Capítulo 16 El pan de ceniza
El frío de la noche regresó a la aldea como una presencia física, una garra helada que se filtraba por cada rendija de la rectoría.
Jimena se movió con rapidez, alimentando el hogar de piedra con astillas de pino y un trozo de resina que prendió al instante, lanzando chispas anaranjadas que bailaron por toda la estancia.
El aroma a humo, denso y balsámico, comenzó a dominar el espacio, suavizando las aristas de las paredes de adobe.
La cena fue un ritual austero. Tostaron el pan duro directamente sobre las brasas, vigilando que no se convirtiera en carbón, y compartieron una pastilla de jabón barato para lavar el polvo acumulado en sus manos antes de llevarse los trozos de miga a la boca.
Adrián observaba los movimientos de Jimena, envuelta en la luz mortecina del fuego, y sintió que la hostilidad que había definido sus días se estaba disolviendo, dejando paso a algo más profundo, una necesidad básica que iba mucho más allá de la comida.
Se sentaron en el banco de piedra, el único refugio frente al calor de la chimenea.
Las mantas pesadas, de una lana rústica que picaba pero que guardaba el calor del cuerpo como un tesoro, terminaron cubriendo a ambos.
En aquel espacio mínimo, sus hombros se rozaron de forma prolongada, un contacto accidental que ninguno se molestó en corregir.
Adrián bajó la vista hacia las manos de ella.
Bajo el brillo de las llamas, las cicatrices del oficio de Jimena eran un mapa de resistencia: pequeñas marcas blancas en los nudillos, cortes antiguos que ya formaban parte de su piel, la huella imborrable de la piedra que ella dominaba.
Movido por un impulso que no supo contener —una urgencia de confirmar que ella era real, que no desaparecería con el amanecer—, Adrián extendió los dedos.
El roce fue lento, consciente, recorriendo la piel áspera de los nudillos de Jimena.
El tiempo pareció detenerse. Ninguno retiró la mano.
El silencio de la estancia dejó de ser vacío para cargarse de una electricidad nueva, magnética y contenida.
El único ruido era el restallar de la leña y el siseo del viento, que afuera, entre las tejas rotas de la aldea vaciada, parecía un suspiro que imploraba por el calor que ellos, en su soledad compartida, se estaban atreviendo a buscar.