Capítulo 24 El beso de tierra
El cielo se partió sobre el tejado mudéjar con un estrépito sordo, un rayo tan próximo que hizo vibrar los huesos de Adrián y selló cualquier posibilidad de palabra. El rugido anuló el mundo, dejando solo el caos eléctrico del temporal.
Adrián reaccionó por instinto. Se abalanzó sobre el umbral y agarró a Jimena por los hombros, empujándola hacia el interior para sacarla del azote de la lluvia.
Sus miradas chocaron en la penumbra, iluminadas de forma intermitente por los relámpagos que destellaban sobre el páramo, revelando la verdad cruda de sus rostros: la desesperación, la urgencia y el hambre que ya no podían seguir negando.
Fue el final de la fricción contenida de las semanas anteriores, el colapso de toda la distancia que habían levantado como un muro.
Adrián la empujó contra el marco de piedra fría de la puerta.
El impacto del cuerpo de ella contra la roca sólida fue el preludio de un choque mucho más violento.
Cuando sus labios se encontraron, no hubo suavidad, ni refinamiento; fue una embestida primitiva.
Era un beso que sabía a supervivencia, a labios cortados por el aire seco de la estepa y a la aspereza del polvo de caliza que el viento había arrastrado hasta sus bocas.
Cada roce era terroso, áspero, honesto; un contacto descarnado de carne contra carne que ignoraba cualquier regla de la etiqueta urbana.
Las manos de Adrián se enredaron en el pelo enmarañado de Jimena, buscando en su calor la misma certidumbre que ella le había dado en el pozo.
Ella, por su parte, le sujetó la nuca con las palmas callosas, hundiendo los dedos en su piel como si quisiera anclarse a él para no salir volando.
Se besaron como si la tormenta pudiera tragárselos en cualquier momento, como si solo a través de aquel contacto pudieran certificar que seguían vivos.
Bajo el rugido constante del temporal, cruzaron el punto de no retorno.
No era erotismo pulido; era el reconocimiento salvaje de dos náufragos que, tras semanas de negación, habían descubierto que la única trinchera real contra el frío del mundo era el pulso del otro.