La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8) Capítulo 29 Sombras en la hoguera
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Capítulo 29 Sombras en la hoguera

La bóveda del altar mayor ya no era un esqueleto de aire, sino una cúpula cerrada, firme y orgullosa, un triunfo de piedra que habían levantado con sus propias manos.

Como celebración de aquella última jornada de trabajo, Jimena había encendido el hogar con los restos de la madera de encofrado, una leña seca y resinosa que se consumía con un restallar eléctrico, lanzando chispas que se perdían en la negrura del techo.

El interior de la rectoría se convirtió en un santuario de luces y sombras.

Los relieves de las paredes de adobe, siempre austeros, se transformaron bajo el baile del fuego en contornos suaves, casi orgánicos.

Compartieron una botella de vino rústico, un tinto denso que sabía a tierra y a uva vieja, y pedazos de pan que habían tostado hasta quemarlos sobre las brasas, un sabor amargo y reconfortante que les recordaba el precio de su propia reconstrucción.

Adrián observaba cómo las sombras de sus perfiles se entrelazaban en la pared: un mapa de contornos humanos que parecían haberse fundido en uno solo. Estaba recostado contra el banco de piedra, con la cabeza de Jimena descansando sobre su hombro.

Fue en aquel momento de quietud absoluta cuando se dio cuenta de algo que le heló la sangre de una forma dulce, liberadora.

—Jimena —susurró, con la voz apenas un hilo—. El zumbido. Ese ruido... esas alertas financieras, el pitido de los servidores, el vacío constante... ha desaparecido. Por primera vez en diez años, solo escucho esto.

Apoyó la mano sobre el pecho de ella, sintiendo el latido regular y pausado de su corazón bajo el lino de su camisa. Ese golpe rítmico era el único mercado que le importaba, la única divisa que quería seguir acumulando.

Se envolvieron bajo las mantas pesadas, sintiendo el roce de la lana áspera y el calor que compartían.

Permanecieron así, abrazados, saboreando aquel silencio denso como si fuera un escudo absoluto contra la inmensidad del exterior.

Era una paz trágica, una calma cargada de presagios, como si la misma piedra de la rectoría supiera que aquel paréntesis estaba a punto de cerrarse.

Ignoraban, o preferían ignorar, que el tiempo de su aislamiento, ese pequeño edén construido con cal y sudor, estaba a punto de expirar ante la inminencia de un mundo que no los había olvidado.

Se amaron bajo la sombra, aferrándose al presente con la intensidad de quien sabe que la tormenta —esta vez, una social, una humana— ya estaba en camino.