Capítulo 30 La grieta
El amanecer no trajo el canto habitual de las aves ni el susurro del viento entre las encinas.
A las siete en punto, el silencio del páramo fue mutilado por un rugido mecánico, una vibración telúrica y metálica que hizo que hasta las tejas más viejas de la rectoría repiquetearan en protesta.
Un todoterreno blanco, rotulado con los emblemas asépticos de la diputación, irrumpió en el corralón sin pedir permiso; sus neumáticos masticaron la gravilla con una violencia innecesaria, levantando una nube de polvo grisáceo que, durante un instante, pareció empañar la pureza del aire matinal.
Adrián y Jimena salieron al porche, parpadeando ante la luz plomiza y el contraste cegador de aquella presencia invasora.
Del vehículo descendió un hombre ataviado con un chaleco reflectante de un amarillo neón tan hiriente que resultaba obsceno bajo aquel cielo de tormenta.
Sostenía un terminal satelital que emitía una serie de pitidos electrónicos, constantes, agudos, una frecuencia sintética que para Adrián sonó como un estilete clavándose directamente en sus oídos.
El zumbido fantasma, aquel demonio que creía haber incinerado bajo el trabajo de la piedra, regresó de golpe, vibrando en la base de su cráneo.
El contratista se detuvo al verlos. Sus ojos, acostumbrados a escanear planos de hormigón y hojas de cálculo, recorrieron a Adrián con una insolencia burocrática, deteniéndose en sus manos curtidas, en las cicatrices de la cal y en la ropa que ya no era más que un despojo.
El hombre frunció el ceño con desdén, sacó una tablet y, tras verificar una fotografía, esbozó una sonrisa rígida, una mueca carente de cualquier humanidad.
—Adrián Vilar —dijo el hombre. Su voz no era natural; parecía proyectarse desde un altavoz de otro mundo, un mundo que ya no le correspondía—.
Estás difícil de encontrar, amigo. Tu socio, el señor Valdés, no ha dejado de presionar a la Guardia Civil.
Tienes una quiebra legal que resolver en Madrid, y créeme, no van a aceptar el "retiro espiritual" como excusa para el agujero que has dejado en las cuentas.
El nombre golpeó a Adrián como una descarga eléctrica. La náusea, una sensación agria y punzante, le subió por el esófago, un sabor a bilis y fracaso. El contrato, las auditorías, las amenazas de muerte civil, todo el andamiaje podrido de su antigua vida acababa de derribar la puerta de su refugio.
Adrián giró el cuello, buscando a Jimena.
Ella permanecía inmóvil junto a la base del andamio, una silueta solitaria rodeada por los restos de su trabajo.
Su rostro estaba demudado, pálido bajo la bruma matinal, con los ojos clavados en el todoterreno como si estuviera viendo, en tiempo real, cómo una plaga devoraba la piedra que tanto esfuerzo les había costado rescatar del olvido.
El hechizo del silencio se había roto con una violencia destructiva. El ruido del asfalto, de las deudas y de la civilización había rastreado su guarida hasta la última grieta. El mundo exterior no había venido a pedir permiso; había venido a cobrar, con intereses, lo que reclamaba como suyo.