Capítulo 33 Las náuseas de la red
Sobre la mesa de ébano de su despacho, el nuevo terminal móvil, envuelto en un plástico estéril, aguardaba como un arma cargada.
Adrián lo sacó de la caja con la misma cautela con la que se manipula un explosivo.
Al insertar la tarjeta y mantener pulsado el botón de encendido, la pantalla se iluminó con una luz azulada, quirúrgica, que se reflejó en sus pupilas.
Fue un error. Una traición a su propia paz.
En un instante, el aparato comenzó a convulsionar.
El terminal vibró con una intensidad maníaca, un zumbido eléctrico que parecía rebotar contra las paredes de la habitación.
La pantalla se convirtió en un río desbocado: miles de notificaciones se apilaron una tras otra en un desfile ensordecedor.
Correos electrónicos marcados con la urgencia roja de los tribunales, alertas bursátiles que parpadeaban con la cadencia de una luz estroboscópica, mensajes de socios exigiendo explicaciones y gráficos de pérdidas que se dibujaban como latidos de un corazón agonizante.
El ruido mecánico no era solo sonoro; era una frecuencia física que le taladraba el cráneo.
Adrián retrocedió, pero el vértigo lo golpeó antes de que pudiera alejarse.
El parpadeo frenético de los datos le provocó una náusea violenta, un mareo que le hacía sentir cómo el suelo bajo sus pies perdía su solidez, transformándose en una superficie inestable de números y algoritmos.
Su pulso se disparó, galopando en su garganta con la misma urgencia frenética de los mercados que antes lo definían, pero esta vez, el efecto era opuesto: ya no sentía adrenalina, sino un vacío gélido y absoluto.
Comprendió con horror que el mercado no estaba pidiendo su trabajo; estaba intentando dictar, una vez más, sus constantes vitales. La red quería conectarse a sus venas, absorber su ritmo y devolverle el zumbido fantasma que tanto le había costado acallar en el páramo.
Con un gesto brusco, dejó caer el teléfono sobre la mesa de cristal.
El dispositivo rebotó, emitiendo un sonido seco, metálico, mientras continuaba latiendo con la electricidad de sus notificaciones perdidas.
Adrián se alejó hacia el rincón más oscuro del despacho, tapándose los oídos.
El teléfono sobre el cristal era un ataúd digital, un sarcófago tecnológico que le recordaba que, por mucho que intentara esconderse, la civilización tenía la capacidad de perseguirlo hasta dentro de sus propias pesadillas.