Capítulo 11 Manos limpias, manos rotas
Las seis de la mañana en el páramo no era un momento del día, era una sentencia.
El frío cortante se filtraba por las rendijas de los muros, levantando una bruma lechosa que envolvía la aldea como un sudario.
Adrián salió a la intemperie con los músculos agarrotados por el rigor del sueño sobre el suelo de piedra.
Jimena ya estaba arriba, en el andamio, una silueta oscura que se recortaba contra el cielo ceniciento, dándole órdenes breves y tajantes que resonaban con la autoridad de una capataz de otro siglo.
—El sillar del corral —señaló ella hacia el montón de bloques dispersos en el exterior—. Tráelos a la base del muro norte. Y muévete, o el hielo se comerá el día.
Adrián caminó hacia el corral, arrastrando los pies.
La piedra calcárea, extraída de las canteras locales, estaba tan fría que quemaba al contacto.
Intentó agarrar el primer bloque con la torpeza del que solo conoce el peso de un bolígrafo.
Los guantes de lona, ya gastados y rígidos por la humedad, no fueron protección suficiente: en el primer tercio del camino hacia el muro, la tela cedió con un chasquido seco.
El borde afilado del sillar se clavó en su piel como un escalpelo, abriendo una brecha en la palma derecha.
El dolor fue una descarga eléctrica, una punzada roja que le subió por el antebrazo.
Adrián dejó caer el bloque. El sonido sordo del impacto contra el suelo resonó en el silencio del alba.
Levantó la vista hacia el andamio, esperando ver a Jimena bajar a ayudarlo, a ofrecerle una venda o, al menos, una palabra de alivio.
Pero ella permaneció allí arriba, inmóvil, observándolo con una frialdad que resultó más cortante que el viento de la sierra. No iba a descender.
La rabia le subió a la garganta. Adrián pateó la palanca de hierro que yacía junto a sus pies, haciéndola resonar contra la piedra.
—¡Se acabó! —gritó, con la voz quebrada por la frustración—. No soy un animal de carga. No estoy hecho para esto.
Se dio la vuelta, amagando con alejarse hacia el camino de tierra, hacia la nada.
Pero al alzar la vista, el horizonte se le vino encima.
Una inmensidad infinita de campos yermos, de silencio y de olvido que no le ofrecía ni una sola vía de escape.
No había edificios de oficinas, no había pantallas, no había vuelta atrás.
Comprendió, con un golpe de lucidez que le dejó el cuerpo helado, que el Adrián que conocía el camino de regreso había desaparecido mucho antes de llegar a aquella aldea.
Apretó los dientes hasta que sintió el sabor metálico de su propio labio inferior, partido por la presión.
No había otro lugar.
Se dio la vuelta lentamente, se arrodilló sobre el barro helado y, sin mirar los guantes destrozados, volvió a estirar las manos.
Agarró el sillar de piedra directamente con la carne viva, sintiendo cómo el frío y el peso desgarraban las heridas.
Cuando se levantó, el bloque estaba en su sitio, pero en la caliza blanca quedó marcado un rastro rojo, un sello de sangre que, a partir de aquel momento, formaría parte de la restauración.