Capítulo 14 El pozo seco
La tormenta había dejado una herencia de lodo que selló el alma del pozo. Sin agua, la vida en la rectoría se volvió una ficción insostenible, y la urgencia por limpiar la obstrucción se convirtió en la única prioridad.
—Bajaré yo —dijo Adrián, sorprendiéndose de la firmeza en su propia voz.
Jimena anudó la cuerda de cáñamo a la polea de metal oxidado.
El chirrido del eje, un quejido agónico de hierro sobre hierro, marcó el inicio del descenso.
Adrián se introdujo en el hueco estrecho, sintiendo cómo la luz del día se reducía a un círculo infinitesimal sobre su cabeza.
Abajo, el mundo era una arquitectura de claustrofobia absoluta.
Las paredes de adobe exudaban una humedad rancia, casi orgánica, y el frío le calaba hasta la médula.
Durante horas, trabajó como un autómata, sacando cubos de fango denso con las manos desnudas, hundiéndolas en una tierra que parecía querer engullirlo.
Entonces, el desastre ocurrió. Un estallido seco resonó en el brocal; el eje de la polea, corroído por décadas de abandono, se trabó por completo.
El ascenso se detuvo. Adrián quedó suspendido en el vacío, en una oscuridad tan absoluta que dejó de distinguir dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba la piedra.
Treinta minutos. Treinta minutos de un silencio atroz.
El pánico, una bestia que ya creía domada, se despertó con una ferocidad renovada.
Sin la luz, sin el horizonte, sin la red, volvió a sentirse como un bróker al borde de la quiebra, cayendo hacia un fondo que no existía.
El miedo a no ser rescatado, a ser olvidado en aquel pozo de fango, amenazó con quebrarlo.
—¡Adrián! —La voz de Jimena, filtrada por el cañón del pozo, llegó hasta él como un trueno cavernoso, distorsionada pero vibrante.
—Estoy aquí —logró articular, aunque el aire le pesaba en los pulmones.
—Escúchame: no voy a soltarte. No te atrevas a cerrar los ojos. Sigue trabajando el fondo. Si el agua brota, sabré que estás vivo.
Su voz era el único hilo invisible que lo mantenía anclado a la existencia.
Adrián se obligó a ignorar el terror y siguió excavando, frenético, con los dedos ensangrentados.
De pronto, un sonido distinto rompió el ritmo del lodo: un gorgoteo limpio, un suspiro de la tierra.
Una veta de agua cristalina brotó, rompiendo la costra de fango y bañándole las manos.
La penumbra subterránea pareció aclararse, no con luz, sino con la pureza de aquel líquido.
Adrián se dejó caer contra la pared, con los ojos llenos de lágrimas de barro, sabiendo que, allá arriba, Jimena lo seguía sosteniendo.