Capítulo 31 La invasión de la luz
Al cruzar el umbral de su apartamento en el centro, el choque fue aún peor.
El ambiente estaba inerte. El aire, procesado por un sistema de climatización que zumbaba con una frecuencia monótona y sintética, carecía de vida.
Olía a plástico, a polvo de oficina y a una esterilidad que le revolvió el estómago. Era el olor de una celda de lujo.
Caminó hasta el recibidor, donde una pila de correspondencia acumulada parecía una ofrenda fúnebre.
Allí, destacando sobre el mármol, encontró una notificación judicial de urgencia.
Los términos eran inequívocos: la firma exigía su presencia inmediata bajo la amenaza de una demanda penal por abandono de activos y negligencia financiera.
El documento, con sus sellos oficiales y su tipografía fría, dictaba su condena: el mundo que él creía haber dejado atrás reclamaba su carne.
La presión en su pecho se volvió insoportable.
Adrián se arrastró hasta el gran ventanal que dominaba los tejados de la ciudad.
Afuera, el rugido mecánico de millones de motores y el pulso eléctrico de Madrid creaban una sinfonía de opresión que le impedía respirar.
El silencio de la rectoría, el peso de la piedra bajo sus dedos y la mirada de Jimena parecían ahora un sueño desvanecido en una neblina remota.
La luz de la ciudad se derramaba sobre él, una claridad artificial y cruel que buscaba desnudarlo.
Incapaz de sostener la mirada a la jungla de neón, Adrián se vio obligado a bajar las persianas con violencia.
Se encerró en la oscuridad, hundiéndose en el silencio artificial de su propio apartamento, sintiendo cómo el oxígeno se agotaba mientras la culpa —la espina de haber dejado a Jimena sola en la piedra— se le clavaba en la garganta con la fuerza de un ancla.