Capítulo 8 Tejado desmantelado
La tormenta no llegó con un aviso previo; se desplomó sobre la aldea vaciada como un colapso estructural del cielo.
No era lluvia, sino un granizo denso y pesado que golpeaba las piedras con la cadencia de una ametralladora, convirtiendo la noche en un estrépito insoportable.
Adrián, todavía aturdido por la negativa de Jimena y el frío que se le había colado en los huesos, se quedó paralizado en mitad de la explanada hasta que ella, con un gruñido de impaciencia, lo agarró del brazo y lo arrastró hacia el único edificio que aún mantenía una integridad digna: la antigua rectoría.
El interior era una estancia mínima, un espacio castigado por el tiempo donde el olor a adobe húmedo se mezclaba con el de la leña verde que ella intentaba prender en el hogar de piedra.
Había un colchón de lana prensada en un rincón y una mesa rústica que parecía haber sobrevivido a décadas de abandono.
De repente, un impacto seco hizo saltar los restos de madera que sellaban una de las rendijas de la ventana. El granizo entró a ráfagas, trozos de hielo que golpearon el suelo como proyectiles, seguidos por un aire gélido que convirtió la estancia en una cámara frigorífica.
Adrián, bloqueado por una hipotermia larvada y por el ruido ensordecedor que hacía vibrar hasta los dientes, se quedó de pie, incapaz de articular un solo movimiento.
Su cerebro de bróker, acostumbrado a procesar datos, simplemente se había quedado sin capacidad de respuesta ante aquel caos primario.
Jimena no perdió ni un segundo. Lo empujó a un lado con una fuerza inesperada, dejándolo caer contra la pared.
Ella se encaramó a la mesa y, con una manta pesada y llena de polvo, comenzó a clavar y tensar el tejido sobre el hueco de la ventana.
La cercanía fue brutal. En la penumbra del refugio, atrapados entre la furia del granizo y el crepitar errático del fuego, los cuerpos de ambos quedaron a escasos centímetros.
Adrián podía sentir el calor que emanaba de ella, una energía sólida y vital que chocaba de frente con su propio temblor.
Estaban atrapados en un cuadrado de apenas unos metros, compartiendo el oxígeno viciado por el humo y el latido mutuo, obligados a existir en un espacio donde las jerarquías de Madrid no significaban absolutamente nada.