La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8) Capítulo 19 El pulso en la garganta
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Capítulo 19 El pulso en la garganta

Adrián despertó con la mente extrañamente clara, como si la fiebre hubiera incinerado los últimos restos de su niebla mental.

El cuerpo, sin embargo, se sentía como un conjunto de piezas mal encajadas; cada músculo pesaba, una debilidad que le resultaba ajena pero extrañamente honesta.

Al abrir los ojos, lo primero que vio no fue el techo de piedra, sino el rostro de Jimena.

Estaba sentada a su lado, con la cabeza ligeramente inclinada y los párpados pesados por el peso de una vigilia que se había prolongado hasta el alba.

El espacio entre ambos era apenas un suspiro.

Adrián, al intentar incorporarse para aliviar el entumecimiento de sus costados, movió el brazo de forma torpe, rozando el cuello de Jimena.

Sus dedos se detuvieron, capturando un detalle que hasta entonces le había sido vedado: una pequeña cicatriz, rugosa y antigua, justo en la base de la oreja de ella.

Fue un contacto fortuito que envió una descarga eléctrica por toda la estancia, un recordatorio de que, bajo la rudeza de la cantería, ella también era un mapa de heridas que él empezaba a aprender a leer.

Jimena no retrocedió. Sus ojos, oscuros y alertas, se encontraron con los de Adrián en un cruce de miradas que no necesitaba traducción. No había defensas, no había excusas.

El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una electricidad que hacía vibrar el polvo suspendido.

Con un movimiento lento, casi solemne, ella acercó su mano a la garganta de Adrián.

Sus yemas, endurecidas por el cincel y el polvo de cal, buscaron el punto exacto donde la vida se hace palpable.

Presionó con suavidad, fijando sus dedos sobre la arteria carótida, sintiendo el ritmo de su sangre bajo el contacto de su propia piel.

El corazón de Adrián dio un vuelco físico, una sacudida que él mismo sintió como una rendición.

Jimena percibió aquel golpe bajo la yema de sus dedos, una respuesta inequívoca que confirmaba que la distancia urbana, esa coraza invisible que él había traído desde la Castellana, se había evaporado.

Ya no eran dos extraños compartiendo una ruina; eran dos latidos que, en la quietud de la rectoría, acababan de reconocer que su supervivencia estaba, de forma irreversible, entrelazada.