La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8) Capítulo 37 La ruptura silenciosa
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Capítulo 37 La ruptura silenciosa

La bruma matinal se enroscaba en los restos de la aldea como un organismo vivo, frío y lento.

Jimena bajó al pueblo más cercano buscando los suministros que les permitirían encarar el invierno, su mente ocupada únicamente en los tiempos de fraguado de la cal y la reserva de leña.

Pero al entrar en el quiosco de la gasolinera, la realidad se le vino encima con una precisión quirúrgica.

En la pantalla de una tableta expuesta junto al mostrador, la portada de la prensa económica nacional le devolvía una imagen que no encajaba con el entorno.

Adrián. El mismo hombre que había compartido el sudor, la fiebre y el silencio bajo las mantas, aparecía ahora impecable, enfundado en un traje de sastre que cortaba el aire con la frialdad de una hoja de afeitar.

El titular era un martillazo: «Adrián Vilar regresa a la primera línea: nuevo director de estrategia de la firma».

Jimena contempló la fotografía inerte bajo el plástico fluorescente del local.

No hubo rastro de lágrimas, ni de esos lamentos estériles que ella despreciaba.

Sus labios, agrietados por el aire helado de la sierra, se apretaron con tal fuerza que una línea de sangre, fina y oscura, manchó la comisura.

No necesitaba explicaciones.

La imagen lo decía todo: Adrián había elegido el ruido de los gráficos sobre el latido de la piedra.

El viaje de regreso a la iglesia fue un camino de desolación absoluta.

El viento cortante de Teruel parecía azotar no solo sus mejillas, sino su orgullo, ahora herido y expuesto.

Al llegar, no buscó refugio. Subió directamente al andamio del coro, allí donde las vigas aún conservaban el rastro de sus manos entrelazadas.

Agarró el mazo, una pieza de metal oxidado que pesaba como una condena, y lo descargó contra la caliza con una fuerza nacida de la rabia más profunda.

El impacto resonó en la nave vacía, un crujido descarnado que espantó a los pájaros que anidaban en las cornisas.

Golpe. Golpe. Golpe. Cada arremetida contra la piedra era un intento de pulverizar el recuerdo de su risa, de su tacto, de la promesa que ella había creído real.

Jimena trabajaba sola, con una furia mecánica, blindando su corazón bajo la costra de la cantería.

Entendió que aquel bróker nunca había dejado de ser un animal del parqué; solo había buscado un oasis donde esconderse mientras el mercado se reordenaba para recibirlo de nuevo.

El pacto mudo se había roto, y mientras el polvo de piedra flotaba en la atmósfera gris plomo, ella renunció, con cada latido y cada martillazo, a esperar el regreso de un hombre que ya había decidido, de forma definitiva, darle la espalda a la verdad del páramo.