La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8) Capítulo 34 La distancia del asfalto
81%

Capítulo 34 La distancia del asfalto

El aire de Madrid le resultaba insuficiente, un gas pesado y viciado que no oxigenaba, sino que adormecía los sentidos con un letargo sintético.

Incapaz de sostenerse en pie dentro de aquel mausoleo de cristal y mármol que era su apartamento —una jaula de lujo diseñada para el aislamiento—, Adrián buscó el único ancla que le quedaba en el mapa.

Sus dedos, aún torpes al manipular la pantalla táctil de aquel teléfono corporativo, marcaron el número de Jimena con una urgencia que rozaba el temblor.

El tono de llamada sonó metálico, una nota artificial y desafinada que cortó el recuerdo del silencio sagrado de la aldea. Cuando finalmente ella respondió, la voz de Jimena llegó como un espectro, distorsionada por una inestabilidad que convertía cada sílaba en un mosaico de fragmentos digitales.

—¿Adrián? —preguntó ella. Su voz sonaba lejana, casi inaccesible, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo inabarcable.

—Jimena, no puedo… —empezó a decir él, desesperado por vomitar toda la asfixia que le oprimía el pecho: el peso del traje, la luz hiriente del neón, el zumbido eléctrico que ya no cesaba en su cráneo—.

Aquí todo es una farsa. Es como si me hubieran enterrado vivo bajo toneladas de ruido blanco.

Necesito que me entiendas, necesito que vuelvas a ver quién soy.

Pero sus palabras, al viajar a través de los satélites y las torres de repetición, perdieron su alma en el trayecto. Sonaban planas, huecas, desprovistas de esa urgencia visceral que le quemaba las entrañas.

Al otro lado de la línea, el ruido de fondo lo delataba: el martillo golpeando la piedra, el roce seco de una espátula contra el adobe.

Era el sonido de una vida que seguía girando sin él, una realidad sólida y terrenal que la tecnología estaba convirtiendo en un eco irreal, en una transmisión de datos sin significado.

Jimena respondía con frases cortas, una frialdad medida que le helaba la sangre.

El canal digital, ese puente que debía unirlos, funcionaba en realidad como un filtro que despojaba a su relación del tacto, de la calidez de las sombras de la hoguera y del latido directo que los había salvado en la rectoría.

Adrián notó cómo, con cada respuesta, ella se alejaba un centímetro más hacia la inmensidad del páramo, mientras él se hundía, sin remedio, en la viscosidad del asfalto.

De repente, una ráfaga de estática ahogó la voz de Jimena, seguida de un silencio súbito y definitivo. La línea murió. Adrián se quedó con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el vacío sordo del tono de silencio, un sonido que le taladraba el tímpano con la precisión de un bisturí.

En ese momento, la lucidez le cayó encima con el peso de una losa.

El desierto de datos lo había convertido, una vez más, en un extraño.

La ciudad no solo le robaba el oxígeno; le estaba robando el derecho a ser el hombre que ella había conocido.

Jimena seguía siendo de piedra, inmutable y eterna, y él, al regresar al asfalto de su antigua vida, se estaba desvaneciendo, convirtiéndose de nuevo en humo.