Capítulo 7 La ley del páramo
Adrián se aferró a la piedra rugosa del muro, sintiendo cómo la aspereza de la cal se le clavaba en las yemas de los dedos mientras el mareo, una marea negra, retrocedía lentamente.
Ante él, Jimena se movía con la cadencia de quien conoce cada centímetro de su entorno.
Se agachó para recoger la maza y las reglas, colocando cada pieza en su sitio con una metodología irritante, sin dedicarle ni una mirada, como si su presencia fuera una distracción menor en una jornada de trabajo.
El orgullo de Adrián, todavía alimentado por las inercias de Madrid, se agitó con una última llamarada. Con manos temblorosas, extrajo su cartera de la chaqueta de sastre; un objeto de piel italiana que parecía un alienígena en aquel contexto de polvo y piedra.
—Escucha —dijo, intentando dar firmeza a su voz—. Tengo dinero en efectivo. Mucho. Págate el combustible, lléname el depósito o haz lo que sea, pero necesito que me saques de este pozo ahora mismo.
Jimena dejó el cincel sobre la mesa de trabajo y se giró. Por primera vez, lo observó directamente, pero no había rastro de codicia ni de curiosidad en sus ojos.
Señaló con la barbilla hacia la explanada exterior, donde una furgoneta vieja, cubierta de una costra de óxido y barro, descansaba junto a un montón de sarmientos.
—El suministro de combustible no llega hasta dentro de dos semanas —dijo, con una sequedad que le heló la sangre—. Ese vehículo apenas tiene para moverse un par de kilómetros. Aquí el dinero no tiene ningún valor de cambio, Adrián. Ni el tuyo, ni el que te crees que tienes en los bancos.
Adrián sintió una punzada de humillación tan nítida como un corte de bisturí. Aquello era el desmantelamiento total de su máscara: el dinero, el lenguaje con el que había resuelto cada problema de su vida, era allí poco más que papel mojado.
—No hay hoteles —continuó Jimena, acercándose un paso.
Su presencia era compacta, sólida—. No hay sirvientes.
Si decides quedarte bajo techado esta noche, vas a tener que ganártelo.
Las ruinas no perdonan a los débiles, y yo no tengo tiempo ni paciencia para cargar con los restos de un naufragio ajeno.
En ese instante, el páramo le respondió.
Un trueno lejano, un sonido sordo y telúrico, resonó en la paramera, haciendo que los restos de cristales en las ventanas altas de la nave vibraran con un tintineo agónico.
El cielo turolense se estaba cerrando, cubriéndose con una coraza de plomo que presagiaba una descarga inminente.
La advertencia era clara: el páramo tenía sus propias leyes, y Adrián acababa de ser notificado.