Capítulo 32 El traje de cristal
La mañana no trajo claridad, sino la frialdad aséptica de un escaparate.
Adrián se detuvo frente al espejo de cuerpo entero en su vestidor, un espacio de luz cenital donde su propia imagen parecía un objeto ajeno.
El hombre que le devolvía el reflejo era un extraño: un cuerpo más enjuto, con los hombros más anchos y marcados, una estructura de huesos y músculo forjada por la cantera que desafiaba la elegancia artificial de su guardarropa.
Comenzó el ritual con una lentitud mecánica, casi dolorosa.
Calzarse los zapatos de cuero italiano fue el primer suplicio; el material rígido, pulido hasta el brillo, aprisionó unos pies que durante meses habían aprendido a sentir la textura del barro, la piedra y la tierra húmeda.
Al abrocharse la camisa de hilo, el tejido blanco, inmaculado y preciso, le pareció un sudario.
Cuando finalmente se ajustó la corbata fina y se enfundó la chaqueta de sastre a medida, la sensación fue de asfixia.
La prenda, diseñada para la ergonomía de un despacho, se sentía como una armadura pesada y opresiva, un caparazón que impedía que sus pulmones, acostumbrados a la libertad del páramo, se expandieran con naturalidad.
Se miró fijamente a los ojos. Buscaba al ejecutivo de alta frecuencia que una vez dominó los mercados, pero no lo encontró.
En su lugar, vio a un náufrago con el rostro curtido por el sol calcinante de Teruel, con una mirada descarnada que delataba una verdad demasiado vasta para el entorno simétrico de su piso. La máscara de éxito le quedaba grande, desajustada, una reliquia de un hombre que ya no existía.
La náusea le trepó por el esófago al observar la superficialidad de aquel engranaje social que le exigía volver a encajar, a ser una pieza lisa y previsible.
Por instinto, intentó ensayar la sonrisa de tiburón corporativo, esa curva ensayada que siempre le había servido para cerrar tratos y neutralizar oponentes.
Pero la piel de sus labios, todavía cicatrizada y quebradiza por el frío del invierno que empezaba a acechar en sus recuerdos, no respondió.
La tensión de la mueca fue suficiente; un corte profundo se abrió sobre su labio, y una gota de sangre, roja y viva, resbaló por la comisura hasta manchar la blancura inmaculada del cuello de su camisa.
El rojo sobre el blanco fue una declaración de guerra: el páramo, escondido en su propia piel, se negaba a ser domesticado.