Capítulo 23 Petricor
La tarde se quebró sin aviso. Lo que empezó como un velo gris sobre las lomas se transformó, en cuestión de minutos, en un cielo de un azul medianoche opresivo, cargado de una electricidad estática que erizaba hasta el vello de los brazos.
Una tormenta de verano, violenta y eléctrica, se cerró sobre la comarca como una trampa.
Dentro de la rectoría, el aire se volvió pesado, saturado de ozono.
Cada vez que un relámpago iluminaba el páramo, las grietas en las paredes de adobe se proyectaban en el interior con una nitidez fantasmagórica, como si la propia casa estuviera revelando sus heridas.
Entonces llegó el olor: el petricor. Una fragancia intensa, salvaje, la tierra seca gritando por el agua tras semanas de sequía.
Adrián sintió cómo el pecho se le apretaba por el viejo reflejo del pánico, el mismo que en Madrid asociaba con el encierro y el colapso del sistema.
Pero el rugido que hizo temblar el suelo de losas no era un gráfico bursátil desplomándose; era un trueno volcando su furia sobre el Maestrazgo.
Era un estímulo honesto, físico, que no pedía resultados, solo resistencia.
Adrián se quedó rígido, respirando el aire cargado que se filtraba por las rendijas de las maderas gastadas.
El estruendo exterior era una fuerza primaria que barría con cualquier residuo de su antigua vida.
Jimena se puso en pie. Sin decir palabra, caminó hacia el umbral de la puerta, un espacio donde la seguridad de la piedra daba paso a la furia de la lluvia.
La abrió de par en par, exponiéndose al vendaval.
Las primeras gotas, grandes y frías, golpearon contra el suelo con una fuerza que levantaba el polvo antes de convertirlo en barro.
Jimena se quedó quieta en el umbral, dejando que el agua le empapara el rostro y el lino arrugado de su camisa, hasta que la tela se volvió una segunda piel oscura.
Se giró hacia el interior de la penumbra, donde Adrián la observaba desde la seguridad del refugio.
Ella no le pidió que hablara, ni siquiera que se acercara; solo le dedicó una mirada desafiante, una invitación muda a abandonar el último dique que le quedaba.
La tormenta no buscaba destruirlos, sino purgarlos, romper los diques secos de sus propios muros internos.
Adrián entendió el mensaje: no se puede sobrevivir a la vida mirando el cielo a través de una pantalla.
Con un movimiento decidido, se puso en pie y caminó hacia el umbral, dispuesto a dejar que el agua fría le arrancara, por fin, el último resto de su máscara.