Capítulo 18 La primera tregua física
Jimena salió al exterior, donde la noche empezaba a clarear en un tono de ceniza.
Recogió agua de lluvia acumulada en un barreño de zinc, un líquido helado y puro que había sido filtrado por el tejado de la rectoría.
Al regresar al interior, el silencio era absoluto, roto únicamente por el siseo de una brasa que aún luchaba por no apagarse en el hogar.
Se arrodilló junto al jergón. Adrián seguía sumido en el delirio, pero el temblor violento había dado paso a una languidez peligrosa.
Jimena empapó un paño de lino viejo en el agua fría y comenzó el ritual: una limpieza metódica y sin aspavientos.
Pasó la tela por su frente, por el cuello, y luego, con manos decididas, desabrochó los restos de la camisa de marca que Adrián aún llevaba puesta.
La tela estaba pegada a su piel por el sudor agrio de la fiebre.
Al retirarla, dejó al descubierto un torso que ya no conservaba la tersura del hombre de ciudad; las marcas de los sillares y el trabajo manual empezaban a dibujar una nueva cartografía en su piel.
Jimena bajó a sus pies, atrapados en la lana de las mantas. Estaban gélidos, como si la muerte ya hubiera empezado a reclamar su parte. Los frotó con firmeza, imprimiendo el calor de sus palmas callosas hasta que el tono de la piel empezó a recuperar un atisbo de vida.
Luego, lo envolvió con dos mantas de lana tosca que picaban, creando un capullo protector que aislaba el cuerpo de Adrián de la tiranía del frío nocturno.
En mitad del proceso, Adrián se movió. Semiinconsciente, su cabeza rodó buscando un punto de apoyo, hasta que su frente se hundió contra el hombro de ella.
Jimena se tensó, pero no se apartó. Adrián buscaba algo, un refugio, y se aferró a ella aspirando el aire que emanaba de su ropa: un olor a monte, a sol limpio, a piedra y a libertad.
Jimena le rodeó la espalda con los brazos, sosteniendo su peso contra su propio pecho, transfiriendo su calor como un animal que protege a su cría de la intemperie.
Las horas transcurrieron en una vigilia que se sintió como una vida entera.
Jimena se mantuvo así, como una estatua de piedra que sostenía el pulso del náufrago.
Poco a poco, la respiración de Adrián, antes errática y rota, comenzó a acompasarse con la suya.
El ritmo de su corazón se estabilizó, abandonando el caos de las gráficas de mercado para instalarse en el tiempo real de la montaña.
Jimena sintió aquel latido bajo su propia piel y supo que, a partir de ese momento, el vínculo era irreversible; ya no eran dos extraños enfrentados, sino dos almas selladas por el pacto invisible de no dejar que el otro se apagara en la oscuridad.