Capítulo 12 El sudor honesto
Para el mediodía, el páramo había cambiado su rostro helado por una humedad sofocante.
El barro que la tormenta había dejado en los soportales del corralón se había vuelto denso, casi arcilloso, y el esfuerzo de Adrián por apartarlo con la pala se había convertido en un combate de desgaste.
Cada movimiento era una batalla contra la resistencia de la tierra.
Las costuras de su chaqueta de sastre, una pieza de lana virgen que en otros tiempos había costado más de lo que Adrián gastaba hoy en comida para un mes, cedieron bajo las axilas con un sonido de hilo roto.
La camisa fina, una seda blanca ahora convertida en un trapo traslúcido, se le adhería a la espalda como una segunda piel empapada, mezclando el sudor con el polvo de adobe y las partículas de cal que el viento arrastraba desde la iglesia.
Jimena bajó desde el andamio con el silencio de un felino.
Tenía que retirar una viga nuda que bloqueaba el acceso al arco principal, y para ello requería el engranaje manual de las poleas.
Adrián se puso a su lado, tirando del cabo de cáñamo con las manos abiertas, ignorando el escozor de las heridas.
En el espacio estrecho y confinado del arco, sus hombros chocaron.
El roce fue breve, pero eléctrico; una fricción de tejidos gastados y carne recalentada que le recordó que, aunque estaban trabajando para la piedra, seguían siendo dos seres de sangre y nervio.
Fue en ese momento, mientras el peso de la madera crujía sobre sus cabezas, cuando Adrián se dio cuenta de algo.
Se detuvo un instante, no por cansancio, sino por sorpresa.
La necesidad compulsiva de mirar su muñeca —ese tic nervioso de bróker que comprueba el cierre del mercado o el movimiento del índice cada sesenta segundos— había desaparecido.
El tiempo ya no era un gráfico de cotización; el tiempo era el latido violento que sentía ahora en su propia garganta, un pulso rítmico, natural y salvaje.
—Sigue tirando —ordenó ella, sin romper el ritmo.
Adrián tiró. Con una última sacudida, la viga cedió.
Adrián se despojó de la chaqueta rota, el último vestigio de su armadura corporativa, y la arrojó sin miramientos al contenedor de escombros.
En el proceso, algo metálico y pequeño resbaló de uno de los bolsillos interiores, rebotando contra el suelo antes de hundirse en el lodo espeso: su tarjeta de acceso a la bolsa de Madrid.
El plástico brillante, con su nombre y su cargo grabado, desapareció bajo el barro marrón.
Adrián la vio hundirse y, por un segundo, sintió un vacío en el estómago.
Después, simplemente se encogió de hombros y volvió a agarrar la pala.
La tarjeta no valía ni un céntimo en aquel lugar.
Se quedó allí, sucio, con la piel irritada por la salitre y el adobe, y por primera vez en años, el aire le supo a victoria.