Capítulo 9 El zumbido fantasma
Entrada la madrugada, la furia de la tormenta se desvaneció con la misma rapidez con la que había llegado, dejando tras de sí un silencio tan denso y pesado que parecía oprimir las vigas de la rectoría.
El aire en la estancia se había enfriado, cargándose de una calma sepulcral que resultaba más alarmante que el granizo.
Jimena dormía al otro lado, una silueta inmóvil envuelta en mantas sobre su jergón, ajena a la vigilia de Adrián.
Él, sentado en el suelo de piedra, se encontraba envuelto en una lana áspera que le pinchaba el cuello, pero no era el frío lo que le impedía cerrar los ojos.
Sus oídos, durante años acostumbrados al pitido electrónico de las alertas financieras, al murmullo de las pantallas y al latido constante del mercado, sufrían ahora el zumbido de un vacío absoluto.
Era un sonido fantasma, una frecuencia inexistente que le taladraba el cráneo.
Adrián miró sus propias manos en la penumbra.
Estaban vacías, tensas, con los dedos todavía arqueados en una garra refleja, como si aún intentaran sujetar el dispositivo que le daba sentido a su existencia.
Sus pulgares buscaban, por puro instinto, el tacto del cristal, el borde del chasis de aluminio, la resistencia de los botones laterales.
Era una abstinencia visceral, un picor bajo la piel que lo obligaba a moverse, a buscar algo que ya no estaba allí.
El silencio de la habitación, compartido con Jimena, se volvió insoportable, cargado de un subtexto que él no sabía leer.
Incapaz de sostener la quietud, Adrián se puso en pie, con las articulaciones quejándose por el frío, y se acercó a la rendija que Jimena había sellado.
Se asomó, observando el horizonte negro del páramo herido, donde las sombras de las encinas parecían garras que intentaban rasgar el cielo.
—Si sigues buscando lo que ya no está ahí, te vas a volver loco antes de que amanezca.
La voz de Jimena surgió de la oscuridad, ronca, cortante y desprovista de cualquier asomo de compasión.
No se había girado, pero Adrián supo que estaba despierta, observando su degradación desde su refugio.
Él no respondió. Se quedó allí, con la frente pegada a la piedra fría, sabiendo que ella tenía razón: el único ruido que le quedaba era el de sus propios pensamientos, y empezaban a ser demasiado ruidosos para aquel lugar.