Sobre la mesa, los terminales de los socios parpadeaban con un pulso constante: el flujo en tiempo real de las ganancias del día. El sonido rítmico de aquel despliegue digital era un latido que, en otros tiempos, le había parecido música celestial.
Valdés colocó un bolígrafo de lujo, pesado y frío, sobre los documentos.
Adrián extendió la mano. Por un segundo, el peso del objeto entre sus dedos —un peso que conocía bien, un peso que prometía seguridad, éxito e invulnerabilidad— le congeló la voluntad.
Sus dedos, aún marcados por las cicatrices de la caliza y el esfuerzo del páramo, se quedaron suspendidos sobre el papel inerte.
La tentación de volver a ser el analista infalible, de recuperar el estatus que lo protegía del mundo, se le coló por las venas como una droga conocida.
Era la seguridad de lo irreal contra la dureza de lo verdadero. El bróker estaba a punto de despertar.