La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8) Capítulo 21 El andamio
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Capítulo 21 El andamio

El aire en el coro de la iglesia estaba cargado de polvo de madera muerta y el olor penetrante a resina seca.

Adrián y Jimena trabajaban en el encaje de una viga transversal de pino, una tarea que requería una sincronización perfecta sobre los tablones suspendidos a cinco metros del suelo.

El mundo abajo era solo una penumbra borrosa de piedras y herramientas dispersas.

De pronto, un crujido seco, como el hueso que se parte, reventó la quietud.

La madera, debilitada por la última humedad, cedió sin previo aviso bajo el peso de Jimena.

El tablón se desplomó al vacío y, por un segundo que pareció durar una eternidad, ella quedó suspendida de la nada, con las manos aferradas desesperadamente al borde de piedra fría del muro.

Sus piernas patearon el aire en busca de un apoyo que ya no existía.

Adrián no pensó. No hubo reflexión, ni cálculo de riesgos, solo un instinto primitivo que le quemaba las entrañas.

Se arrojó sobre la viga firme, ignorando el peligro de que todo el andamio cediera, y estiró los brazos con una ferocidad que le tensó los tendones del cuello hasta el límite.

Sus dedos se cerraron sobre las muñecas de ella justo cuando Jimena empezaba a deslizarse.

—¡Te tengo! —rugió, con una voz que no reconoció como suya.

Con un esfuerzo visceral, las cicatrices de sus manos abiertas por la cal se reabrieron, tiñendo el lino de su ropa de un rojo vivo, pero Adrián no aflojó.

Tiró de ella con toda la energía que el páramo le había inyectado en los músculos, ignorando el dolor punzante de su propia carne.

Sus cuerpos colisionaron contra la plataforma estable con una violencia sorda, terminando enmarañados sobre la madera, en un ovillo de miembros, aliento y polvo.

Quedaron inmóviles, atrapados en el espacio estrecho del andamio.

Adrián sentía el pecho de Jimena subiendo y bajando contra el suyo, una cadencia frenética que se acompasaba con la suya propia.

Sus rostros estaban a escasos milímetros; podía sentir el aire caliente de su respiración entrecortada pegada a su boca.

El pulso de ella latía con una violencia animal en la base de su garganta, y él sabía que el suyo propio hacía lo mismo, un redoble de guerra que no dejaba lugar a dudas.

La inmovilidad era absoluta, un silencio eléctrico donde el pánico de la caída había mutado en algo mucho más peligroso.

Ya no eran dos trabajadores sobre un andamio; eran dos supervivientes cuyo destino estaba, en aquel preciso instante, literalmente sujeto por los dedos del otro.