La sed de la piedra (Latidos en silencio nº 8) Capítulo 17 Fiebre en el páramo
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Capítulo 17 Fiebre en el páramo

A mitad de la noche, el frío húmedo que Adrián había absorbido durante sus jornadas en el pozo y en la piedra reclamó su parte.

Su cuerpo, acostumbrado durante décadas a la temperatura controlada de las oficinas y los coches de lujo, no pudo más.

El sistema inmune colapsó bajo la presión de la fatiga, el hambre y el estrés acumulado.

Adrián despertó sumido en un temblor descontrolado, un espasmo violento que hacía castañear sus dientes como si estuvieran a punto de fragmentarse.

La fiebre le subió como una marea, emborronando los contornos de la rectoría.

En su mente, el crujido de las vigas viejas se transformó en el tecleo frenético de un parqué bursátil que nunca cerraba.

Susurros ininteligibles empezaron a brotar de sus labios: cifras de bonos, porcentajes de caída, nombres de socios que le gritaban desde una pantalla que ya no existía.

Se retorcía entre las mantas, su pulso latiendo con una violencia rítmica en la base de la garganta, sintiéndose caer, una vez más, hacia el abismo de un mercado que se hundía llevándoselo a él.

Jimena, que dormía en el jergón, despertó al instante ante los lamentos abstractos y el sonido de su respiración entrecortada, una sibilancia ronca que llenaba la habitación.

Se acercó a él en la penumbra, sus movimientos rápidos y precisos, y le puso una mano en la frente. La piel de Adrián quemaba. Estaba ardiendo.

El contacto fue suficiente para que Adrián rompiera la superficie de su delirio.

Sus ojos, vidriosos y desorbitados, buscaron algo sólido en la oscuridad hasta que se fijaron en la figura de ella.

En un acto reflejo, un pánico visceral que no entendía de jerarquías ni de estatus, le sujetó la muñeca con una fuerza desesperada.

Sus dedos se cerraron sobre ella como si fuera el único ancla que lo separaba de aquel vacío digital en el que su mente se estaba ahogando.

—No me sueltes —balbuceó, su voz apenas un hilo de aire caliente—. El sistema... el sistema se cae.

Jimena no se apartó. Se quedó allí, inmóvil, sintiendo bajo sus dedos la pulso frenético de un hombre que, por fin, dejaba de intentar ser invencible.

En la penumbra cargada de humedad y olor a cera consumida, ella comprendió que el bróker de Madrid había muerto; lo que quedaba allí era un ser humano desarmado, y su supervivencia dependía ahora, única y exclusivamente, de que ella aceptara el peso de su naufragio.