Capítulo 13 La lección de los ciclos
El sol de mediodía caía sobre el páramo mudéjar como una losa de plomo fundido.
No había una sola nube que mitigara la luz cegadora, un ocre calcáreo que rebotaba contra las piedras de la iglesia y lo inundaba todo.
Jimena, ajena al bochorno, hizo una seña a Adrián para que subiera al andamio superior.
Había que comprobar la plomada del muro, verificar que la verticalidad de la obra no hubiera cedido tras el temporal.
Adrián subió con lentitud. Al alcanzar la cima de la estructura, el vértigo le golpeó como una bofetada.
El calor subía por las maderas, sofocante, y la falta de referencias artificiales le desorientó; no había pantallas, ni números, ni cronómetros.
El mundo parecía haberse expandido hasta una inmensidad mareante.
—¿Qué hora es? —preguntó Adrián, con la voz pastosa por la sed. Su mano buscó de forma refleja una muñeca que ya no portaba ningún reloj—. Deberíamos haber terminado el tramo hace minutos.
Jimena detuvo su mazo en seco. No lo miró, sino que señaló hacia abajo, donde la sombra de la torre proyectaba una mancha alargada sobre las lajas de piedra del suelo.
—El tiempo aquí no se ajusta a tus urgencias, financiero —dijo ella, su voz apenas un susurro seco—.
Mira la sombra. La restauración sigue el ritmo de la contracción térmica de la cal.
Si intentamos forzar la piedra cuando el sol está en su punto más alto, la estructura se fracturará.
Aquí, el trabajo termina cuando la piedra dice que es suficiente, no cuando lo marca un segundero.
Un golpe de viento racheado, súbito y violento, azotó el andamio, haciéndolo crujir bajo sus pies.
La estructura de madera osciló peligrosamente hacia el vacío.
Adrián, cegado por el pánico atávico que siempre le despertaba la altura, perdió el equilibrio y se desplomó hacia adelante, aferrándose por puro instinto a la cintura de Jimena.
Ella se tensó, sólida como un bloque de granito, y sus cuerpos se fusionaron en un solo eje contra el viento.
La piel de gallina de los brazos de Adrián entró en contacto directo con el lino arrugado de la camisa de ella, una textura áspera que le quemó la mejilla.
El andamio se estabilizó tras un segundo de pánico, pero ninguno de los dos se movió.
Permanecieron allí, a diez metros de altura, con el sol quemándoles los rostros y el horizonte descarnado extendiéndose ante ellos como un océano de polvo y encinas secas.
Adrián, con la mano aún apretando el lino de la cintura de Jimena, sintió por primera vez que el vértigo no venía solo del precipicio, sino de la certeza de que, en aquel páramo, ella era la única ancla que le impedía salir volando hacia el vacío.