Capítulo 10 El precio del refugio
El amanecer no trajo colores cálidos, sino una luz gris plomo que se filtraba con parsimonia por las rendijas del techo, iluminando las partículas de polvo en suspensión.
El aire estaba saturado por una mezcla terrosa y penetrante: humo de leña verde y el aroma amargo del café recién molido.
El olor despertó a Adrián con una violencia inesperada; su estómago rugió, un sonido animal que le recordó que llevaba casi veinticuatro horas sin ingerir nada sólido.
Jimena ya estaba en pie. Sin mediar palabra, le tendió un trozo de pan duro y una taza de peltre con café negro, tan denso que parecía alquitrán. Él lo tomó con manos temblorosas, evitando mirarla a los ojos mientras devoraba el pan, que le sabía a gloria y a derrota a partes iguales.
—Las normas aquí son sencillas, financiero —dijo ella, apoyada contra el marco de la puerta, con esa mirada recta que no admitía matices—. El pan y el techo se pagan con sudor honesto. No eres un huésped, eres un peón.
Adrián levantó la vista. Ella señaló hacia el muro norte de la iglesia, donde la tormenta de la noche anterior había provocado un derrumbe parcial.
—Necesito retirar los escombros de la base antes de que la humedad pudra el adobe de la estructura principal —continuó Jimena—. Eso es trabajo de brazos. Si quieres seguir durmiendo bajo este techo, vas a tener que mover piedras hasta que se te caigan las uñas.
Adrián observó sus propias ropas: el traje de sastre de lujo, ahora convertido en un despojo andrajoso, manchado de barro y ceniza.
Sintió una náusea punzante al comprender su situación.
No había ejecutivos a quienes llamar, ni márgenes de beneficio que proteger, ni siquiera la posibilidad de un taxi que lo sacara de allí.
Su subsistencia dependía de su capacidad para ser un animal de carga.
Cerró los puños, tensando la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Se puso en pie, sintiendo la debilidad de un cuerpo que solo conocía la ergonomía de la oficina y no la resistencia de la tierra.
—De acuerdo —respondió, su voz sonando más firme de lo que se sentía—. Dime por dónde empiezo.
Jimena no esbozó ni una sonrisa. Simplemente, lanzó un par de guantes de lona, acartonados por el uso y la cal, que impactaron contra el pecho de Adrián con un golpe sordo.
—Bienvenido a la vida real, financiero —soltó ella, girándose para salir al frío del corral—. Aquí los segundos no cotizan. Aquí lo único que cuenta es lo que eres capaz de mover antes de que se ponga el sol.