Capítulo 22 El rastro del pasado
Se quedaron sentados en el suelo de madera del coro, con el pecho aún agitado por el esfuerzo y el miedo.
Las herramientas de cantería, inertes y mudas, yacían a su alrededor como testigos metálicos de un desastre que casi los borra.
La vibración del peligro —esa urgencia de la caída— todavía recorría sus extremidades, impidiendo que recuperaran la distancia física que antes los separaba.
Jimena fue la primera en hablar, pero no hubo rastro de su estoicismo habitual. Su voz sonaba diferente, despojada de la dureza de la capataz, con la fragilidad de quien ha guardado un secreto bajo siete llaves durante años.
—Creía que, si trabajaba más duro, el ruido de Madrid dejaría de perseguirme —dijo, mirando hacia el vacío de la nave—.
Galería tras galería, mis piezas devoradas por un mercado que solo quería comprar la "estética de lo rural" para decorar sus salones de lujo.
Todo era un empaque de redes sociales, una farsa.
Cuando me traicionaron mis socios, cuando me di cuenta de que mi obra no era más que otro activo financiero en sus manos, simplemente me rompí.
Adrián la escuchaba sin pestañear.
Cada palabra de Jimena golpeaba como una estaca en el centro de su propio desastre. Ella no era una mujer nacida de la piedra, sino una fugitiva, igual que él. Ambos habían sido devorados por el mismo motor implacable que ahora se pudría en el olvido de Teruel.
—Por eso estoy aquí —continuó ella, con la mirada clavada en la penumbra—.
Elegí sepultarme bajo el adobe mudéjar. Quería aprender a medir mi vida por la resistencia de la cal, no por el aplauso de los ciegos.
Quería que el trabajo real, el esfuerzo que duele y no miente, borrara la huella de esa vida anterior.
Jimena se apartó el pelo enmarañado de la nuca.
Al moverse, la luz agonizante del crepúsculo, que se filtraba por las troneras, reveló algo que siempre había escondido bajo el lino de su ropa: una cicatriz rugosa, una marca profunda y sinuosa que le bajaba por el hombro, el vestigio físico de aquel naufragio profesional, el precio físico de haber intentado romper con el asfalto.
Adrián no apartó la vista. Ya no veía a la mujer de hierro que lo había recibido con desprecio.
Veía a otra náufraga, alguien que conocía, con la misma precisión que él, el sabor amargo de la metralla social.
En el silencio de la iglesia, mientras la sombra de las lomas los iba cubriendo poco a poco, las máscaras terminaron de caer.
Ya no eran el bróker y la artesana; eran simplemente dos supervivientes, reconociendo en la piel del otro la misma herida que los había traído, a ambos, hasta aquel lugar donde nada se podía comprar.